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La Torre de Hercules

A orillas del rio. En el calor, el Miño es como el Po.

En estos dias de calor, que hacen deseable cualquier lugar lleno de agua, os dejo el cuento de Guareschi, A orillas del rio:

" Entre la una y las tres de la tarde en agosto, el calor, en los pueblos ahogados entre los maizales y el cáñamo, es algo que se ve y toca. Se diría que uno tiene ante los ojos, a un palmo de la nariz, un extenso velo ondulante de vidrio hirviente.

Atraviesas un puente, miras abajo, en el canal, y ves el fondo seco y resquebrajado, y aquí y allá algún pescado muerto. Y cuando del camino que corre sobre el terraplén miras dentro de un cementerio, te parece sentir crepitar bajo el sol ardiente los huesos de los muertos.

Por la carretera provincial marcha lentamente al­gún carrito de ruedas altas, lleno de arena. El carrete­ro duerme boca arriba sobre la carga, con la panza al aire y el dorso abrasado; o bien, sentado en el cabezal pesca con una pequeña podadera dentro de media san­día sostenida entre las piernas como una jofaina.

Al llegar al dique grande se ve el río, vasto, de­sierto, inmóvil y silencioso: antes que un río parece un cementerio de aguas muertas.

Don Camilo se encaminaba al dique grande con un pañolón blanco metido entre el sombrero y el crá­neo, a la una y media de una tarde de aosto, y viéndolo así bajo el sol, en medio de la blanca carretera, no hubiera podido imaginarse nada más negro ni más cle­rical,

"Si en este momento existe en el radio de veinte kilómetros uno solo que no duerma, me dejo cortar la cabeza" -dijo para sí don Camilo.

Saltó el dique y fué a sentarse a la sombra de un montecillo de aromos. A través del follaje se veía cente­llar el agua. Se desvistió, dobló cuidadosamente las ro­pas y haciendo de ellas un atado lo ocultó entre las l;o­jas de un arbusto. Luego se metió en el río en calzon­cillos.

Estaba tranquilísimo, seguro de que nadie podía verlo, pues aparte de la hora solitaria, había elegido un lugar completamente a trasmano. De todos modos fue discreto y al cabo de media hora salió del agua y caminando debajo de los aromos llegó al arbusto, pero su vestido no estaba.

Don Camilo sintió faltarle el aliento.

Un robo no podía ser, pues a nadie podía apete­cerle una sotana vieja y desteñida. Sin duda se trata­ba de una diablura. Y en efecto, no pasó mucho tiempo sin que se oyesen llegar de la orilla voces que se acerca­ban. Cuando don Camilo pudo distinguir algo y vio una compacta brigada de mozos y mozas y cuando recono­ció al Flaco en el sujeto que marchaba a la cabeza, com­prendió la maniobra y le entraron ganas de quebrar una rama y empezar a repartir garrotazos. Pero eso era precisamente lo que esperaban esos malditos: sor­prender a don Camilo en calzoncillos y regocijarse con el espectáculo.

Entonces don Camilo se arrojó al agua y nadando con la cabeza sumergida fué a refugiarse en una islita situada en medio del río, y allí tomó tierra desapare­ciendo entre los juncos.

Aunque no lo vieron, pues había subido por la parte opuesta del juncal, habían advertido su retirada; entonces se desplegaron a lo largo del río y esperaron, cantando y riendo. Don Camilo éstas sitiado.

¡Cuán débil es el hombre fuerte cuando se siente ridículo!

Don Camilo se tendió entre los juncos y esperó. Sin ser visto, él veía, de modo que pudo advertir la lle­gada de Pepón seguido del Brusco, del Pardo y de todo el estado mayor. El Flaco explicaba con grandes aspa­vientos el caso y todos reían. Después llegó más gente y don Camilo se dió cuenta de que los rojos se dispo­nían a hacerle pagar todos las cuentas viejas y nuevas, habiendo encontrado esta vez el mejor sistema, porque cuando uno cae en ridículo ya no produce miedo a na­die, así tenga puños de una tonelada y aunque repre­sente al Padre Eterno. En verdad había un grande equí­voco, pues don Camilo nunca había querido infundir miedo a nadie, excepto al Diablo. Pero ahora la polí­tica se había complicado de tal manera que los rojos consideraban al párroco un enemigo y decían que si las cosas no marchaban bien era por culpa de los curas. Cuando los negocios van mal lo importante no es en­contrar el modo de hacerlos marchar mejor, sino a quién echarle la culpa.

