Blogia
La Torre de Hercules

Cultura

Web sobre reptiles y anfibios.

Os presento la web de un colega, dedicada ( en gallego ) a los reptiles y anfibios de España.Con vosotros, Saramaganta.

Y puede que os pregunteis que es una saramaganta. Yo lo hice, y estas son las respuestas.

* Galipedia.

* Wikipedia.

* Byrnet.info.

Galicia en 1920.

El domingo pasado visite la exposicion fotogracia de Ruth Anderson, en la Fundacion Caixa Galicia ( la de los Cantones ).

Me encanto.

P021109_16.06

A pesar de ser domingo habia poca gente, asi que se podia pasear entre las fotos y leer las explicaciones sin problemas. Quizas falte a veces una señalizacion que te indique en que orden verlas, pero no tiene demasiada importancia. La luz no es muy fuerte y los carteles ( bilingües ) se leen bastante bien.

Puestos a buscarle defectos, algunas traducciones chirrian un poco ( esa "bisbarra" traducida como "parroquia" ) y algun texto esta equivocado, pero hay que ser muy tiquismiquis para darse cuenta. Me refieroa cosas como la foto de la iglesia y el asilo de ancianos de Orense. Fijaos bien en la foto y en la descripcion.

Eso si, casi 50 € por el libro, con las fotos a tamaño no demasiado grande, me parece muy caro. Aun asi, quizas acabe cayendo. Mas que nada, para mirar de vez en cuando como eramos el siglo pasado.

El padrino se ha muerto.

Se ha ido a llevarle pasteles a Carlos Alonso, para que los reparta con los niños, la mujer y el abuelo.

VI Encuentro de FADIP.

Directamente desde mi correo:

"

CONVOCATORIA DE ROLDA DE PRENSA:

CAFÉ DO CASINO (RÚA DO VILAR, 35 - SANTIAGO DE COMPOSTELA)

MÉRCORES, 28 DE OUTUBRO DE 200912:00 HORAS

              

Dous autores de proxección internacional, Max (Barcelona, 1956), e Horacio Altuna (Arxentina, 1941), participarán nas xornadas.

Os ilustradores galegos analizarán en Santiago a problemática do sector en Galicia.

Con estas xornadas inician a presentación da publicación: "Observatorio da Ilustración Gráfica: Informe 2008", promovido pola FADIP (Federación de Asociaciones de Ilustradores Profesionales), que máis tarde será presentado noutras cidades españolas.

 

 

O vindeiro mércores, 27 de outubro, celebrarase en Santiago de Compostela unha rolda de prensa para presentar os contidos do VI Encontro Galego de Ilustración, organizado pola AGPI (Asociación Galega de Profesionais da Ilustración), que contén a máis de 120 profesionais do sector.

 

 

Por sexto año consecutivo, o derradeiro fin de semana de outubro consolídase como unha data de referencia para o sector da ilustración gráfica profesional en Galicia. Autores de diferentes especialidades, que proceden de todos os lugares da xeografía galega, reúnense en Santiago de Compostela para avaliar o estado da profesión e para abordar os diferentes aspectos técnicos e problemáticos en torno a ela.

Na rolda de prensa deste VI Encontro, participarán Manel Cráneo, director do encontro e vicepresidente de FADIP (Federación de Asociacións de Ilustradores Profesionais), que presentará os contidos desta xuntanza; Henrique Torreiro, xerente da FADIP e, finalmente, Santy Gutiérrez, presidente da AGPI  (Asociación Galega de Profesionais da Ilustración), avaliarán o progreso do asociacionismo deste sector además de presentar o libro Observatorio da Ilustración Gráfica: Informe 2008.

 

Na Rolda de Prensa invitarase aos asistentes a un almorzo de cortesía e repartiránse exemplares dos libros Observatorio da Ilustración Gráfica: Inforem 2008 e Guia AGPI de Ilustradores Galegos, polo que contamos coa vosa presenza.

Grazas polo voso apoio. "

La calumnia, de Botticelli.

Botticelli_LaCalunnia

Moncho Borrajo firmara su ultimo libro en El Corte Ingles.

Entre las 18:00 y las 20:00 ( oficialmente empieza a las 19:00, pero habra que ir cogiendo sitio ) Moncho Borrajo firmara ejemplares de su ultimo libro.

Carmen de Burgos.

Directamente de la Wikipedia:

Carmen de Burgos y Seguí, Colombine, Almería 19 de diciembre de 1867 - 8 de octubre de 1932) fue una periodista, escritora, traductora y activista de los derechos de la mujer. Se la considera la primera periodista profesional en España y en lengua española por su condición de redactora del madrileño "Diario Universal" en 1906, periódico que dirigía Augusto Figueroa.

Firmó también como Raquel, Honorine y Marianela.

Contenido

[ocultar]


//

Biografía [editar]

Nació en Almería aunque vivió en Rodalquilar, Níjar, donde su padre, cónsul de Portugal, poseía tierras, minas y el cortijo "La Unión", hasta que se casó a los dieciséis años con Arturo Álvarez Bustos. Éste era hijo del gobernador civil de Almería, quien además tenía en propiedad la tipográfica que imprimía el principal diario de la capital, lo cual permitió a Colombine familiarizarse con el mundo de la prensa desde pequeña.

En junio de 1895 obtiene la titulación de maestra de Primera enseñanza elemental y en 1898 la de Enseñanza Superior, en Madrid. En 1901 obtiene plaza mediante oposición en la Escuela normal de Maestras de Guadalajara. Ese año muere su hijo y decide abandonar a su marido y comenzar una nueva vida independiente con María Alvarez de Burgos, su otra hija, destacando como periodista, corresponsal de guerra, escritora, ensayista y traductora. Permanecerá en la ciudad castellana hasta 1907.

Fue pareja del también escritor Ramón Gómez de la Serna durante veinte años, en los que se relacionó también con Galdós, Blasco Ibáñez, Cansinos-Asséns, Juan Ramón Jiménez, Tomás Morales, Alonso Quesada, Julio Antonio, Julio Romero de Torres, Sorolla, etc... Se la considera una de las primeras defensoras del papel social y cultural de la mujer. Defendió asimismo la libertad y el goce de existir. Independiente a ultranza, creyó en un mundo mejor y fue una temprana "feminista", aunque ella odiaba ese término, y republicana.

Murió en 1932, al poco de intervenir en una reunión del Círculo Radical Socialista.

Obra [editar]

Trabajó en El Universal, del que fue su primera redactora, y para El Heraldo de Madrid. Cubrió la Guerra de África en Marruecos, como una de las primeras mujeres corresponsales de guerra de la historia de España.

Maltratada por los críticos y escritores que parecían recelar de su libertad, su eminente importancia como escritora fue relegada y reducida a la condición de "amante" de Ramón Gómez de la Serna.

Entre sus novelas más conocidas se encuentra Puñal de claveles, escrita al final de su vida y basada en el suceso conocido como el crimen de Níjar que tuvo lugar en 1928 en el Cortijo del Fraile, en los Campos de Níjar, y que fue una de las inspiraciones con que contó Federico García Lorca para sus Bodas de Sangre.

Se hicieron conocidas además sus conferencias, dadas en el ámbito del movimiento feminista, como La misión social de la mujer, pronunciada en 1911 y La mujer en España.

Otras obras suyas, a las que hay que sumar decenas de artículos, fueron:

  • Notas del alma, (colección de coplas populares)
  • Los inadaptados
  • El anhelo
  • El abogado
  • El artículo 438
  • Cuentos: El tesoro del castillo
  • Cuentos de Colombine
  • En la guerra
  • Honor de familia

Enlaces externos [editar]

Bibliografía [editar]

Carmen de Burgos.

Directamente de la Wikipedia:

Carmen de Burgos y Seguí, Colombine, Almería 19 de diciembre de 1867 - 8 de octubre de 1932) fue una periodista, escritora, traductora y activista de los derechos de la mujer. Se la considera la primera periodista profesional en España y en lengua española por su condición de redactora del madrileño "Diario Universal" en 1906, periódico que dirigía Augusto Figueroa.

Firmó también como Raquel, Honorine y Marianela.

Contenido

[ocultar]


//

Biografía [editar]

Nació en Almería aunque vivió en Rodalquilar, Níjar, donde su padre, cónsul de Portugal, poseía tierras, minas y el cortijo "La Unión", hasta que se casó a los dieciséis años con Arturo Álvarez Bustos. Éste era hijo del gobernador civil de Almería, quien además tenía en propiedad la tipográfica que imprimía el principal diario de la capital, lo cual permitió a Colombine familiarizarse con el mundo de la prensa desde pequeña.

En junio de 1895 obtiene la titulación de maestra de Primera enseñanza elemental y en 1898 la de Enseñanza Superior, en Madrid. En 1901 obtiene plaza mediante oposición en la Escuela normal de Maestras de Guadalajara. Ese año muere su hijo y decide abandonar a su marido y comenzar una nueva vida independiente con María Alvarez de Burgos, su otra hija, destacando como periodista, corresponsal de guerra, escritora, ensayista y traductora. Permanecerá en la ciudad castellana hasta 1907.

Fue pareja del también escritor Ramón Gómez de la Serna durante veinte años, en los que se relacionó también con Galdós, Blasco Ibáñez, Cansinos-Asséns, Juan Ramón Jiménez, Tomás Morales, Alonso Quesada, Julio Antonio, Julio Romero de Torres, Sorolla, etc... Se la considera una de las primeras defensoras del papel social y cultural de la mujer. Defendió asimismo la libertad y el goce de existir. Independiente a ultranza, creyó en un mundo mejor y fue una temprana "feminista", aunque ella odiaba ese término, y republicana.

Murió en 1932, al poco de intervenir en una reunión del Círculo Radical Socialista.

Obra [editar]

Trabajó en El Universal, del que fue su primera redactora, y para El Heraldo de Madrid. Cubrió la Guerra de África en Marruecos, como una de las primeras mujeres corresponsales de guerra de la historia de España.

Maltratada por los críticos y escritores que parecían recelar de su libertad, su eminente importancia como escritora fue relegada y reducida a la condición de "amante" de Ramón Gómez de la Serna.

Entre sus novelas más conocidas se encuentra Puñal de claveles, escrita al final de su vida y basada en el suceso conocido como el crimen de Níjar que tuvo lugar en 1928 en el Cortijo del Fraile, en los Campos de Níjar, y que fue una de las inspiraciones con que contó Federico García Lorca para sus Bodas de Sangre.

Se hicieron conocidas además sus conferencias, dadas en el ámbito del movimiento feminista, como La misión social de la mujer, pronunciada en 1911 y La mujer en España.

Otras obras suyas, a las que hay que sumar decenas de artículos, fueron:

  • Notas del alma, (colección de coplas populares)
  • Los inadaptados
  • El anhelo
  • El abogado
  • El artículo 438
  • Cuentos: El tesoro del castillo
  • Cuentos de Colombine
  • En la guerra
  • Honor de familia

Enlaces externos [editar]

Bibliografía [editar]

Horario de la Casa-Museo Picasso.

P030709_11.07

Actividades de astronomia en Bellas artes.

Directamente de Canal Cultural.

" Los astros llegan al Museo (Museo Bellas Artes)

Talleres de verano para niños de 6 a 12 años

CALENDARIO

Los talleres se desarrollarán durante las 4 semanas de julio, de martes a viernes:

- De 6 a 8 años:
del 30 de junio al 3 de julio
del 14 al 17 de julio
del 28 al 31 de julio

- De 9 a 12 años:
del 7 al 10 de julio
del 21 al 24 de julio:

CONTENIDOS

El 2009, Año Internacional de la Astronomía, es motivo de numerosas actividades alrededor de un apasionante tema que despierta la curiosidad y el interés, y que tiene en las artes uno de sus reflejos más interesantes.

Por tal motivo este verano los astros llegan al Museo de Belas Artes a través de una propuesta multidisciplinar en la que se mezclan las artes plásticas y visuales, la literatura y la música

OBJETIVOS

- Facilitar la interrelación entre las artes y la ciencia

- Divertirse y aprender en contacto con las artes

- Estimular la creatividad experimentando distintas técnicas de expresión artística

- Entender el Museo como lugar activo y familiar lleno de miradas que descubrir e construir

INFORMACIÓN Y MATRÍCULA

A partir del 22 de junio.
Tel. 981 22 37 23
mu.belas.artes.difusion@xunta.es "

Vientos del pueblo, de Miguel Hernandez.

Vientos del pueblo me llevan

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.

La UNED te lleva a la carcel.

Desde mi correo. Por cierto, a ver si adivinais quien trabaja ese dia. No, si es que esta gente tiene una copia de mi cuadrante :-):

" VISITA A LA PRISIÓN PROVINCIAL DE A CORUÑA [27- junio - 2009]


Día: sábado 27 de junio de 2009

Actividad: Visita comentada a la Prisión provincial de A Coruña. Explicación in situ del
edificio desde el punto de vista de la arqueología industrial.

Guía: D. Jesús Yanes Alonso

Lugar de encuentro: Puerta principal de la Prisión provincial de A Coruña. Paseo Marítimo
Alcalde Francisco Vázquez 43 (A Coruña).

