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La Torre de Hercules

Si te olvidase,¡oh, Tierra!...

¡Si te olvidase, Oh Tierra!

Arthur C. Clarke

Cuando Marvin cumplió diez años, su padre le llevó a través de los largos corredores llenos de ecos que conducían a través de la Administra­ción y del Poder, hasta que al fin llegaron a los niveles más altos, y se encontraron entre la vegeta­ción rápidamente creciente de las tierras agrícolas. A Marvin le gustaba aquello; era divertido obser­var las grandes y delgadas plantas que trepaban con un empuje casi visible hacia la luz del sol, que se filtraba, yendo a su encuentro, a través de las cúpulas de plástico. Por todas partes se percibía el olor de vida, que despertaba ansias inexpresables en su corazón, tan pronto como res­piraba el aire fresco y seco de los niveles residen­ciales, purgados de todos los olores excepto por la vaga picazón del ozono. Hubiese deseado poderse quedarse ahí algún rato, pero su padre no se lo per­mitió. Continuaron subiendo hasta que llegaron a la entrada del observatorio, el cual no había visitado nunca, pero no se detuvieron; y Marvin se dio entonces cuenta con cierta trepidación in­terior, que no podía quedarles ya más que una meta. Por vez primera en su vida, iba a salir al exterior.

En la gran cámara de servicio había una doce­na de vehículos superficiales, con sus amplios neumáticos y sus cabinas a presión. Debían haber estado esperando a su padre, pues inmedia­tamente fueron conducidos al pequeño automóvil explorador que esperaba junto a la puerta circular de la esclusa de aire. Con tensa expectación, Mar­vin se instaló en la pequeña cabina mientras su padre ponía en marcha el motor y comprobaba los mandos. Se abrió la puerta interior de la es­clusa y luego se cerró tras ellos; oyó el rugido de las grandes bombas de aire que se desvanecía len­tamente, a medida que la presión descendía hasta cero. Entonces se encendió la señal de «Vacío», se separó la puerta exterior y la tierra, que todavía era para él desconocida, se abrió frente a Marvin.

Naturalmente, la había visto en fotografías; la había observado cien veces en las pantallas de la televisión, pero ahora se encontraba, en realidad, alrededor suyo, ardiendo bajo el feroz sol que tan lentamente se arrastraba a través de un cielo de un negro de azabache. Miró hacia el oeste, en di­rección opuesta al cegador resplandor del sol, y allí estaban las estrellas, tal como se lo habían dicho, pero como nunca había realmente creí­do. Las contempló largo tiempo, maravillándose que cosa alguna pudiese ser tan brillante y al mis­mo tiempo tan pequeña. Eran puntos intensos que no oscilaban, y repentinamente recordó un verso que hacía tiempo había leído en uno de los libros de su padre:



Parpadea estrellita,

Me pregunto lo que eres.



Pues bien, él sí que sabía lo que eran las estre­llas. Quienquiera que fuese que había preguntado aquello, debía haber sido muy estúpido. ¿Y qué querían decir con parpadear? Se podía ver inme­diatamente que todas las estrellas brillaban con la misma luz constante y fija. Abandonó el proble­ma y dirigió su atención al paisaje en derredor suyo.

Corrían a través de una llanura a casi ciento cincuenta kilómetros por hora, y los grandes neu­máticos despedían pequeños chorros de polvo tras ellos. No se veía señal alguna de la Colonia; en los pocos minutos que había estado contemplando las estrellas, las cúpulas y sus torres de radio ha­bían desaparecido tras el horizonte. Y, sin embar­go, había otras indicaciones de la presencia del hombre, pues a eso de unos dos kilómetros por delante, Marvin podía ver unas estructuras de forma curiosa agrupadas en derredor de la entra­da de una mina. De vez en cuando un chorro de vapor salía de una cuadrada chimenea y se dis­persaba inmediatamente.