-Jesús -dijo don Camilo-, me da vergüenza dirigirme a vos en calzoncillos, pero la situación es gra­ve y si no es pecado mortal que un pobre párroco que muere de calor se meta en el agua, ayudadme porque con mis propias fuerzas no saldré del paso.

Habían traído frascos de vino, barajas y una ar­mónica. La ribera parecía una playa veraniega y se veía que ni remotamente pensaban abandonar el bloqueo; al contrario, lo iban extendiendo y para ello habían ocu­pado medio kilómetro de la ribera aguas arriba, más allá de la zona famosa del vado, doscientos metros de orilla cubierta de maleza y zarzas, porque desde 1945 nadie había puesto allí los pies.

Al retirarse los alemanes habían derribado los puentes y minado una amplia zona de la ribera en los dos extremos de los lugares vadeables, de modo que aquel sitio y su correspondiente de la orilla opuesta, estaban sembrados de minas colocadas tan arteramente que después de dos desastrosas tentativas los desmon­tadores habían resuelto aislar la zona con estacas y alambres de púas.

Los rojos de Pepón no vigilaban esta parte ni era necesario, pues sólo un loco habría osado descender en aquel semillero de minas. No había, pues, modo de za­farse, porque si don Camilo hubiese intentado salir aun más arriba habría acabado justo en el pueblo, y si hu­biera intentado hacerlo aguas abajo, habría ido a dar en el bosque. Y un párroco en calzoncillos no puede permitirse estos lujos.

Don Camilo no se movió: permaneció echado en el suelo húmedo, limitándose a masticar un junco y a seguir un complejo razonamiento.

-¡Bah! -concluyó-. Un hombre respetable pue­de seguir siéndolo aun en calzoncillos. Lo importante es que haga algo respetable. Entonces el vestido no cuenta.

La noche caía y en la orilla se encendieron antor­chas y linternas. Aquello parecía de veras un sarao mundano en una playa. Cuando el verde de las hierbas ennegreció, don Camilo se dejó deslizar al agua y se abandonó cautamente a la corriente basta que tocó el bajo fondo del vado, donde hizo pie. Entonces marchó decidido hacia la orilla. No podían verlo, porque más que nadar caminaba bajo el agua, sacando de vez en cuando la boca para respirar.

Ya estaba en la orilla: lo difícil era salir del agua sin ser notado. Si lograba ganar las malezas, fácilmen­te habría llegado al dique y saltándolo a toda carrera, habría podido alcanzar los maizales y los viñedos y allí el huerto de la casa parroquial. Se asió de una mata y se izó lentamente, pero cuando casi había llegado, la mata se desarraigó y don Camilo cayó de nuevo al agua. El ruido fué oído por la gente, pero con otro sal­to don Camilo alcanzó la orilla y desapareció entre los matorrales.

Hubo un griterío y todos se apiñaron en la orilla a tiempo que la luna iluminaba el paisaje.

-¡Don Camilo! -gritó Pepón adelantándose a los demás-. ¡Don Camilo!

Nadie contestó y el silencio heló a la gente.

-¡Don Camilo! -volvió a gritar Pepón-. ¡No se mueva, en nombre de Dios! ¡Está en la zona minada!

-Lo sé -contestó tranquila la voz de don Camilo desde un matorral situado en el centro de la zona mal­dita.

El Flaco avanzó con un atado en la mano.

-Don Camilo -gritó-. ¡No se mueva, que si llega a tocar una mina con la punta de un dedo, salta!

-Ya lo sé-contestó tranquila la voz de don Camilo.

El Flaco tenía la cara llena de sudor.

-¡Don Camilo! -gritó-. Ha sido una broma estúpida. Párese: aquí tengo su ropa.