Hora: 11.00

El Centro no facilitará transporte. Los alumnos interesados deberán acudir al punto de
encuentro señalado por sus propios medios.
Prazas limitadas. Necesaria preinscripción.
Se ruega calzado y ropa adecuada para las instalaciones a visitar y la época del año.
En el interior del edificio no estará permitido el uso de cámaras.
Para inscribirse:
FECHA LÍMITE PARA APUNTARSE A LA VISITA GUIADA: Lunes 15/06/09 hasta las 12 de la
mañana.
Se ruega a las personas interesadas en participar en esta actividad, lo comuniquen a
través do e-mail: jcllana@a-coruna.uned.es o ananovo@a-coruna.uned.es, indicando os
siguientes datos:
- nombre y apellidos
- dni
- fecha de nacimiento
- teléfono de contacto
- e-mail
- si es alumno da UNED. En caso afirmativo, titulación en la que está matriculado.
Las personas interesadas con LIMITACIONES DE MOVILIDAD pueden tener problemas
para el acceso a todo o parte del edificio, por lo que deben contactar cuanto antes para
tratar de encontrar, se fuera posible, una solución. "

Conferencia sobre arqueologia en la UNED.

Directamente de mi mail:

Dentro de las actividades enmarcadas en los “Encuentros con el patrimonio histórico y
cultural” que está celebrando el Centro Asociado UNED A Coruña en colaboración con la
Dirección Xeral de Patrimonio da Xunta de Galicia, se impartirá la siguiente conferencia
en el Centro UNED A Coruña, presentada por D. César Llana Rodríguez, Profesor tutor de
la UNED A Coruña:


Entrada libre hasta completar aforo.

 


Día: jueves 4 de junio de 2009_AULA22A


Lugar: CA UNED-A Coruña, en la C/ Pepín Rivero a las 19 h


Conferencia: “Las “sociedades de casa” en el mundo galaico y la arquitectura castreña”


Ponente: D. Alfredo González Ruibal


Universidad Complutense de Madrid
Instituto de Estudios Galegos “Padre Sarmiento” C.S.I.C.


INFORMACIÓN COMPLEMENTARIA:


Alfredo González Ruibal
Foi Becario potst-doctoral MEC/ Fulbright na Stanford University e Profesor de Prehistoria
na Universidad Complutense de Madrid. Na actualidade e Científico Titular do C.S.I.C., con
destino no Instituto de Estudos Galegos «Padre Sarmiento», en Santiago de Compostela.
MEC/Fulbright Post-doctoral fellow with the Stanford
Bibliografía do ponente sobre o tema:
Carballo Arceo, Luis Xulio; González Ruibal, Alfredo (2003): «A cultura castrexa do NW da Península Ibérica
en Galicia», Boletín Auriense, t. 31, pp.: 35-82.
González Ruibal, Alfredo (2004): «Alén dos Castros. O poboado da Idade do Ferro de Pena Redonda
(Pontecaldelas, Pontevedra)», El Museo de Pontevedra, nº 58, pp.: 11-64.
González Ruibal, Alfredo (2004): «Un askós ibicenco en Galicia. Notas sobre el carácter del comercio púnico

en el noroeste ibérico», Complutum, nº 15, pp.: 33-44.

González Ruibal, Alfredo (2005): «¿Para qué sirven los celtas?», Complutum, nº 16, pp.: 181-184.

González Ruibal, Alfredo (2006): «El giro poscolonial: hacia una etnoarqueología crítica», in.: Departament
d'Arqueologia i Antropologia. Institució Milà i Fontanals - CSIC (eds.): Etnoarqueología de la Prehistoria: Más
allá de la analogía. Madrid, C.S.I.C., Treballs d'Etnoarqueologia, nº 6, pp.: 41-59.
González Ruibal, Alfredo (2006): «Experiencia, narración, personas. Elementos para una arqueología
comprensible», Complutum, nº 17, pp.: 235-246.
González Ruibal, Alfredo (2006-2007): Galaicos. Poder y comunidad en la Protohistoria del Noroeste de la
Península Ibérica. A Coruña. Museo Arqueolóxico Castelo de San Antón. Brigantium, nº 18-19, 2 volumes.
González Ruibal, Alfredo (2007): «Resultados das sondaxes nun xacemento atípicoda Idade do Ferro: Pena
Redonda (Pontecaldelas, Pontevedra)», Cuadernos de Estudios Gallegos, t. 52, nº 118, pp.: 173-197.
González Ruibal, Alfredo (2007): «La vida social de los objetos castreños», in.: J. González García (Ed.): Los
pueblos de la Galicia Céltica. Madrid, Akal, pp.: 259-322.
González Ruibal, Alfredo (2007): «Datas radiocarbónicas do xacemento da Idade do Ferro de Pena
Redonda (Ponte Caldelas, Pontevedra)», Cuadernos de Estudios Gallegos, t. 54, nº 120, pp.: 23-34.
González Ruibal, Alfredo; Rodríguez Martínez, Rafael; Aboal Fernández, Roberto; Castro Hierro, Virginia
(2007): «Comercio mediterráneo en el castro de Montealegre (Pontevedra, Galicia), siglo II a.C. - inicios del
siglo I d.C.», Archivo Español de Arqueología, nº 80, pp.: 43-74.

Los Sauces, de Algernon Blackwood.

Desde aqui:

"

Después de dejar Viena, y mucho antes de llegar a Budapest, el Danubio entra en una región de singular soledad y desolación donde sus aguas se dispersan por todos lados sin que exista un canal central, la región se torna en un pantano por millas y millas, cubierto por un vasto mar de bajos arbustos de sauce. En los grandes mapas, esta región esta pintada de un azul pálido, que se torna cada vez más desvaído a medida que abandona los bancos; y sobre todo esto puede verse la palabra Sumpfe: marjales.

En época de inundaciones, estos acres de arena, bancos de guijarros e islas tupidas de sauces quedan casi enteramente sumergidos bajo el agua; pero en temporadas normales los arbustos se doblan y crujen al impulso de los vientos, mostrando a la luz del sol sus hojas plateadas en una planicie de belleza desconcertante, eternamente agitada. Los sauces nunca alcanzan la dignidad de árboles, no tienen troncos rígidos, permanecen como humildes arbustos, con copas redondeadas y suaves siluetas, oscilando sobre delgados troncos que responden a la mínima presión del viento, flexibles como la hierba, y tan permanentemente cambiantes que dan la impresión de que la planicie entera está animada y viviente. Porque el viento levanta olas que se alzan y se derraman por toda la planicie, olas de hojas en lugar de olas de agua, verdes elevaciones como en el mar, hasta que las ramas se yerguen y se tuercen, y entonces las olas se tornan de un blanco argentino, mostrando el reverso de las hojas bajo la luz del sol.

Feliz de deslizarse fuera del control de las rígidas riberas, el Danubio aquí vagabundea a su voluntad entre intrincadas redes de canales que se intersectan entre las islas por todos lados, con amplias avenidas por las que el agua fluye con un sonido como de aclamación, haciendo remolinos, vórtices de agua y espumantes rápidos; desgarrando los bancos de arena; arrastrando pedazos de la ribera y masas de sauces; y formando innumerablemente nuevas islas que cambian diariamente de tamaño y forma y poseen, en el mejor de los casos, una vida precaria, dado que el tiempo de inundaciones obstruye su existencia.

Hablando propiamente, esta fascinante porción de la vida del río comienza cerca de abandonar Pressburg; y nosotros, en nuestra canoa canadiense con tienda gitana y utensilios de cocina a bordo, la alcanzamos en la cresta de una incipiente inundación de mediados de julio. Esa misma mañana, cuando la luz del sol se estaba tornando rojiza antes del amanecer, nos habíamos deslizado rápidamente a través de Viena, aún durmiente, dejándola atrás un par de horas después como un mero parche de humo contra las colinas azules en el horizonte de Wienerwald; habíamos desayunado cerca de Fischeramend bajo un soto de abedules que rugían en el viento; y entonces habíamos bregado a través de la desgarradora corriente más allá de Orth, Hainburg, Petronell (la antigua Carnuntum romana de Marco Aurelio), y proseguido bajo las ceñudas alturas del Thelsen en una estribación de los Cárpatos donde el March se escabulle silenciosamente por la izquierda y se cruza la frontera entre Austria y Hungría.

Corriendo a unos 12 kilómetros por hora, el río nos hizo penetrar un buen tramo dentro de Hungría; y las aguas lodosas "signo seguro de inundación" nos hicieron encallar varias veces en bancos de guijarros y atraparon nuestra canoa como si fuera un corcho en múltiples remolinos que aparecían eructando súbitamente, antes de que las torres de Pressburg (Poszony, en húngaro) fueran visibles en el cielo; y entonces la canoa, saltando como un caballo fogoso, voló a gran velocidad bajo las murallas grises, pasó confiadamente por la cadena hundida del ferry Fliegende Bruck, dio una aguda vuelta hacia la izquierda y se precipitó entre la espuma amarilla hacia la soledad de islas, bancos de arena y tierras pantanosas que yacía adelante: la tierra de los sauces.

El cambio vino súbitamente, como cuando una serie de imágenes de bioscopio que avanzan por las calles de un pueblo cambian sin previo aviso al paisaje de un lago y un bosque. Penetramos vertiginosamente a la tierra de la desolación, y en menos de media hora ya no había botes ni cobertizos de pesca ni tejados rojos, ni señal alguna de civilización u ocupaciones humanas a la vista. La sensación de alejamiento del mundo humano, el completo aislamiento, la fascinación por ese singular mundo de sauces, vientos y corrientes arrojaron instantáneamente su hechizo sobre ambos. Y comentamos, entre risas, que forzosamente tendríamos que haber presentado alguna especie de pasaporte especial para ser admitidos, y que, de manera un tanto aventurada, habíamos penetrado sin pedir permiso en ese pequeño reino de maravilla y de magia; un reino que estaba reservado para el uso de otros, que a él tenían derecho, lleno de tácitas advertencias contra los intrusos, asequibles para aquellos que tuvieran la imaginación de descubrirlas.

Aunque la tarde era aún temprana, los golpes incesantes del tempestuoso viento nos hicieron sentir agotados, y pronto comenzamos a buscar un buen lugar para acampar durante la noche. Pero el carácter desconcertante de las islas hizo difícil el desembarco; la remolineante corriente nos arrastraba hacia la orilla y luego nos barría de nuevo, las ramas de las sauces desgarraban nuestras manos al intentar aferrarnos a ellas para detener la canoa, y arrojamos a la corriente más de un yarda de arena hasta que, al final, fuimos disparados por un potente golpe lateral del viento hacia un remanso del río y logramos encallar la proa en medio de una nube de espuma. Yacimos jadeando y riendo, después de nuestros afanes, sobre la arena templada y amarilla, protegida del viento, bajo el pesado ardor de un sofocante sol; un cielo azul sin nubes sobre nosotros, y una inmensa armada de danzantes y rugientes arbustos de sauce cercándonos por todos lados, brillantes de espuma y aleteando sus millares de pequeñas manos, como si aplaudieran nuestros esfuerzos.

"¡Vaya un río! "dijo mi compañero, pensando en todo el camino que habíamos recorrido desde su fuente en la Selva Negra, y en cómo él había estado obligado a bajar y empujar la canoa a través de los vados a principios de junio.

"Esto no aguantará más cachondeos el día de hoy, ¿no es cierto? "dijo, arrastrando la canoa un poco más lejos, hacia la seguridad de la arena, y disponiéndose luego a una siesta.

Yo me recosté a su lado, feliz y tranquilo ante la efusión de los elementos "agua, viento, arena, y la gran llama del sol" pensando en el largo viaje que aguardaba ante nosotros, y en el gran estrecho allá adelante antes de llegar al Mar Negro, y en cuán afortunado era de tener un amigo tan encantador y entrañable viajando a mi lado: el Sueco.

Habíamos realizado muchos viajes similares juntos; pero el Danubio, más que cualquier otro río que yo conociera, nos impresionó desde el inicio con su vivacidad. Desde su pequeña y burbujeante entrada al mundo entre las pinares de Donaueschingen, hasta el momento presente, en que comenzaba a jugar el gran juego fluvial que era ése irse perdiendo a sí mismo entre pantanos abandonados, sin ser visto, sin detenerse, había sido para nosotros como seguir el crecimiento de una criatura viviente. Adormilado al principio, pero desarrollando más tarde violentos deseos al tiempo que cobraba consciencia de su alma profunda, el río rodaba; como una especie de gigantesca y fluida entidad, a través de todos los campos que habíamos cruzado, sosteniendo nuestra pequeña embarcación sobre sus poderosos hombros, jugando rudamente con ella algunas veces, y sin embargo siempre amigable y bien intencionado; hasta que al final habíamos llegado inevitablemente a considerarlo como a un Gran Personaje.

¿Cómo, en efecto, podría ser de otra manera, dado que nos relataba tanto de su vida secreta? En las noches le oíamos cantarle a la luna mientras yacíamos en nuestra tienda, murmurando esa extraña nota sibilante que le era peculiar, causada, según decían, por el rápido desgarramiento de los guijarros en su cauce, tan grande era su apresurada carrera. Conocíamos, también, la voz de sus gorgoteantes remolinos, que subían burbujeando súbitamente bajo superficies previamente aquietadas; el rugido de sus vados y su vertiginosos rápidos; sus seguro y constante fragor bajo todos esos sonidos superficiales; y ese desgarramiento incesante de sus aguas heladas sobre la ribera. ¡Cuánto se erguía y aullaba cuando las lluvias caían directamente sobre su superficie! ¡Y cómo rugía, riendo, cuando el viento soplaba a contracorriente tratando de frenar su creciente velocidad! Conocíamos todos sus sonidos y sus voces, sus escollos y su rabia, su innecesario salpicar contra los puentes; ese autoconsciente parloteo cuando había colinas a la vista; la afectada dignidad de su discurso cuando pasaba por los pequeños poblados, demasiado infatuado para reír; y todos esos débiles y dulces murmullos cuando el sol le sorprendía plenamente en alguna curva lenta y se derramaba sobre él hasta que se elevaba el vapor.