En un momento habían dejado atrás la mina; el padre guiaba con una habilidad imperturbable y embriagadora como si —era extraño que tal pensamiento acudiese a la mente de un niño— como si estuviese tratando de escapar de algo. Al cabo de pocos minutos alcanzaron el bor­de de la meseta sobre la cual se había levantado la Colonia. El terreno caía rápidamente bajo sus pies formando una rampa empinada, cuya parte inferior se perdía en la sombra. Por delante, y tan lejos como se alcanzaba a ver, había un mon­tón de cráteres, cordilleras montañosas y arroyos. Las cimas de las montañas que captaban el bajo sol, quemaban como islas de fuego en un mar de oscuridad; y por encima de ellas las estrellas bri­llaban todavía, tan fijas como siempre.
luna
No era posible que hubiese allí camino para proseguir adelante, y sin embargo lo había. Mar­vin cerró los puños cuando el automóvil se preci­pitó por la pendiente y comenzó el largo descen­so. Entonces vislumbró el camino apenas visible que conducía hacia abajo por la ladera de la mon­taña, y se tranquilizó un poco. Al parecer, otros hombres habían pasado antes por allí.

Cayó la noche con una rapidez alarmante mien­tras cruzaban la línea entre sol y sombra y el sol desaparecía por debajo de la cresta de la meseta. Los dos faros gemelos se iluminaron, proyec­tando franjas de un blanco azulado sobre las rocas de enfrente, de modo que apenas hubo ne­cesidad de reducir la velocidad. Durante horas marcharon a través de valles y pasaron al pie de montañas cuyas cimas parecían peinar las estre­llas, y a veces, cuando trepaban por terreno más alto, emergían por un instante a la luz del sol.

Y ahora a la derecha se veía una llanura arru­gada y polvorienta, y a la izquierda contrafuertes y terrazas que se alzaban kilómetro tras kilóme­tro hacia el cielo; había una barrera de montañas que se adentraban en la distancia hasta que sus cumbres se hundían, perdiéndose de vista bajo el bor­de del mundo. No había señal alguna indicando que el hombre hubiese nunca explorado aquella tierra, pero una vez pasaron junto al esqueleto de un co­hete que se había estrellado, y a su lado, un mon­tículo de piedras coronado por una cruz de metal.

A Marvin le pareció que las montañas se exten­dían indefinidamente; pero, al fin, muchas horas más tarde, la cordillera terminó en un majestuoso promontorio que se alzaba abruptamente sobre un grupo de pequeñas colinas. Continuaron descendiendo hasta llegar a un umbrío valle que se cur­vaba formando un gran arco hacia el lado lejano de las montañas; y mientras hacían eso, Marvin se dio cuenta que algo muy extraordinario ocu­rría en la tierra por delante de ellos.

El sol estaba ahora bajo, tras las colinas de la derecha; el valle frente a ellos debería estar en una oscuridad total. Y, sin embargo, estaba lleno de una radiación blanca y fría que se derramaba por los peñascales bajo los cuales estaban avan­zando. Y entonces, repentinamente, salieron a la llanura abierta y la fuente de aquella luz apare­ció frente a ellos en todo su esplendor.

Ahora que se habían detenido los motores rei­naba un gran silencio en la cabina. El único rui­do era el débil murmullo del aparato de sumi­nistro de oxígeno, y de vez en cuando la crepita­ción metálica de las paredes externas del vehículo al irradiar su calor. Pues no llegaba calor nin­guno del gran creciente plateado que flotaba bajo aquel paisaje con luz perlina. Era tan brillante que pasaron algunos minutos antes que Mar­vin se decidiese a aceptar su desafío, y mirase de frente su resplandor, pero al fin pudo discernir los contornos de continentes, el borde nebuloso de la atmósfera, las blancas islas de nubes. E incluso a esa distancia podía percibir el brillo de la luz del sol sobre el hielo polar.