-Mi ropa. Gracias, Flaco. Si me la quieres traer, aquí estoy.

Una rama se agitó en el centro del matorral. El Flaco abrió la boca y se volvió para mirar a los demás. En el silencio se oyó la risita irónica de don Camilo.

Pepón arrebató las ropas de las manos del Flaco.

-Se las alcanzo yo, don Camilo -dijo, encami­nándose lentamente hacia el alambrado de púas. Y ya estaba por saltarlo cuando el Flaco lo alcanzó rápida­mente y lo tiró hacia atrás.

-No, jefe -dijo, aferrando el atado y entran­do en el recinto-. Quien rompe paga.

La gente retrocedió. Todos tenían la frente em­papada en sudor y se tocaban nerviosamente la boca con las manos.

El Flaco avanzaba hacia el centro del matorral pisando con prudencia. El silencio pesaba como plomo.

-Aquí la tiene -dijo el Flaco con un hilo de voz, cuando llegó a la espesura.

-Bien -murmuró don Camilo-. Entra. Tú tie­nes derecho a verme en calzoncillos.

El Flaco rodeó la espesura.

-Y ahora, ¿qué efecto te hace un arcipreste en calzoncillos? -preguntó don Camilo.

-No lo sé -balbuceó el Flaco-. Veo todo negro con puntitos rojos. También la luna.

Jadeaba.

-Yo -balbuceó el Flaco- he robado algunas chucherías, he soltado algunas bofetadas, pero nunca hice mal a nadie.

-Ego te absolvo -le respondió don Camilo, sig­nándole una cruz en la frente.

Se encaminaron luego despacio hacia el dique, don­de la gente esperaba la explosión conteniendo el alien­to. Pasaron el alambrado de púas y tomaron el camino, yendo delante don Camilo, seguido por el Flaco, que caminaba en puntas de pie como si aun estuviese en el campo minado. Iba con la mente nublada y de pron­to cayó al suelo sin sentido. Pepón, que marchaba vein­te metros detrás al frente del resto de la tropa, se in­clinó sin apartar la vista de la espalda de don Camilo, levantó al Flaco por el cuello de la chaqueta y lo arras­tró consigo como si fuera un fardo de trapos. En la puerta de la iglesia volvióse don Camilo un instante, saludó a la muchedumbre con una grave reverencia y entró.

Los demás se retiraron en silencio y en el atrio quedó solo Pepón, plantado sobre las piernas abiertas, mirando fijamente la puerta cerrada y sosteniendo por la solapa al Flaco desmayado. Luego meneó la cabeza y se marchó él también llevándose detrás de si el pa­quete.

-Jesús -susurró don Camilo al Cristo crucifi­cado-, a la Iglesia se la sirve también tutelando la dig­nidad de un párroco en calzoncillos.

El Cristo no contestó.

-Jesús -susurró por segunda vez don Camilo-, ¿he cometido acaso un pecado mortal yéndome a to­mar un baño?

-No -contestó el Cristo-; has cometido un pe­cado mortal cuando desafiaste al Flaco a que te tra­jera la ropa.

-No creía que me la trajese. He sido incauto, no maligno.

En ese momento se oyó un trueno lejano hacia el río.

-De vez en cuando pasa una liebre por la zona minada y hace estallar una mina -explicó don Cami­lo más con la intención que con palabras-. Y ahora es necesario concluir que vos...

-No discurras más, don Camilo -lo interrum­pió el Cristo sonriendo-. Con la fiebre que tienes es imposible sacar conclusiones serenas.

Entre tanto Pepón había llegado a la puerta de la casa del Flaco. Llamó y salió a abrirle un viejo que, sin hablar, tomó el paquete que Pepón le entregó. Y fué en ese instante cuando él también oyó el trueno que le hizo menear la cabeza y pensar en un montón de cosas. Entonces se hizo devolver un momento al Fla­co y le soltó un pescozón que le erizó los cabellos.

-¡Adelante! -dijo con voz lejana el Flaco, mien­tras el viejo volvía a hacerse cargo de él. "

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