En sus inicios, antes de ser visible al mundo, estaba lleno de trampas también. Había lugares en las fuentes superiores entre los bosques suabos, cuando los primeros murmullos de su destino aún no le habían alcanzado, donde optaba por desaparecer entre agujeros sobre el suelo, para aparecer de nuevo al otro lado de las porosas colinas de piedra caliza, e iniciar un nuevo río con un nombre distinto, dejando tan escasa agua sobre su propio cauce que teníamos que escalar y caminar por el agua y empujar la canoa a través de millas de vados. Y uno de sus principales placeres en esos precoces días de su irresponsable juventud era permanecer tranquilo, como Brer Fox, justo antes de que las pequeñas y turbulentas corrientes tributarias vinieran a unírsele desde los Alpes; y entonces negarse a acogerlas, y correr así por millas, lado a lado, bien marcada la línea divisoria, incluso distinguibles los niveles, el Danubio rehusándose absolutamente reconocer al recién llegado. Después de Passau, con todo, abandonaba ese truco en particular; porque entonces el Inn llega acompañado de un poder atronador imposible de ignorar, y tanto empuja e incomoda al río principal que difícilmente hay espacio para ambos en la larga y retorcida garganta que sigue, y el Danubio es empujado aquí y allá contra los riscos, y forzado a acelerar su marcha para llegar a tiempo, entre grandes olas y fango que salpican por todas lados. Y durante el combate nuestra canoa se deslizó de sus hombros a su pecho y padeció en medio del combate de las olas. Pero el Inn le enseña al viejo río una lección, y después de Passau ya no aspira a ignorar a los recién llegados.

Esto ocurrió muchos días atrás, desde luego, y desde entonces hemos llegado a conocer otros aspectos de la gran criatura y, a través de las planicies bávaras cubiertas de avena en Straubing, bajo el llameante sol de junio, él erró tan lentamente que sin dificultad podíamos imaginar que, a unas cuántas pulgadas superficiales, el agua agitada encerraba, como en un manto de seda, una armada completa de ondinas, que avanzaban bajo el mar silenciosas e inadvertidas, muy pausadamente, para no ser descubiertas.

Perdonábamos, a esa criatura, por su amabilidad hacia las aves y animales que habitaban en la ribera. Cormoranes rayaban las orillas en lugares solitarios, alineados como pequeñas vallas negras; cuervos grises se amontonaban en los lechos de guijarros; cigüeñas se erguían pescando en los espacios de aguas superficiales que se abrían entre las islas; y águilas, cisnes, y aves de pantano de todo tipo llenaban el aire con el destello de sus alas y su lamento petulante y melodioso. Era imposible sentirse irritado por los caprichos del río después de ver un venado saltar dentro del agua al amanecer y nadar pasando la proa de nuestra canoa; frecuentemente veíamos cervatillos observándonos desde la maleza, o mirábamos directamente los ojos cafés de un ciervo, al tiempo que cargábamos a toda velocidad por una esquina y entrábamos en otra extensión del río. Zorros también, por todos lados rondando las orillas, deslizándose delicadamente entre los maderos flotantes, desapareciendo tan súbitamente que era imposible ver cómo lo hacían.

Pero ahora, después de dejar Pressburg, todo cambió un poco; y el Danubio se tornó más serio. Cesaron los juegos. Estaba a medio camino del Mar Negro, a una distancia similar de otras aún más extrañas regiones, donde ningún truco sería admitido o comprendido. Y súbitamente se tornaba maduro, y exigía nuestro respeto, e incluso nuestro temor. Se rompía en tres brazos, por decir algo, que sólo se volvían a encontrar un centenar de kilómetros más abajo, y para una canoa no había indicación alguna acerca de cuál camino se debía seguir.

"Si toman un canal lateral "dijo el oficial húngaro que conocimos en la tienda de Pressburg mientras comprábamos provisiones" se encontrarían, cuando la inundación baje, a cuarenta millas de cualquier lugar, en seco, y podrían fácilmente morir de hambre. No hay gente, ni granjas, ni pescadores. Les aconsejo que continúen. El río, está aún elevándose, y este viento va a aumentar.

El río creciente no nos alarmaba en lo más mínimo, pero el problema de quedarnos en seco por un súbito descenso de las aguas podría ser algo serio; habíamos, consecuentemente, agregado una provisión extra. En cuanto a lo otro, la profecía del oficial resultó verdadera, y el viento, soplando bajo un cielo perfectamente despejado, se incrementó de manera constante hasta que alcanzó la dignidad de un vendaval del oeste.

Era más temprano de lo usual cuando acampamos, el sol estaba a una hora o dos del horizonte y, dejando a mi amigo aún dormido sobre la arena caliente, deambulé por ahí en un vago examen de nuestro hotel. La isla, descubrí, era de menos de un acre de extensión; un simple banco arenoso irguiéndose unos dos o tres pies sobre el nivel del río. El extremo más lejano, apuntando al poniente, estaba cubierto por la espuma que el terrible viento arrojaba como crestas de las rompientes olas. Era triangular en su forma, con la punta a contracorriente.

Permanecí ahí por mucho tiempo, observando la impetuosa corriente carmesí oprimiendo con su poderoso rugido, arrojándose en oleadas contra la ribera como si quisiera barrerla en peso, y luego girando en espumantes corrientes a cada lado. El suelo parecía temblar ante el choque y el ímpetu mientras el furioso movimiento de los sauces, al derramarse el viento sobre ellos, aumentaba la curiosa ilusión de que la isla misma se estaba moviendo. Más adelante, por una milla o dos, podía ver el gran río descendiendo sobre mí; era como mirar el descenso de un alud en una montaña, blanco de espuma, saltando por todos lados para mostrarse ante el sol.

El resto de la isla era demasiado denso en sauces para permitir un avance placentero; pero, con todo, hice el viaje. Desde el extremo más bajo, la luz, desde luego, cambiaba; y el río lucía oscuro y enfurecido. Sólo el dorso de las elevadas olas era visible, veteadas de espuma, y empujadas con fuerza por las grandes rachas de viento que caían sobre ellas desde atrás. Por una corta milla el río era visible, derramándose entre las islas y luego desapareciendo entre los sauces con un impacto enorme, los cuales se agrupaban a su alrededor como una piara de monstruosas criaturas antediluvianas amontonándose para abrevar. Me hacían pensar en gigantescas excrecencias esponjosas que absorbían el río en su interior. Le hacían desaparecer de vista. Ellos se hacinaban ahí, juntos, en número avasallador. Era una escena impresionante, con su absoluta soledad, su extraña sugestión; y mientras contemplaba, larga y morosamente, una singular emoción comenzó a agitarse en algún lugar en profundo. En medio mi delectación ante la belleza salvaje, subió, reptando, de manera intempestiva e inexplicable, una curiosa sensación de inquietud, casi de alarma.

Un río creciente sugiere siempre algo de funesto; muchos de los islotes que veía ante mí probablemente ya habrían sido arrastrados para la hora de la mañana, ese irresistible y atronador torrente tocaba fibras de verdadero temor y reverencia en mí. Y sin embargo yo me daba cuenta de que mi inquietud yacía en capas más profundas que las de las simples emociones de temor y admiración. No era eso lo que yo sentía. Tampoco tenía que ver directamente con el poder del viento tempestuoso; ese huracán ensordecedor que podría arrastrar unos cuantos acres de sauces por el aire y esparcirlos como montones de hojarasca en el paisaje. El viento estaba simplemente jugando, porque nada se elevaba en ese llano paisaje que pudiera detenerlo, y yo era consciente de participar de su gran juego con una especie de gozosa excitación. Sin embargo esta nueva emoción no tenía nada que ver con el viento. En verdad, tan vaga era la sensación de angustia que experimentaba, que era imposible rastrear su fuente y hacerse cargo de ella apropiadamente; aunque de alguna manera me daba cuenta que tenía que ver con la comprensión de nuestra completa insignificancia ante el poder desencadenado de los elementos a mi alrededor. El río desbordante tenía algo que ver con ello también; la vaga y desagradable idea de que de alguna manera nosotros habíamos menospreciado estas poderosas fuerzas elementales, en cuyo poder yacíamos indefensos a cada hora del día y de la noche. Porque aquí, verdaderamente, esas fuerzas titánicas actuaban en conjunto, y su vista incitaba la imaginación.

Pero esa emoción, en la medida en que podía entenderla, parecía estar ligada más particularmente a los sauces; a esos acres y acres de sauces, aglomerándose, creciendo ahí de manera tan compacta, agrupándose en enjambres por todo el espacio visible, presionando contra el río como si quisieran sofocarlo, irguiéndose por millas y millas bajo el cielo en una densa profusión; vigilando, esperando, escuchando. De manera completamente independiente de los elementos, los sauces se conectaban sutilmente con mi malestar, atacando la mente de manera insidiosa por razón de su vasto número, y tratando de una u otra manera de presentar a la imaginación un nuevo y enorme poder; un poder que era, más bien, no del todo amigable hacia nosotros.

Las grandes revelaciones de la naturaleza, desde luego, nunca fracasan en afectarnos de una u otra manera; y yo no era completamente ajeno a ese clase de estados de ánimo. Las montañas tienen el poder de anonadar; y los mares aterrorizan; y el misterio de los grandes bosques ejerce un hechizo que les es peculiar. Pero todos estos ejemplos, en algún aspecto, contribuyen establecer un íntima unión entre la vida y la experiencia humanas. Las emociones que ellos agitan son comprensibles, aun cuando son alarmantes. Tienden en última instancia a la exaltación.

Con esta multitud de sauces, sentía yo, era completamente diferente. Emanaba de ellos una especie de esencia que asediaba al corazón. Despertaban un sentimiento de reverencia, es verdad, pero una reverencia tocada en algún punto por un vago terror. Sus apretadas filas; que se hacían cada vez más oscuras a mi alrededor mientras las sombras se hacían más profundas, moviéndose furiosamente, y sin embrago de una manera suave, en el viento; despertaban en mí la extraña e importuna sugestión de que nosotros habíamos irrumpido aquí traspasando los límites de un mundo ajeno, un mundo en el que éramos intrusos, un mundo en el que no éramos requeridos, ni invitados a permanecer, ¡dónde tal vez corríamos graves riesgos!

De cualquier manera, esa sensación, aunque se resistía a rendir su significado último, no me perturbaba hasta entonces al el punto de volverse una amenaza. Y sin embargo no me dejaba tranquilo, ni siquiera durante la muy práctica tarea de montar la tienda en medio del viento huracanado y prender un fuego para la olla. Perduraba sólo lo suficiente como para molestar y dejar perplejo, y para robar de su encanto a un disfrutable campamento. A mi compañero, sin embargo, no le mencioné una palabra; porque él era un hombre al que consideraba falto de imaginación. En primer lugar, nunca habría logrado explicarle exactamente lo que quería decir y, en segundo, de lograrlo, se habría reído estúpidamente de mí.

Había una ligera depresión en el centro de la isla, y ahí levantamos la tienda. Los sauces alrededor rompían un poco el viento.

"Un pobre campamento, "observó el imperturbable Sueco cuando finalmente la tienda fue montada" ninguna piedra y muy poca leña. Voto por que nos marchemos mañana temprano ¿eh? Esta arena no aguantará nada.

Pero la experiencia de una tienda derrumbándose a medianoche nos había enseñado muchos trucos; levantamos nuestra tienda en un rincón tan resguardado como fuera posible, y luego nos dedicamos a la tarea de reunir una provisión de leña suficiente para toda la noche. Los arbustos de sauce no arrojan ramas, y la madera a la deriva era nuestra única fuente de abastecimiento. Cazamos minuciosamente por las orillas de la isla. Por todas lados los bancos crujían al tiempo que la crecida del río los desgarraba, llevándose enormes porciones de ellos entre chorros y gorgoteos.

"La isla ya está mucho más pequeña que cuando llegamos "dijo con precisión el Sueco". A este paso no durará mucho. Sería mejor arrastrar la canoa cerca de la tienda, y estar listos para saltar al instante. Dormiré con la ropa puesta.

Estaba a cierta distancia, escalando por la orilla, y escuché su jovial risotada mientras hablábamos.

"¡Por Jove! "le escuché llamar un momento después, y me volví para ver qué había causado su exclamación. Pero por el momento el estaba escondido tras los sauces, y no podía hallarlo.

"¿Qué demonios es esto? "Le escuché gritar de nuevo, y esta vez la voz se había tornado seria. Corrí rápidamente y me le uní en la orilla. Estaba mirando al río, apuntando hacia algo en el agua.

"¡Por todos los cielos, es un cuerpo! "gritó exaltado". ¡Mira!

Un objeto negro pasó arrastrado rápidamente, dando vuelcos entre las olas espumantes. Siguió avanzando, hundiéndose y volviendo a la superficie constantemente. Estaba a unos 20 pies de la orilla, y justo cuando se situó frente a donde estábamos, dio una sacudida y quedó mirando directamente hacia nosotros. Vimos sus ojos reflejando la puesta de sol, y destellando una extraña luz amarilla al tiempo que el cuerpo daba vuelta. Luego dio una rápida y voraz zambullida, y se sumergió fuera de vista en un parpadeo.

"¡Una nutria! "exclamamos en el mismo aliento, riendo. Era una nutria viva, y de cacería; sin embrago lucía exactamente como el cuerpo de un hombre ahogado dando tumbos indefenso en la corriente. Río abajo, volvió de nuevo a la superficie y pudimos ver su piel negra, húmeda y brillante a luz del sol.

Luego, justo cuando volvíamos con los brazos cargados de leña, otra cosa sucedió que nos hizo volver junto a la orilla del río. Esta vez realmente era un hombre, y lo que era más, un hombre en un bote. Un bote en el Danubio era una vista inusual en cualquier tiempo, pero aquí,en este desierta región, y en tiempos de inundación, era tan inesperado como para constituir un verdadero acontecimiento. No quedamos ahí, observando.