Era hermoso, y llamó a su corazón a través de los abismos del espacio. Allá en aquel creciente resplandor se encontraban todas las maravillas que él nunca había visto, los matices de las pues­tas del sol, el gemido del mar en las costas pedre­gosas, el murmullo de la lluvia al caer, la bendi­ción pausada de la nieve. Esas miles de otras maravillas debieron haber sido su herencia a tra­vés de libros y de antiguas historias, y aquel pen­samiento le llenó de la angustia del destierro.

¿Por qué no podían volver? Parecía tan tran­quilo bajo aquellas franjas de nubes en marcha... Y entonces Marvin, cuyos ojos ya no estaban ce­gados por el resplandor, vio que aquella porción del disco que debía haber estado en la oscuridad resplandecía débilmente con perversa fosforescen­cia; y recordó. Estaba contemplando la pira fune­ral de un mundo. La cosecha radiactiva de Armagedón. A través casi de un millón de kilómetros de espacio era todavía visible el resplandor de los átomos agonizantes, recuerdo perenne del ruinoso pasado. Aún habrían de pasar siglos antes que el resplandor mortífero muriese en las rocas y pu­diese retornar nuevamente la vida a llenar aquel mundo silencioso y vacío. Y ahora el Padre co­menzó a hablar, explicando a Marvin la historia que hasta aquel momento no había significado para él más que los cuentos de hadas que había oído en su infancia. Había muchas cosas que no podía comprender; le resultaba imposible imagi­narse aquel esquema de vida resplandeciente, mul­ticolor del planeta que no había visto nunca. Y tampoco podía comprender las fuerzas que lo ha­bían destruido al fin, dejando a la Colonia, prote­gida por su aislamiento, como único superviviente. Y, sin embargo, podía compartir la agonía de aquellos días finales, cuando la Colonia se había finalmente enterado que ya nunca más ven­drían las naves de suministro flotando a través de las estrellas, con regalos de la patria. De una en una las estaciones de radio habían cesado de lla­mar; sobre el globo en sombra las luces de las ciu­dades habían ido palideciendo y muriendo, y al final se encontraron solos, tan solos como nun­ca ningún hombre lo había estado antes, llevando en sus manos el futuro de la raza.

Luego habían venido los años de desesperación, y la larga batalla por la supervivencia en aquel mundo feroz y hostil. Aquella batalla se había ganado, pero por poco; el pequeño oasis de vida estaba a salvo de lo peor que pudiese hacer la Na­turaleza. Pero a menos que hubiese un obje­tivo, un futuro por el cual trabajar, la Colonia perdería su voluntad de vivir, y ni las máquinas, ni la habilidad, ni la ciencia podrían salvarla.

Y así, al fin, Marvin comprendió el objeto de su peregrinación. Él no pasearía nunca junto a los ríos de aquel mundo perdido y legendario, ni escucharía el retumbar del trueno sobre sus co­linas. Y sin embargo, un día —¿a qué distancia en el futuro?— los hijos de sus hijos regresarían a reclamar su herencia. Los vientos y las lluvias irían lavando los venenos de las quemadas tierras y los arrastrarían hacia el mar, en cuyas profun­didades se consumirían, hasta que no pudiesen hacer ya daño a ningún ser viviente. Y entonces las grandes naves que estaban aún aquí esperando en las llanuras silenciosas y polvorientas, se ele­varían una vez más hacia el espacio, por la ruta que conducía a la patria.

Tal era el sueño, y Marvin, con súbita intui­ción, supo que se lo transmitiría a su propio hijo, aquí, en este mismo lugar, teniendo tras él las montañas, y mientras la luz plateada le bañaba el rostro.

Cuando comenzaron la jornada de regreso, no se volvió para mirar. No podía soportar ver como el frío esplendor de la media Tierra desaparecía de las rocas en derredor suyo, mientras iba a reunirse nuevamente con su pueblo en su largo destierro.

F I N

Título Original: If I Forget Thee, O Earth © 1951.

Traducción de Eduardo Salades.

Edición Digital de Arácnido.

Revisión 2.
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