No puedo decir si fue por la inclinación de la luz del sol; o por la refracción en el agua, maravillosamente iluminada; pero, cualquiera que sea la causa, encontré dificultad en enfocar mi vista apropiadamente sobre la acelerada aparición. De cualquier manera, parecía ser un hombre erguido en una especie de bote de fondo aplastado, gobernando con un largo remo, y siendo arrastrado hacia la ribera opuesta una velocidad tremenda. Aparentemente él estaba mirando en nuestra dirección, pero la distancia era demasiado grande y la luz demasiado incierta para que nosotros pudiéramos darnos cuenta plenamente que pretendía. A mí me pareció que estaba gesticulando y haciendo señales hacia nosotros. Su voz nos llegó a través del agua, gritando algo furiosamente, pero el viento la ahogó del tal manera que ninguna palabra fue audible. Había algo curioso acerca de la aparición en su conjunto "hombre, bote, señales, voz" que dejó en mí una impresión desproporcionada.

"¡Está persignándose! "grité." ¡Mira, está haciendo la señal de la Cruz!

"Creo que tienes razón, "dijo el Sueco, resguardando sus ojos con las manos y observando al hombre salir de vista. Parecía haberse marchado en un instante, desvaneciéndose ahí abajo entre el mar de sauces, en una curva del río donde el sol caía sobre ellos y los convertía en una enorme y hermosa muralla carmesí. La niebla había comenzado a alzarse también, así que el aire estaba brumoso.

"¿Pero qué demonios está haciendo al anochecer en este río desbordado? "dije, en parte para mí mismo". ¿A dónde va a esta hora, y que quiso decir con sus señales y sus gritos? ¿Crees que haya querido advertirnos de algo?

"Vio nuestro humo, y tal vez pensó que éramos espíritus. "rió mi compañero". Estos húngaros creen en toda clase de disparates; ¡recuerdas a la dependienta de Pressburg advirtiéndonos que nunca nadie hacía tierra aquí, porque esto pertenecía a una especie de seres de fuera del mundo de los hombres ¡Me imagino que creen en hadas y en elementales, posiblemente en demonios también.

"Aquel campesino en el bote vio gente en las islas por primera vez en su vida "agregó, después de una breve pausa" y lo asustamos, eso es todo.

El tono de voz del Sueco no sonaba convincente, y su aspecto carecía de algo que usualmente poseía. Noté el cambio instantáneamente mientras hablaba, aunque sin poder caracterizarlo precisamente.

"Si tuvieran la suficiente imaginación "recuerdo que trataba de hacer tanto ruido como pudiera", bien podrían poblar un lugar como este con los viejos dioses de la antigüedad. Los romanos tendrían que haber llenado toda esta región, de una u otra manera, con sus templetes y sus sotos sagrados y sus deidades elementales.

Nuestra conversación declinó y volvimos junto a la olla; mi amigo, por regla general, no era muy dado a conversaciones imaginativas. Por otra parte, recuerdo que sólo entonces sentí una verdadera alegría por ello; su naturaleza estólida y pragmática súbitamente me pareció acogedora y confortante. Era un admirable temperamento, pensé; el podía gobernar a través de los rápidos como un Piel Roja, cruzar peligrosos puentes y remolinos mejor que cualquier hombre blanco que yo hubiera visto sobre una canoa. Él era un extraordinario camarada para un viaje de aventuras, una torre de fuerza ante los acontecimientos imprevistos. Miré su fuerte rostro y sus cabello levemente rizado mientras se tambaleaba bajo su carga de leña (¡el doble de grande que la mía!), y experimenté una sensación de alivio. Sí, sentí entonces una verdadera alegría de que el Sueco fuera... así, y de que él nunca hiciera observaciones que sugirieran más de lo que decían.

"Y el río sigue creciendo "agregó, como prosiguiendo pensamientos propios, y arrojó su carga con un jadeo". Está isla estará bajo el agua dentro de dos días si esto sigue así.

" Yo desearía que el viento amainara "dije yo". El río me importa un higo.

La crecida, en efecto, no representaba ningún peligro para nosotros; podíamos partir en menos de diez minutos ante cualquier signo alarmante, y entre más agua hubiera en el río, mejor para nosotros. Eso implicaría una aceleración de la corriente y la destrucción de los inciertos bancos de guijarros que tan frecuentemente amenazaban destrozar el fondo de nuestra canoa.

Al contrario de nuestras expectativas, el viento no amainó con la puesta de sol. Pareció incrementarse con la obscuridad, aullando sobre nuestras cabezas y sacudiendo los sauces a nuestro alrededor como paja. Extraños sonidos lo acompañaban en ocasiones, como las explosiones de artillería pesada, y caía sobre el agua y sobre la isla en grandes corrientes horizontales de inmenso poder. Me hizo pensar en los sonidos que un planeta debería hacer, si pudiéramos oírlo, al impulsarse a través del espacio.

Pero el cielo se mantuvo completamente limpio de nubes y, después de cenar, la luna se elevó rápidamente en el Este y cubrió el río y la planicie de ruidosos sauces con una luz como de día. Reposamos junto al fuego sobre la arena, fumando, escuchando los sonidos de la noche a nuestro alrededor, y conversando animadamente acerca del viaje que habíamos hecho hasta el momento y de nuestros planes para lo que se avecinaba. El mapa estaba extendido en la puerta de la tienda, pero el viento lo hacía difícil de estudiar, así que pronto bajamos la cortina y extinguimos la linterna. La luz de la fogata era suficiente para fumar y vernos las caras, y las chispas volaban arriba como fuegos artificiales. Algunas yardas más allá, el río gorgoteaba y siseaba, y de tiempo en tiempo un espeso salpicar de agua anunciaba el desprendimiento de alguna de las porciones más alejadas de la ribera.

Nuestra conversación, observé, tenía que ver con las remotas escenas e incidentes de nuestros primeros acampamientos en la Selva Negra, o con otros temas alejados de nuestra situación presente, porque ninguno de nosotros hablaba sobre el momento actual más de lo necesario "casi como si hubiéramos acordado tácitamente evitar toda discusión acerca de nuestro acampamiento actual y sus incidentes. Ni la nutria ni el barquero, por ejemplo, recibieron el honor de una solitaria mención, a pesar que ordinariamente un acontecimiento así habría proporcionado un tema de discusión para toda la noche. Eran, desde luego, eventos notables un lugar así. La escasez de leña convertía en un problema el mantenimiento del fuego; porque el viento, que arrojaba el humo en nuestra cara dondequiera que no sentáramos, creaba al mismo tiempo un tiro forzado. Tomamos turnos para hacer expediciones de recolección en la obscuridad, y las cantidades que traía el Sueco me hacía siempre pensar que el tiempo se tomaba para encontrarlas absurdamente largo; en verdad no me importaba demasiado quedarme solo, sin embargo, parecía siempre ser mi turno para cavar en los arbustos o revolver entre las resbalosos bancos a la luz de la luna. La larga batalla de ese día contra el viento y el agua "¡Qué viento y qué agua!" nos había dejado a ambos fatigados, y dormir temprano era nuestro obvio programa. Sin embargo, ninguno de nosotros hizo ningún movimiento hacia la tienda. Reposábamos ahí, guardando el fuego, tratando de mantener una conversación trivial, mirando hacia la espesura de los sauces, y escuchando el tronar del viento y el río. La soledad del lugar nos había penetrado hasta los huesos y el silencio nos parecía natural, porque después de un tiempo el sonido de nuestras voces se tornó un tanto irreal y forzado; los susurros habrían sido la forma apropiada de comunicación, sentí; y la voz humana, siempre algo absurda en medio del rugir de los elementos, ahora acarreaba con ella algo casi prohibido. Era como hablar en voz alta en la iglesia, o en alguno de esos lugares en los que el permitirse ser escuchado no es algo lícito, y tal vez tampoco algo aconsejable.

El aire inquietante de esta isla solitaria, ubicada entre millares de sauces, barrida por el vendaval, y rodeada por corrientes profundas y vertiginosas no afectaba a ambos. No hollada por el hombre, casi desconocida para el hombre, reposando ahí bajo la luna, alejada de toda influencia humana, en la frontera de otro mundo, un mundo ajeno, un mundo habitado únicamente por los sauces y por las almas de los sauces. Y nosotros, en nuestra precipitación, nos habíamos atrevido a penetrar en él, ¡incluso a disponer de sus elementos! Algo superior a ese poder de sugerencia me agitaba mientras yacía en la arena, los pies junto al fuego, observando las estrellas a través de las hojas. Por una última vez me levanté a recoger leña.

"Cuando esto se haya agotado "dije firmemente" me iré a dormir. "Y mi compañero me observó perezosamente mientras avanzaba hacia las sombras circundantes.

Para ser un hombre falto de imaginación, parecía inusualmente perceptivo esa noche, inusualmente abierto a otros estímulos aparte de los sensoriales. Él también estaba afectado por la belleza y la soledad del lugar. Yo me vi del todo complacido, recuerdo, al reconocer este sutil cambio en él, y en lugar de ponerme inmediatamente a recolectar ramas me dirigí hacia la parte más alejada de la isla, donde se podía ver desde una mejor perspectiva la luna cayendo sobre la planicie y el río.

El deseo de estar solo había caído súbitamente sobre mí; mi antiguo temor volvió con más fuerza; había una vaga sensación en mí, y yo deseada enfrentarla y sondearla hasta el fondo. Cuando alcancé el punto donde la arena sobresalía entre las olas el hechizo del lugar descendió sobre mí creándome en una verdadera turbación. Ningún simple "paisaje" podría haber causado tal efecto. Había algo más aquí, algo alarmante.

Miré fijamente hacia la ruina de las aguas brutales; observé los sauces susurrantes; escuché el impacto incesante del viento; y, todos y cada uno, cada cosa de una manera peculiar despertaron en mí esa sensación de extraña inquietud. Los sauces me afectaban especialmente; perpetuamente mantenían su parloteo y su conversación privada, riendo un poco, chirriando estridentemente, suspirando algunas veces, pero la causa de su agitación pertenecía a la vida secreta de la gran planicie que ellos habitaban. Y era completamente ajena al mundo que yo conocía, o al mundo donde los elementos, aunque salvajes, eran aún benignos. Me hacían pensar en una hueste de seres pertenecientes a otro plano de la naturaleza, a una evolución completamente divergente tal vez, todos discutiendo un misterio sólo por ellos conocido. Los contemplé moviéndose afanosamente y en conjunto, sacudiendo anormalmente sus grandes cabezas lanudas, haciendo girar sus millares de hojas aun cuando no había viento. Se movían por impulso propio como seres vivientes; y rozaban, por algún método incalculable, el agudo sentido del horror que hay en mí. Se erguían ahí bajo la luz de la luna, como un vasto ejército rodeando nuestro campamento, sacudiendo sus innumerables astas plateadas, desafiantes, en formación para atacar.

La psicología de los lugares, para algunas mentes al menos, es muy vívida; especialmente para el viajero, los lugares de campamento tienen su "nota" de bienvenida o de rechazo. Al principio puede no ser perceptible, porque las afanosas tareas de levantar la tienda y preparar el fuego lo impiden, pero con la primera pausa "usualmente después de cenar" ella viene anunciándose a sí misma. Y la nota de este campo de sauces se tornaba ahora clara e inequívoca para mí; éramos advenedizos, intrusos; no éramos bienvenidos. La sensación de extrañamiento creció en mí mientras permanecía ahí, observando. Tocábamos la frontera de una región que se resentía de nuestra presencia. Una única noche de alojamiento podría tal vez tolerarse; pero un estadía prologada e inquisitiva ¡No, por todos los dioses de los árboles y de la naturaleza profunda, no! Éramos la primera influencia humana en estas islas, y no éramos requeridos. Los sauces estaban contra nosotros. Extraños pensamientos como éstos, extravagantes fantasías, paridas sin saber cuándo, encontraban alojamiento en mi mente mientras permanecía ahí, escuchando. "¿Y qué?," pensaba, "si estos sauces agazapados dieran señales de vida; si súbitamente se elevaran, como un enjambre de criaturas vivientes, conducidos por los dioses cuyo territorio habíamos invadido, barriendo contra nosotros a través de los pantanos retumbando en la noche... ¡y entonces cesaran! Al mirarlos era fácil imaginarse que realmente se movían, que se acercaban arrastrándose, retrocediendo después un poco, apretándose en grandes masas, hostiles, esperando hasta que el viento finalmente los impulsara en la embestida. Podría haber jurado que su aspecto cambió un poco, que sus filas se profundizaron y se hicieron más cerradas.

El llanto chirriante y melancólico de un ave nocturna se oyó en lo alto, y casi perdí el equilibrio cuando el trozo de arena en que estaba parado cayó salpicando dentro del río, minado por la corriente. Retrocedí justo a tiempo; volví a buscar leña, a medias riendo ante las extrañas fantasías que se amontonaban en mi mente y me atrapaban con su hechizo. Recordé la observación del Sueco acerca de partir al día siguiente y, estaba apenas pensando en que yo estaba completamente de acuerdo con él, cuando me volví súbitamente, y vi el objeto de mis pensamientos irguiéndose frente a mí. Estaba muy cerca. El rugido de los elementos había cubierto sus pasos.

"Has estado aquí por demasiado tiempo "gritó por encima del viento", pensé que te había pasado algo.

Pero había algo en su voz, y un aspecto en su rostro también, que me comunicaban más que sus palabras, y entendí de pronto la verdadera razón de su venida. El hechizo del lugar había entrado en su alma también, y no le había agradado estar solo.

"La corriente sigue aumentando "se lamentó, señalando la crecida iluminada por la luna", y el viento no cesa.

Decía siempre las mismas cosas, pero era el anhelo de compañía lo que le daba verdadera importancia a sus palabras.

"Tenemos suerte "le respondí" que nuestra tienda este en una cuenca.

Agregué algo sobre la dificultad de encontrar leña, con el objetivo de explicar mi tardanza, pero el viento arrastró mis palabras arrojándolas por el río, y él no me escuchó; sólo me miró a través de las ramas, asintiendo.

"¡Tendremos suerte si salimos de ésta sin daño! "gritó, por lo menos eso es lo que pude entender; y recuerdo la sensación de furia contra él por haberlo dicho explícita-mente, porque era eso exactamente lo que yo sentía. Había un desastre latente en algún lugar, y ese presentimiento pesaba sobre mí de manera desagradable.

Volvimos a la fogata y la alimentamos por última vez, empujando con nuestros pies. Echamos un último vistazo a nuestro entorno. Si no fuera por el viento el calor hubiera sido desagradable. Puse este pensamiento en palabras, y recuerdo la inquietante respuesta de mi compañero: que él preferiría soportar el calor, el clima ordinario de julio, a seguir escuchando este "viento diabólico."

Todo estaba preparado para la noche; la canoa reposaba volteada junto a la tienda, con los dos canaletes amarillos debajo; el saco de las provisiones colgaba de un tronco de sauce; y los platos lavados situados a una distancia segura del fuego, listos para el desayuno.

Sofocamos las brasas con arena, y luego nos refugiamos. La falda de la puerta de la tienda estaba alzada, y yo veía las ramas y las estrellas y el blanco claro de luna. Los sauces temblorosos y los pesados golpes del viento contra nuestra pequeña tienda tirante son las últimas cosas que recuerdo antes del que el sueño llegara, cubriendo todo con su suave capa de olvido.

De pronto me encontré despierto, observando desde mi jergón arenoso a través de la puerta de la tienda. Miré mi reloj, sujeto contra el lienzo, y pude ver que pasaban de las doce, "el umbral de un nuevo día" y que, por lo tanto, había dormido un par horas. El Sueco estaba aún dormido a mi lado; el viento seguía aullando como antes; algo presionaba contra mi corazón y me hacía sentir angustia. Sentía una perturbación en la inmediata cercanía.

Me senté rápidamente y miré al exterior. Los árboles oscilaban violentamente de un lado a otro ante el impacto del viento, pero nuestra pequeña porción de lienzo verde permanecía cómodamente segura en la hondonada, porque el viento pasaba sobre ella sin encontrar resistencia. La sensación de intranquilidad, de cualquier manera, no cesaba; me arrastré silenciosamente fuera de la tienda para ver si nuestras pertenencias estaban a salvo. Me moví cautelosamente, evitando despertar a mi compañero. Una extraña agitación me poseía.

Apenas salía de la tienda, gateando, cuando mis ojos vieron por primera vez la copa de los arbustos opuestos, con su agitada tracería de hojas, calcando verdaderas figuras contra el cielo. Me puse en cuclillas y miré. Era increíble, desde luego, pero ahí, frente a mí y ligeramente elevadas, había formas de una especie indeterminada flotando sobre los sauces; y mientras las llamas oscilaban en el viento parecían tender hacia esas formas, formando una serie de monstruosos perfiles que cambiaban rápidamente bajo la luna. Cerca, a unos 50 pies frente a mí, vi estas cosas.

Mi primer impulso fue despertar a mi compañero, para que el también las pudiera ver, pero algo me hizo vacilar... el súbito reconocimiento de que, tal vez, yo no deseaba una confirmación; y mientras tanto me encogí ahí, observando, azorado y con un escozor en los ojos. Estaba completamente despierto. Recuerdo que me lo dije a mí mismo, no estaba soñando.

Y se volvieron plenamente visibles por primera vez; estas figuras inmensas, justo entre la copa de los arbustos inmensos, broncíneos, variables, y completamente independientes de la oscilación de las ramas. Les miré simplemente y lo noté, y ahora vengo a examinarlo más fríamente: eran mucho más grandes que cualquier humano; y, en verdad, algo en su apariencia anunciaba que no eran humanos en lo absoluto. Ciertamente no eran sólo la móvil tracería de las ramas contra la luz de la luna. Fluctuaban de manera independiente. Se elevaban en un flujo continuo de la tierra a cielo, desvaneciéndose completamente tan pronto como alcanzaban la obscuridad. Estaban entrelazados los unos con los otros, formando una enorme columna; y vi sus miembros y sus enormes cuerpos fundiéndose los unos en los otros, formando una línea serpenteante que se doblaba y oscilaba y se retorcía en espirales con cada una de las contorsiones de los árboles batidos por el viento. Estaban desnudos, formas fluidas, atravesando los arbustos, casi dentro de las hojas "elevándose en una columna hacia el espacio. Nunca pude ver sus rostros.

Incesantemente se derramaban hacia arriba, meciéndose en grandes curvas, con un tono de apagado bronce sobre su piel. Miré fijamente, tratando de forzar cada átomo de visión en mis ojos. Por un largo rato pensé que desaparecerían en cualquier momento, asimilándose al movimiento de las ramas, demostrando ser una mera ilusión óptica. Busqué desesperadamente una prueba de su realidad; comprendiendo, al mismo tiempo, que las pautas de la realidad habían sido alteradas. Porque entre más miraba, más me convencía de que lo que veía era real y viviente; aunque, tal vez, no de acuerdo a los criterios de la cámara o la biología.

Lejos de sentir miedo, me sentía poseído por una sensación de pasmo y admiración, tales como nunca había sentido. Parecía estar contemplando a la personificación de las fuerzas elementales que habitaban esta región primigenia. Nuestra intrusión había puesto en acción los poderes del lugar. Nosotros éramos la causa de la perturbación, y mi cerebro se llenó, casi hasta estallar, con las historias y leyendas de los espíritus y deidades que habían sido adorados, como habitantes de lugares específicos, en todas las edades de la historia del mundo. Pero, antes de que pudiera llegar a una posible explicación, algo me impulsó a ir más lejos, y me arrastré completamente fuera de la tienda irguiéndome sobre el suelo de arena. La sentí todavía caliente bajo mis pies desnudos, el viento golpeó contra mi cabello y contra mi cara y el sonido del río estalló en mis oídos con un súbito rugido. Sabía que estas cosas eran reales, y probaban que mis sentidos funcionaban normalmente. Y sin embargo las figuras aún se alzaban desde la tierra hasta el cielo, silenciosas, augustas, en una enorme espiral de gracia y fuerza que me abrumaba completamente con un genuino sentimiento de reverencia. Sentía el deseo de caer de rodillas en adoración, absoluta adoración.

Quizás lo hubiera hecho, si hubiera tenido un minuto más, pero una ráfaga de viento golpeó contra mí con tal fuerza que me hizo perder el equilibrio, y estuve a punto de tropezar y caer. Pareció sacudir violentamente de mí el sueño. Por lo menos, de alguna manera, me hizo ver todo desde otra perspectiva. Las figuras aún permanecían, aún se elevaban hacia el cielo en el corazón de la noche, pero mi razón al fin comenzó a afirmarse. "Debe ser una experiencia subjetiva", argumenté, "no por ello menos real, pero aun así subjetiva." La luz de la luna y las ramas se combinaban para trazar estas imágenes en el espejo de mi imaginación y, por alguna razón, yo las proyectaba en el exterior y las convertía en impresiones objetivas. Sabía que ese era el caso, con toda seguridad. Me armé de coraje, y comencé a avanzar a través de las extensiones abiertas de la arena. Sin embargo, por Jove, ¿fue todo esto una alucinación? ¿fue algo meramente subjetivo? ¿o será que la razón trató, en su vieja y fútil manera, de argumentar desde el estrecho criterio de lo ya visto?

Lo único que sé es que una gran columna de figuras ascendieron obscuramente hacia el cielo por lo que pareció una largo período de tiempo, y con una sensación completa de realidad, como aquélla que los hombres consideran medida de lo verdadero. ¡Y súbitamente se fueron!

Y, una vez que se fueron y que el pasmo inmediato de su presencia hubo desaparecido, el miedo cayó sobre mi como un torrente helado. El sentido esotérico de esta región solitaria, y sin embargo frecuentada, estalló súbitamente en mi interior, y comencé a temblar monstruosamente. Eché un rápido vistazo alrededor —una mirada de horror que se fue convirtiendo en pánico— calculando inútilmente modos de escapar; y entonces, comprendiendo cuán desamparado estaba, cuán imposibilitado de toda acción efectiva, me arrastré de nuevo hacia la tienda silenciosamente y volví a yacer sobre mi jergón arenoso, bajando antes la cortina de la puerta para apartar la visión de los sauces en la claridad de la luna, y luego enterré mi cabeza bajo las sábanas tan profundo como fuera posible, para amortiguar el sonido del viento aterrador.

Como para convencerme aún más de que no estaba soñando, recuerdo que pasó mucho tiempo antes de que cayera de nuevo en el sueño, un sueño turbulento e intranquilo; e incluso entonces sólo la corteza exterior de mi mente dormía, y debajo había algo que nunca perdió la conciencia del todo, permaneciendo alerta y en vigilia.

Esta segunda vez fue con un genuino espasmo de terror que salté de nuevo a la conciencia. No eran ni el viento, ni el río lo que me habían despertado; sino la lenta aproximación de algo que fue obligando a la porción durmiente en mí a encogerse cada vez más, hasta que al final se desvaneció completamente y me encontré a mí mismo sentado con la espalda rígida y erguida, escuchando.

Afuera había un sonido como de una multitud de pasos, ligeros como gotas. Habían estado aproximándose, estaba consciente de ello, y se habían tornado por primera vez audibles durante mi sueño. Estaba ahí sentado nerviosamente, completamente despierto, y había como un peso enorme sobre la superficie de mi cuerpo. A pesar del calor de la noche, me sentía frío y húmedo como un molusco, y temblaba. Claramente, algo estaba presionando contra los lados de la tienda, con una presión constante, sopesándola desde afuera. ¿Era el cuerpo del viento? ¿Era la percusión de la lluvia, el goteo de las hojas? ¿El relente del río arrastrado por el viento y condensado en grandes gotas? Pensé rápidamente en una docena de posibilidades.

Entonces, la explicación vino a mi mente de pronto: una rama del álamo, el único árbol grande de la isla, había caído con el viento. Aún a medias enredada entre las otras ramas, caería con la próxima ráfaga aplastando la tienda; y mientras tanto, sus hojas cepillaban y golpeteaban sobre el tirante lienzo de la tienda. Levanté la falda y me lancé hacia fuera, llamando al Sueco.

Pero cuando estuve fuera y pude erguirme, vi que no había nada sobre la tienda. Ninguna rama; nada de lluvia ni de rocío; nada se había aproximado. Una luz fría y gris se filtraba a través de los arbustos y caía sobre la arena fosforescente. Las estrellas aún se amontonaban en el cielo directamente sobre nosotros y el viento aullaba imponente, pero la fogata ya no arrojaba ningún brillo; y vi el oriente agrietándose en estrías rojizas a través de los árboles. Debían haber pasado muchas horas desde que estuve ahí observando las figuras ascendentes, y el horrible recuerdo volvía ahora a mí, como un sueño perverso. ¡Oh, cuán cansado me hizo sentir, ese viento incesante y rabioso! Y sin embargo, a pesar de que había en mí la profunda lasitud de una noche sin sueño, mis nervios estaban estremecidos con la actividad de una aprehensión igualmente incansable, y toda idea de reposo estaba fuera de cuestión. La corriente del río había aumentado aún más. Su estruendo llenaba el aire, y un fino rocío se hacía sentir a través de mi delgada camisa de dormir.

Con todo, por ningún lado podía ver yo un motivo de alarma. Esta profunda y prolongada perturbación dentro de mí permanecía sin justificación. Mi compañero no se había movido cuando le llamé, y no había necesidad de despertarle ahora. Miré en torno cuidadosamente, tomando nota de todo; la canoa volteada, los canaletes amarillos —dos de ellos, estoy seguro; el saco de las provisiones y la linterna extra colgando juntos del árbol; y, apiñados por todos lados entorno a nosotros, rodeándolo todo, los sauces, aquellos sauces interminables y temblorosos. Un ave pronunció su canto matutino, y una línea de patos pasaron graznando en el crepúsculo. La arena se arremolinó, punzante y seca, sobre mis pies desnudos en el viento.

Caminé alrededor de la tienda y luego penetré un poco en los arbustos, de tal manera que pudiera ver más allá del río hacia el paisaje más alejado, y la misma sensación de profunda e indefinida perturbación se apoderó de mí nuevamente al ver el interminable mar de sauces extendiéndose hasta el horizonte, luciendo fantasmagóricos e irreales en la pálida luz del amanecer. Caminé cautelosamente aquí y allá, aún intrigado por aquel extraño sonido como de innumerables pasos, y por aquella presión sobre la tienda que me había despertado. "Debe haber sido el viento," reflexioné, "el viento desgajando los trozos sueltos de la arena caliente, arrastrando las partículas secas contra el lienzo rígido, cayendo pesadamente sobre el frágil techo."

Y sin embargo, mi nerviosidad y mi malestar aumentaban a cada momento. Caminé hasta la ribera más lejana y noté cómo su contorno se había alterado durante la noche, y la ingente cantidad de arena que el río había desgarrado. Mojé mis manos y mis pies en el agua fresca, y lavé mi frente. Había ya un brillo de aurora en el cielo y la exquisita frescura del nuevo día.

En el camino de regreso pasé intencionalmente debajo de los mismos arbustos donde había visto las figuras elevarse en el aire y, a medio camino de la arboleda, me sentí súbitamente abrumado por una vasta sensación de terror. Desde las sombras, una figura inmensa avanzó rauda. Alguien pasó a mi lado, estoy completamente seguro.

Fue un gran impacto del viento lo que me ayudó a seguir adelante y, al volver a espacio abierto, la sensación de terror disminuyó extrañamente. Los vientos estaban en las cercanías y caminaban, recuerdo haber pensado eso, porque los vientos a menudo se mueven como enormes presencias entre los árboles. Y el temor que flotaba sobre mí era de una especie tan desconocida e inmensa, tan diferente de cualquier cosa que hubiera sentido antes, despertaba tal sensación de pasmo y admiración en mí, que contrarrestaba, de esta manera, sus peores efectos; y cuando alcancé un punto elevado en el centro de la isla desde donde podía ver la amplia extensión del río adoptando un tono carmesí con la salida del sol, la mágica belleza del conjunto me subyugó de tal manera que despertó en mí una incontrolable añoranza e hizo casi surgir un llanto de mis labios. Pero este llanto no encontró expresión porque, al tiempo que mis ojos vagaban desde la planicie lejana hasta la isla circundante, notando nuestra pequeña tienda a medias escondida entre los sauces, un horrendo descubrimiento me asaltó, comparado con el cual, mi temor ante los vientos caminantes era nada.

Porque un cambio había sucedido de alguna manera en la distribución del paisaje. No era que mi posición estratégica me diera una nueva perspectiva, sino que una alteración había sido aparentemente efectuada en la situación de la tienda con respecto a los sauces, y de los sauces con respecto a la tienda. Sin lugar a dudas, los arbustos ahora se estrechaban mucho más sobre la tienda, de una manera innecesaria y perturbadora. Habían avanzado más. Arrastrándose con pasos silenciosos sobre la arena cambiante, acercándose imperceptiblemente mediante movimientos suaves y pausados, los sauces se habían estrechado hacia nosotros durante la noche. Pero ¿habían sido movidos por el viento o se habían movido por sí mismos? Recordé aquel sonido como de pequeños e infinitos golpeteos, y la presión sobre la tienda, y sobre mi propio corazón, que me había hecho despertar con espanto. Me mecí en el viento por instante, como un árbol, encontrando dificultad para mantenerme erguido sobre el montículo de arena. Había aquí un indicio de acción personal, de intención deliberada, de agresiva hostilidad; y esto me aterrorizaba y tensaba mi músculos hasta la rigidez.

La reacción vino rápidamente. La idea era tan extraña, tan absurda, que me sentí inclinado a reír. Pero la risa no vino más rápidamente que el llanto, porque el saber que mi mente estaba expuesta a imaginaciones tan peligrosas me trajo el terror adicional de que el ataque vendría, y estaba viniendo, a través de nuestras mentes y no a través de nuestros cuerpos físicos.

El viento me arrojaba golpeándome y, muy rápidamente al parecer, el sol se alzó en el horizonte; porque pasaba las cuatro, y yo debía haber permanecido en aquel pequeño pináculo de arena por más tiempo del que pensé, temeroso de bajar y unirme a los sauces. Regresé en silencio y cautelosamente a la tienda, primero echando otro vistazo exhaustivo a los alrededores y —sí, lo confieso— estimando un poco las distancias. Medí con mis pasos, sobre la arena tibia, las distancias entre los sauces y la tienda; tomando nota especialmente de los sauces más cercanos.

Me arrastré con sigilo sobre mis frazadas. Mi compañero, según toda apariencia, estaba aún profundamente dormido, y me alegraba que así fuera. Dado que mis impresiones no habían sido corroboradas, podía encontrar, de algún modo, fuerzas para negarlas. Con la luz del día me podría persuadir de que todo había sido una alucinación subjetiva, una fantasía de la noche, una proyección de mi imaginación excitada.

Nada más vino a perturbarme, y me quedé dormido casi al instante, completamente exhausto; y sin embargo aún temeroso de escuchar de nuevo aquel extraño sonido de pequeños pasos, o de sentir aquella presión en mi pecho que me había hecho difícil la respiración.

El sol estaba alto en los cielos cuando mi compañero me despertó de un pesado sueño y me anunció que las gachas estaban listas y que apenas había tiempo para bañarse. El agradable olor del tocino crujiente entró por la puerta de la tienda.

—El río sigue aumentando —dijo— y muchas islas del centro han desaparecido completamente. Nuestra propia isla es mucho más pequeña.

—¿Todavía hay madera? —pregunté, soñoliento.

—La madera y la isla se acabarán mañana en medio de este recio calor —dijo riendo— pero queda suficiente para que nos dure hasta entonces.

Me levanté y me arrojé hacia el otro punto de la isla; el cual había, en efecto, cambiado mucho en forma y de tamaño, y había sido barrido hacia el lugar de desembarco opuesto a la tienda. El agua estaba helada, y los bancos pasaban volando como se ve pasar el campo desde un tren expreso. Bañarse en tales condiciones resultaba un operación excitante, y el terror de la noche parecía borrarse de mí mediante un proceso de evaporación mental. El sol era ardiente, ni una nube se mostraba por ningún lado; el viento, sin embargo, no había disminuido ni un ápice.

Súbitamente, el sentido implicado por las palabras del Sueco destelló en mi mente, mostrándome que él había cambiado de opinión y ya no deseaba partir inmediatamente. "Suficiente para que nos dure hasta mañana"; el había asumido que nos quedaríamos en la isla una noche más. Me pareció muy extraño. La noche anterior él estaba tan convencido de la opinión contraria. ¿Cómo había ocurrido el cambio?

Grandes desmoronamientos ocurrieron durante el desayuno, salpicando chorros espesos y levantando nubes de espuma que el viento llevaba hasta nuestra cacerola; mi compañero hablaba incesantemente acerca de la dificultad que los buques Viena-Pesth deben tener para encontrar el canal durante temporada de inundaciones. Pero el estado de su mente me interesaba e impresionaba mucho más que el estado del río o las dificultades de los buques. Había cambiado de alguna manera durante la noche anterior. Tenía un aire diferente: un tanto excitado, un tanto tímido, con una especie de suspicacia en su voz y sus gestos. Difícilmente sé como describirlo ahora, en frío; pero recuerdo que en ese momento estaba seguro de una cosa: que él estaba ¿atemorizado? Comió muy poco, y por primera vez olvidó fumar su pipa. Tenía a su lado el mapa extendido, y permanecía estudiándolo.

—Saldremos de aquí en una hora fácilmente —dije luego, tratando de provocar una apertura que le hiciera llegar, de manera indirecta pero segura, a una parcial confesión.

Y su respuesta me dejó perplejo e incómodo:

—¡Ya lo creo! Si nos lo permiten.

—¿Nos lo permiten quiénes? ¿Los elementos? —pregunté rápidamente, con afectada indiferencia.

—Los poderes de este horrible lugar, quienquiera que ellos sean —respondió, manteniendo sus ojos en el mapa—. Los dioses están aquí, si es que están en algún lugar de este mundo.

—Los elementos son siempre los verdaderos inmortales —repliqué, riéndome de la manera más natural que pude; dándome cuenta claramente, sin embargo, de que mi rostro había reflejado mis verdaderos sentimientos, al observar su mirada grave y escuchar su voz a través del humo:

—Seremos afortunados si salimos de aquí sin mayores desastres.

Eso era exactamente lo que me causaba terror, y me forcé a mi mismo hasta el punto de poder formular una pregunta directa. Fue como permitir resueltamente al dentista la extracción un diente; algo tenía que suceder a la larga de alguna manera, lo demás era mera pretensión.

—¡Sin mayores desastres! ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

—Sólo una cosa; el canalete de dirección ha desaparecido —dijo sobriamente.

—¡El canalete de dirección, desaparecido! —repetí grandemente excitado, porque ese era nuestro timón; e ir por el Danubio en inundación, y sin timón, era un suicidio—. ¿Pero qué...

—Y hay un desgarrón en el fondo de la canoa —agregó, con un pequeño pero perceptible temblor en su voz.

Seguí mirándole fijamente, incapaz de hacer otra cosa más que repetir estúpidamente sus palabras en su cara. Ahí, bajo el calor del sol y sobre esa arena quemante, podía sentir una atmósfera glacial descendiendo sobre nosotros. Me levanté para seguirle, pues él simplemente había asentido gravemente y después había tomado el camino hacia la tienda, unas cuantas yardas más allá del hogar. La canoa seguí donde la había visto por última vez: el costillaje combado, los canaletes, o más bien, el canalete, tendido a un lado sobre la arena.

—Sólo hay uno —dijo él, inclinándose para recogerlo—. Y aquí está el rasgón.

Tenía en la punta de la lengua las palabras para decirle que yo había visto claramente los dos canaletes unas cuantas horas antes, pero un segundo impulso me hizo pensarlo mejor, y no dije nada. Me acerqué para ver. Había un larga y bien trazada hendidura en el fondo de la canoa donde una pequeña porción de madera había sido pulcramente extraída, parecía como si el diente de algún tocón o alguna roca puntiaguda la hubiera devorado, y un examen demostraba que el agujero atravesaba la base de la canoa. De habernos lanzado en ella sin observar esto, nos habríamos ido a pique irremediablemente. Primero, el agua habría hecho a la madera hincharse, como si fuera a cerrarse el agujero; pero cuando llegáramos a corrientes más poderosas el agua habría comenzado a meterse, y la canoa, nunca más de 2 pulgadas sobre la superficie, se habría llenado de agua y hundido rápidamente.

—Ahí está, estás mirando un intento para disponer de una víctima para el sacrificio —le escuché decir, más bien para sí mismo—. Dos víctimas, más bien —agregó, al tiempo que se agachaba para recorrer la hendidura con sus dedos.

Comencé a silbar, cosa que hago inconscientemente siempre que me hallo completamente desconcertado, e intencionadamente dejé de prestar atención a sus palabras. Estaba decidido a considerarlas disparates.

—No estuve ahí anoche —dijo a continuación irguiéndose, terminado su examen, y mirando hacia cualquier lugar excepto hacia donde yo estaba.

—Debimos haberla dañado al desembarcar, desde luego —dije, interrumpiendo mis silbidos—. Las piedras están muy afiladas.

Me detuve abruptamente, porque en ese momento él volvió el rostro y me miró directamente a los ojos. Yo sabía tan bien como él cuán imposible era aquella explicación. Porque, para empezar, no había rocas.

—Y hay que darle una explicación a esto también —agregó sobriamente, mostrándome el canalete y señalando la pala.

Una nueva y extraña sensación se esparció, helada, sobre mí al tiempo que la examinaba. La pala estaba completamente raspada, minuciosamente raspada, como sí alguien la hubiera lijado con cuidado, tornándola tan delgada que el primer golpe vigoroso la habría quebrado desde el codo.

—Alguno de nosotros se levantó en sueños e hizo esto —dije débilmente—. O... o ha sido limada por el constante roce de partículas de arena arrastradas por el viento, tal vez.

—Ah —dijo el Sueco, riendo un poco— tú puedes explicarlo todo.

—El mismo viento arrastró el canalete de dirección y lo llevó tan cerca de la orilla que cayó junto con el siguiente trozo de ribera desgarrado —dije desafiante, completamente determinado a encontrar una explicación para cualquier cosa que me mostrara.

—Ya veo —dijo en respuesta, volviendo de nuevo su rostro para mirarme antes de desaparecer entre los arbustos de sauce.

Cuando estuve sólo frente a esas confusas evidencias de una acción premeditada, creo que mis primeros pensamientos tomaron la forma de: "Uno de nosotros debió haber hecho esto, y ciertamente no fui yo." Pero, en una segunda consideración, pensé en cuán imposible era suponer que, bajo tales circunstancias, cualquiera de nosotros hubiera decidido cometer algo así. Que mi amigo, el confiable compañero de docenas de expediciones similares, pudiera haber hecho voluntariamente algo así, era un pensamiento en el que era imposible detenerse ni por un momento. Igualmente absurda parecía la explicación de que esa imperturbable y completamente práctica naturaleza hubiera perdido la razón súbitamente y estuviera ocupada en propósitos delirantes.

Y sin embargo, el hecho que me perturbaba más y mantenía vivo mi temor aun bajo la vehemencia del sol y de esa belleza salvaje, era la clara demostración de que alguna extraña alteración había tomado lugar en su momento; que estaba nervioso, tímido, suspicaz, consciente de cosas que no expresaba, vigilando una serie de eventos secretos e inmencionables; aguardando, en una palabra, por una inminente culminación. Esto surgía en mi mente de manera intuitiva, sin saber cómo.

Realicé un rápido reconocimiento de la tienda y sus alrededores, pero las medidas de la noche permanecían las mismas. Había profundas depresiones formadas en la arena, de las que me daba cuenta por primera vez, depresiones en forma de cuenco y de diversas profundidades y tamaños, variando desde el de una taza de té hasta el de un gran tazón. El viento, indudablemente, era responsable de estos cráteres en miniatura; de la misma manera que era responsable de haber arrastrado el canalete y arrojarlo al agua. La hendidura en la canoa era lo único que parecía completamente inexplicable y, después de todo, era concebible que un pico afilado la hubiera cogido cuando desembarcamos. El reconocimiento que hice de los márgenes de la isla no apoyaron esa teoría, pero de cualquier manera me seguí aferrando a ella con esa declinante porción de mi inteligencia a la que aún llamaba "razón." Una explicación de este tipo era absolutamente necesaria; de la misma manera que una explicación del universo, sin importar cuán absurda, es necesaria para la felicidad de todo individuo que busca cumplir con sus obligaciones en el mundo y enfrentar los problemas de la vida. El símil me parecía, en ese momento, de un paralelo exacto.

Puse la brea a calentar, y en seguida el Sueco se unió al trabajo; sin embargo, aun bajo las mejores condiciones del mundo, la canoa no podría ser confiable para viajar sino hasta el día siguiente. Casualmente, llamé su atención hacia los agujeros en la arena.

—Sí —dijo—, ya sé. Están por todos lados. ¡Pero, sin duda, tú puedes explicarlos!

—El viento, desde luego —respondí sin titubear—. ¿Has visto alguna vez, en la calle, esos pequeños remolinos que se giran y se retuercen en círculos? Esta arena está lo suficientemente suelta para ceder, eso es todo.

Él no respondió; trabajamos en silencio por un rato. Yo le miraba subrepticiamente todo el tiempo, y tenía le sensación de que él también lo estaba haciendo. Él parecía, también, estar siempre escuchando atentamente algo que yo no podía oír, o tal vez esperando oír algo, porque frecuentemente volteaba hacia los arbustos, mirándolos fijamente, y hacia el cielo, y hacia las porciones de agua que eran visibles a través de los sauces. Algunas veces llegaba a poner su mano en ahuecada en su oreja, manteniéndola ahí durante muchos minutos. Y mientras tanto, al tiempo en que él arreglaba esa canoa con la habilidad y destreza de un piel roja, yo estaba contento de notar su concentración en el trabajo, porque había un vago temor en mi corazón de que él hablara sobre el cambio en los sauces. Y, si llegaba a notarlo, mi imaginación no podría encontrar un explicación satisfactoria al respecto.

Después de un rato, luego de una larga pausa, el comenzó a hablar.

—Extraño asunto —dijo con voz apresurada, como si quisiera sacarlo rápidamente y pasar a otra cosa—. Extraño asunto. Lo de la nutria, anoche.

Había esperado algo tan diferente, que me tomó por sorpresa, y respondí rápidamente.

—Muestra cuán solitario es este lugar. Las nutrias son criaturas tremendamente tímidas...

—No me refiero eso —me interrumpió—. Me refiero a... ¿Crees... ¿Crees que realmente fuera una nutria?

—Y ¿qué más? ¿Qué más?, ¡por todos los Cielos!

—Tú sabes, yo la vi antes que tú, y primera vista parecía... demasiado grande para una nutria.

—La puesta del sol, cuando mirabas, lo magnificó; o algo.

Me miró de manera ausente por un momento, como si su mente estuviera ocupada con otros pensamientos.

—Tenía unos ojos amarillos tan extraños —prosiguió, en parte para sí mismo.

—Eso era el sol también —me burlé, un poco exageradamente—. Supongo que ahora vas a preguntar si ese tipo en el bote...

Decidí súbitamente no terminar la oración. Él estaba escuchando nuevamente, volviendo la cabeza hacia el viento, y algo en la expresión de su rostro me hizo parar. El tema languideció, y proseguimos con el calafateo. Aparentemente, no había notado mi oración truncada. Cinco minutos después, sin embargo, me miró por sobre la canoa, la brea humeante en su mano, el rostro grave en exceso.

—Verdaderamente me intriga, si quieres saberlo —dijo lentamente—, qué era eso en el bote. Recuerdo que en el momento no pensé que fuera un hombre. La visión pareció surgir demasiado súbitamente sobre el agua.

Me reí de nuevo, ruidosamente, en su cara; pero esta vez había una impaciencia, y una vena de furia también, en mi voz.

—¡Mira a tu alrededor! —grité— este lugar es lo suficientemente extraño por sí mismo para dejar que la imaginación agregue cosas por su cuenta! Ese bote era un bote ordinario, y el hombre que lo dirigía era un hombre ordinario, y ambos bajaban con la corriente tan rápido como podían. ¡Y esa nutria era sólo una nutria, así que no alimentemos disparates!

Él me miró firmemente con la misma grave expresión. No estaba molesto en lo absoluto. Yo cobré valor con su silencio.

—Y, por el amor de Dios —proseguí— no sigas simulando que oyes cosas, eso sólo agrava la tensión del lugar, y no hay nada que escuchar más que el río y ese maldito estruendo incesante del viento.

—¡Tú, idiota! —respondió él, con un tono apagado y ofendido—. Completo idiota. Esa es exactamente la manera de hablar de todas las víctimas. ¡Como si no entendieras lo que pasa aquí tan bien como yo! —había desprecio en su mirada y en su voz, y una especie de resignación—. Todo lo que puedes hacer es permanecer en calma y tratar de contener tu imaginación tan firmemente como sea posible. Este ridículo intento de autoengaño sólo hará más dura la verdad, cuando ya sea imposible evitarla.

Mi inútil esfuerzo había terminado, y no encontraba nada más que decir; porque sabía muy bien que sus palabras eran ciertas, y que yo era el insensato, no él. En algún punto de la travesía él me había sobrepasado fácilmente, y pienso que me sentía molesto por haber quedado fuera, por haberse demostrado de esa manera mi inferioridad psíquica, mi sensibilidad inferior con respecto a estos sucesos extraordinarios, mi ignorancia hacia la mitad de lo que estaba tomando lugar bajo mis propias narices. Él lo había sabido desde el comienzo, aparentemente. Pero en el instante perdí completamente el punto de sus palabras, de la necesidad de una víctima, necesidad que nosotros mismos estábamos destinados a satisfacer. Desde ese momento abandoné toda pretensión, y desde ese momento mi temor incrementó de manera constante hasta su clímax.

—Pero tienes toda la razón en una cosa —agregó, antes de que el tema pasara— en que es más prudente no hablar de estas cosas, ni siquiera pensar en ellas, porque lo que se piensa encuentra expresión en palabras; y lo que se dice, sucede.

Esa tarde, mientras la canoa se secaba y endurecía, la pasamos tratando de pescar, comprobando fugas de agua, recolectando madera y contemplando elevarse la enorme inundación. Masas de madera flotante pasaban junto a la ribera en ocasiones, y nosotros las pescábamos con largas ramas de sauce. La isla claramente se había hecho más pequeña y las orillas eran desgarradas provocando grandes salpicaduras que parecían engullir los trozos de tierra. El clima permaneció soleado y agradable hasta alrededor de las 4; y entonces, por primera vez en 3 días, el viento mostró signos de amainar. Nubes comenzaron a amontonarse en el Sudeste desde ese momento, expandiéndose lentamente por el cielo.

Esta disminución del viento llegó como un gran alivio; porque los incesantes rugidos, estallidos y truenos habían irritado nuestros nervios. Y sin embargo el silencio que se creó alrededor de las cinco de la tarde, con su súbita detención resultaba, de alguna manera, bastante opresivo. El estruendo del río tenía ahora todo el espacio a su disposición; llenaba el aire con profundos murmullos, más musicales que los sonidos del viento, pero infinitamente más monótonos. El viento guardaba muchas notas que se elevaban y caían, siempre marcando una especie de gran tono elemental; mientras que el cantar del río se mantenía entre tres notas como máximo, sordas notas de pedal que mantenían una lúgubre cualidad ajena al viento y que, de alguna manera, en el estado nervioso en que me hallaba, me parecían el sonido de la música de la perdición.

Era extraordinario también cómo la súbita recesión de la clara luz del sol se llevaba consigo todo lo que era alegre en el paisaje y, dado que este paisaje en particular había ya logrado comunicar la sugestión de algo siniestro, el cambio era de lo más indeseable e impresionante. Por lo menos para mí, la perspectiva del anochecer se fue haciendo notablemente más alarmante, y me hallé en más de una ocasión calculando cuánto tiempo pasaría después de la puesta de sol antes de que la luna llena se elevara en el Este, y si la aglomeración de las nubes impediría que iluminara la isla.

Con esta calma general del viento —aunque aún soplaban ocasionalmente breves ráfagas— el río parecía volverse más oscuro, los sauces agruparse más densamente. Estos últimos, también, mantenían una especie de movimiento propio independiente, susurrando entre ellos en ausencia del viento, y agitándose extrañamente desde la raíz. Cuando objetos comunes se transforman de esta manera, cargándose de sugerencias horrendas, estimulan la imaginación mucho más que las cosas de apariencia inusual; y estos arbustos, acurrucándose a nuestro alrededor, asumían para mí en la obscuridad una extraña y grotesca apariencia que les prestaba de alguna manera el aspecto de criaturas vivas e inteligentes. Su mismo carácter de cosas ordinarias, sentía yo, enmascaraba aquello que era maligno y hostil a nosotros. Las fuerzas de la región se cernían con la llegada la noche. Se estaban concentrando sobre nuestra isla y, más particularmente, sobre nosotros. Porque así, de alguna manera, en los términos de la imaginación, fue como mis sensaciones verdaderamente indescriptibles en este extraño lugar se presentaron.

Había dormido un buen rato en los comienzo de la tarde, y así me había recuperado algo de la fatiga de una noche perturbadora, pero esto aparentemente sólo sirvió para tornarme más susceptible que antes al hechizo obsesivo de esta zona encantada. Luché contra ello, riendo de mis sentimientos como absurdos e infantiles mediante obvias explicaciones fisiológicas; sin embargo, a pesar de mis esfuerzos, ellos ganaron poder sobre mí de tal manera que comencé a temer la noche como un niño perdido en el bosque debe temer la cercanía de la obscuridad.

Durante el día habíamos cubierto la canoa con una manta impermeable, y la canaleta que restaba había sido atada firmemente por el Sueco a la base de un árbol, no fuera que el viento nos despojara de ella también. A partir de las cinco me ocupé con la olla y demás preparativos para la cena, siendo mi turno de cocinar esa noche. Teníamos papas, cebollas, trozos de grasa de tocino para agregar sabor, y un grueso residuo general de anteriores guisados en el fondo de la olla; con pan negro desmoronado sobre todo ello, el resultado era excelente, y era seguido por un potaje de ciruelas con azúcar y una bebida de té fuerte con leche deshidratada. Una buena pila de madera yacía cerca al alcance de la mano, y la ausencia de viento hizo fáciles mis labores. Mi compañero estaba sentado perezosamente, observándome, dividiendo su atención entre el aseo de su pipa y la procuración de inútiles consejos, un admitido privilegio del hombre ocioso. Había estado muy tranquilo toda la tarde, envuelto en la tarea de recalafatear la canoa, reforzar las cuerdas de la tienda, y pescar la madera flotante mientras yo dormía. No cruzamos más palabras acerca de cosas indeseables, y me parece que sus únicas observaciones tenían que ver con la gradual destrucción de la isla, la cual declaró no ser actualmente mayor a un tercio del área que tenía cuando desembarcamos.

La olla había comenzado a burbujear cuando escuché su voz llamándome desde la orilla, a donde había vagado sin que yo lo notara. Me levanté corriendo.

—Ven y escucha —dijo— y a ver que entiendes. —Ahuecó su mano alrededor de su oreja, como tantas veces había hecho antes.

—¿Escuchas algo ahora? —preguntó, mirándome con ansiedad.

Estuvimos ahí, escuchando juntos atentamente. Al principio sólo escuché la nota profunda del agua y los siseos que se elevaban de su turbulenta superficie. Los sauces, por una vez, lucían inertes y silenciosos. Y entonces un sonido comenzó a llegar débilmente a mis oídos, un sonido peculiar, algo así como el zumbido de un distante gong. Parecía llegar en la obscuridad hasta nosotros desde el páramo de sauces y pantanos al frente. Se repetía a intervalos regulares, pero ciertamente no era ni el sonido de una campana, ni la sirena de una buque lejano. No puedo compararlo con nada excepto con el sonido de un inmenso gong suspendido lejos en el cielo, repitiendo incesantemente su nota embozada y metálica, suave y musical, en tanto era atacado repetidamente. Mi corazón se aceleró al escucharlo.

—Lo he escuchado todo el día —dijo mi compañero—. Esta tarde, mientras dormías, vino hacía mí a través de cada ángulo de la isla. Lo rastreé, pero no pude acercarme lo suficiente para ver, para localizarlo correctamente. Algunas veces estaba sobre mí, y algunas veces parecía provenir del agua. Una o dos veces, podría haber jurado que no venía de afuera en lo absoluto sino que estaba dentro de mí, tú sabes, de la manera en que se supone debe venir un sonido en la cuarta dimensión.

Yo estaba demasiado confundido como para prestar atención a sus palabras. Escuchaba cuidadosamente, esforzándome por asociarlo con cualquier sonido familiar que pudiera imaginar, pero sin éxito. Cambiaba de procedencia también, acercándose, y luego hundiéndose completamente en la remota distancia. No puedo decir que fuera ominoso en manera alguna, porque para mí parecía claramente musical, y sin embargo debo admitir que ponía en marcha un sentimiento perturbador que me hacía desear nunca haberlo escuchado.

—El viento sopla en esos embudos de arena —dije, determinado a encontrar una explicación— o tal vez los arbustos se rozan entre sí después de la tormenta.

—Viene del pantano entero —respondió mi amigo—. Viene desde todas direcciones a la vez —ignoró mis explicaciones—. Viene de los sauces, de alguna manera...

—Pero el viento a decaído —objeté—. Los sauces apenas y pueden hacer ruido por sí mismos, ¿o no?

Su respuesta me aterrorizó; porque era una respuesta horrible, pero también por que yo sabía intuitivamente que era verdad.

—Es porque el viento a decaído que podemos ahora escucharles. Había sido ahogado anteriormente. Es su llanto, me parece, o su...

Me lancé de vuelta a la fogata, advertido de que el guisado estaba hirviendo por su sonido burbujeante, pero determinado al mismo tiempo a evitar una nueva conversación. Estaba resuelto, si era posible, a evitar el intercambio de opiniones. Temía también que él empezara de nuevo con lo de los dioses, o lo de las fuerzas elementales, o alguna otra cosa inquietante; y quería mantenerme a mí mismo bajo control en vistas a la que pudiera pasar más tarde. Había que enfrentar otra noche antes de poder escapar de este lugar perturbador, y no había forma de discernir lo que eso pudiera traer.

—Ven y desmenuza algo de pan para la olla —le llamé, agitando vigorosamente la apetitosa mezcla. Aquella olla verdaderamente nos mantenía dentro de los límites de la razón, y el pensar en ello me hizo reír.

El vino lentamente y tomó el saco de las provisiones de un árbol, revolviendo sus misteriosas profundidades, y luego vaciando todo el contenido sobre la manta a sus pies.

—¡Apresúrate! —grité—. ¡Está hirviendo!

El Sueco estalló en un rugido de risas que me sobresaltó. Era una risa forzada, no precisamente artificial, pero carente de alegría.

—¡Aquí no hay nada! —gritó, con las manos en los costados.

—Pan, me refiero.

—Se acabó. No hay pan. ¡Se lo han llevado ellos!

Solté el cucharón y corrí. Todo lo que el saco había contenido yacía sobre la manta en el suelo, pero no había una sola hogaza.

El peso muerto de mi temor cayó sobre mí y me estremeció. Luego estallé en risas también. Era la única cosa que podíamos hacer, y el sonido de mi risa me hizo comprender la de él. La presión de la tensión psíquica fue su causa —esta explosión de risa antinatural en ambos; era el esfuerzo de fuerzas reprimidas en busca de alivio; una temporaria válvula de seguridad. Y en ambos cesó abruptamente.

—¡Cuán criminalmente estúpido fui! —grité, aún determinado a ser consistente y encontrar una explicación—. ¡Me olvidé completamente de comprar una hogaza en Pressburg. Esa charlatana mujer revolvió todas mis ideas, y debí haberlo dejado en la barra o...

—La avena está también más disminuida de lo que lo estaba esta mañana —interrumpió el Sueco.

"¿Porqué diantres tenía que haber llamado la atención sobre eso?" pensé furioso.

—Hay suficiente para mañana —dije, gesticulando vigorosamente—, y podemos obtener mucho más en Komorn o Gran. En veinticuatro horas estaremos a millas de aquí.

—Eso espero... por Dios —murmuró, guardando de nuevo las cosas en el saco—. A menos que seamos reclamados primero como víctimas sacrificiales —agregó con una risa estúpida. Arrastró el saco dentro de la tienda, por seguridad supongo, y le escuché farfullar para sí mismo, pero de manera tan confusa que resultó natural para mí desentenderme de sus palabras.

Nuestra cena fue, sin duda, una cena sombría; y la comimos casi en silencio, evitando mirarnos a los ojos, manteniendo a cada momento viva la fogata. Entonces nos aseamos y nos preparamos para la noche y, una vez que estuvimos fumando, nuestras mentes libres de cualquier tarea definida, la aprehensión que había sentido durante todo el día se hizo más y más aguda. No era en aquel momento un miedo activo, me parece, pero la misma vaguedad de su origen me perturbaba mucho más que si hubiera podido etiquetarlo y hacerle frente. El extraño sonido que yo había comparado con la nota de un gong se tornó ahora casi incesante, y llenaba la quietud de la noche con un débil y continuo resonar más que con una serie de notas distintas. En un momento estaba detrás; y en otro, enfrente. Algunas veces me imaginaba que venía desde los arbustos a la izquierda; y luego, nuevamente, desde las arboledas a la derecha. Más frecuentemente, flotaba directamente sobre nosotros como un rumor de alas. Realmente estaba en todos lados al mismo tiempo, detrás, enfrente, a los lados y sobre nosotros, rodeándonos completamente. El sonido realmente desafiaba toda descripción. Nada en mi memoria puede compararse con aquel zumbido incesante y embozado que se elevaba desde aquel desierto mundo de sauces y pantanos.

Estábamos sentados en relativo silencio, la tensión aumentando a cada minuto. El rasgo más terrible de la situación era para mí el hecho de que no sabíamos que esperar, y por lo tanto, no podíamos realizar ningún tipo de preparativos a manera de defensa. No podíamos anticipar nada. Las explicaciones que había fabricado en la mañana, ahora, más bien, venían a asediarme por su naturaleza absurda y completamente insatisfactoria; y era cada vez más claro que alguna especie de llana conversación con mi compañero era inevitable, lo quisiera o no.

Después de todo, teníamos que pasar la noche juntos, y dormir en la misma tienda uno junto otro. Me di cuenta de que yo no podría aguantar mucho tiempo más sin el apoyo de su mente, y esa era la razón de la necesidad de una charla. De cualquier manera, tanto como fuera posible yo posponía ese pequeño clímax, y trataba de ignorar o reírme de las frases ocasionales que el profería en el vacío.

Algunas de estas frases eran más bien inquietantes para mí, viniendo a corroborar mucho de lo que yo sentía por mi parte; una corroboración que venía desde un punto de vista completamente diferente al mío... lo que la hacía mucho más convincente. El componía frases tan extrañas, y las arrojaba sobre mí de un modo tan inconsecuente, que parecía como si su principal línea de pensamiento fuera desconocida para él mismo, y estos fragmentos fueran simplemente trozos imposibles de digerir. Y se libraba de ellos pronunciándolos. El habla le aliviaba. Era como estar enfermo.

—Hay cosas aquí, alrededor, estoy seguro, que anhelan el desorden, la desintegración, la destrucción; nuestra destrucción —dijo una vez, mientras la fogata llameaba entre los dos—. En algún lugar nos hemos extraviado de la línea segura.

Y en otro momento, cuando los sonidos del gong se habían hecho más cercanos, resonando más fuerte que antes y directamente sobre nuestras cabezas, él dijo como hablado para sí mismo:

—No creo que un gramófono pudiera guardar algún registro de eso. El sonido no viene hacia mí por los oídos en lo absoluto. Las vibraciones me alcanzan de una manera completamente diferente, parecen estar dentro de mí, y esa es precisamente la manera en que un sonido tetradimensional se hace escuchar.

Voluntariamente, no di ninguna respuesta a esto, sino que me aproximé un poco más al fuego y miré alrededor en la obscuridad. Las nubes se cernían en el cielo, y ni un rastro de luz de luna pasaba a través de ellas. Muy quieto, también, estaba todo, el río y las ranas tenían su propios asuntos con que lidiar.

—Tiene una cualidad —prosiguió— que está completamente fuera de la existencia cotidiana. Es algo desconocido. Sólo una cosa lo describe verdaderamente, es un sonido inhumano; quiero decir, un sonido ajeno a la humanidad.

Habiéndose librado de ese bocado indigesto, quedó tranquilo por un tiempo, pero había expresado tan admirablemente mi propio sentimiento que fue un alivio ver el pensamiento manifiesto, verlo confinado por la limitación de las palabras en lugar de rondando de un lado a otro por la mente..

¿Podré olvidar algún día la soledad de ese campamento en el Danubio? ¿La sensación de estar completamente solo en un planeta vacío? Mis pensamientos corrían incesantemente sobre las ciudades y las moradas de los hombres. Hubiera dado mi alma, proverbialmente, por la "sensación" de aquellos poblados bávaros por los que habíamos pasado tangencialmente; por los usuales y humanos lugares comunes; campesinos bebiendo cerveza, mesas bajo los árboles, la cálida luz del sol, y un ruinoso castillo sobre las rocas tras una iglesia de tejado rojo. Incluso los turistas hubieran sido bienvenidos.

Sin embargo mi temor no era un ordinario temor sobrenatural. Era infinitamente mayor, más extraño, y parecía surgir de algún sombrío y ancestral sentido de terror, más profundamente perturbador que cualquier cosa que yo hubiera conocido o soñado antes.

Nos habíamos "extraviado", como dijo el Sueco, hacia alguna región o alguna combinación de circunstancias donde los riesgos eran grandes, y sin embargo ininteligibles para nosotros; donde las fronteras de un mundo desconocido reposaban cercanas a nosotros. Era un lugar dominado por los habitantes de algún espacio externo, una especie de abertura desde donde podían espiar la Tierra, ellos mismos invisibles, un punto donde el velo intersticial se había desgastado un poco, haciéndose más delgado. Como resultado final de una permanencia demasiado prolongada ahí, seríamos transportados más allá del límite y privados de los que llamábamos "nuestras vidas"; no obstante, no por medios físicos, sino mentales. En ese sentido, como él había dicho, debíamos ser víctimas de nuestra aventura, un sacrificio.

Ellos nos afectaron de maneras diferentes, a cada uno en la medida de su sensibilidad y poder de resistencia. Yo los traducía, de manera vaga, en personificaciones de poderosos elementos perturbados, invistiéndolos con el horror de un deliberado y maléfico propósito, resentidos por nuestra audaz intrusión en su lugar de engendramiento; mientras que mi amigo los pensaba en la poco original forma de una intromisión dentro de un templo arcaico, un lugar donde los antiguos dioses aún conservaban su dominio, donde las fuerzas emocionales de pasados adoradores aún se mantenían, y la porción ancestral del Sueco le sometía al viejo hechizo pagano.

Y de cualquier manera, aquí estaba un lugar no manchado por el hombre, su pureza preservada por los vientos que impedían la torpes influencia humana, un lugar donde agentes espirituales se encontraban cercanos y activos. Nunca, antes o después, había sido yo atacado por esas indescriptibles sensaciones de una "región externa", de otro esquema de vida, de una evolución ajena, divergente de la humana Y al final, nuestras mentes sucumbirían bajo el peso de su horrendo conjuro, y seríamos arrastrados a través de la frontera hacia su mundo.

Pequeñas cosas atestiguaban de la sorprendente influencia del lugar; y ahora, en el silencio junto al fuego, se dejaban percibir a través de la mente. La atmósfera misma se había mostrado como un medio de amplificación para distorsionar cualquier indicio: la nutria rodando en la corriente; el barquero apresurado, haciendo signos; los sauces cambiantes; todo ello había sido despojado de su carácter natural y revelaba ahora algo de su otro aspecto, aquel que existía en el borde de aquella otra región. Y este mudado aspecto parecía presentarse a mí no únicamente en tanto que individuo, sino en tanto que miembro de la raza humana. La experiencia cuyo margen tocábamos era totalmente desconocida para la humanidad. Era un nuevo orden de experiencia; un orden ultraterreno, en el verdadero sentido de la palabra.

—Es ese propósito deliberado, calculado, lo que reduce el temple de uno a cero —dijo el Sueco súbitamente, como si hubiera estado siguiendo mis pensamientos—. De otra manera la imaginación podría ser la explicación de todo. Pero el canalete, la canoa, la comida mermada...

—¿No lo he explicado todo? —interrumpí violentamente.

—Lo has hecho —contestó secamente—. En verdad lo has hecho.

Hizo también otras observaciones, como era ya usual, acerca de lo que él llamaba "la clara determinación de proveer una víctima"; pero, habiendo organizado mejor mis pensamientos, reconocí que esto era simplemente el lamento de un alma aterrorizada en contra de la certeza de estar bajo ataque en una parte vital, de que alguna manera sería tomado o destruido. La situación exigía un coraje y una frialdad de razonamiento que ninguno de los dos podía alcanzar, y nunca antes había yo estado tan claramente cierto de la existencia de dos personas en mí: una que daba explicación a todo; y otra que, al tiempo que se burlaba de las estúpidas explicaciones, se encontraba en un completo estado de terror.

Mientras tanto, en la negra noche, el fuego languidecía y la pila de leña disminuía cada vez más. Nadie se movió para volver a proveer la reserva y, consecuentemente, la obscuridad nos cercó estrechamente. Unos cuantos pasos más allá del círculo de luz todo estaba negro como tinta china. Ocasionalmente, un soplo extraviado del viento ponía a temblar los sauces a nuestro alrededor; pero aparte de este sonido, no demasiado acogedor, reinaba un profundo y deprimente silencio, roto tan sólo por el gorgoteo del río y el zumbido del aire sobre nuestras cabezas.

Ambos extrañábamos, me parece, la estrepitosa compañía de los vientos.

Después de un rato, en un momento en que una ráfaga aislada se prolongó tanto que parecía que los vientos iban a retornar, alcancé mi punto de saturación, el punto en que era absolutamente necesario encontrar alivio en una llana conversación o de lo contrario traicionarme a mí mismo con alguna extravagancia histérica cuyos efectos serían peores en ambos. Pateé la fogata alzando una llamarada, y me dirigí abruptamente a mi compañero. Él miró sorprendido.

—No puedo ocultarlo más —dije—. No me gusta este lugar, ni esta obscuridad, ni estos sonidos, ni las sensaciones horribles que vienen a mí. Hay algo aquí que me supera completamente. Me encuentro en un estado de absoluto terror, y esa es la única verdad. Si la otra orilla es... diferente, ¡juro que estaría inclinado a ir nadando hacia ella!

La cara del Sueco se torno muy pálida bajo el profundo bronceado de sol y viento. Me miró directamente y respondió con tranquilidad, pero su voz traicionaba su enorme excitación por su artificial calma. Por el momento, en todos los sentidos, él era el hombre fuerte de los dos. Era más flemático, por decir algo.

—No es una condición física, de la que podamos evadirnos huyendo de ella —replicó, en el tono de un doctor que diagnostica alguna grave enfermedad—. Debemos sentarnos y esperar. Cerca de aquí hay fuerzas que podrían matar una manda de elefantes en una segundo, con la misma facilidad con que tú o yo aplastamos una mosca. Nuestra única oportunidad es permanecer en una inercia total. Nuestra insignificancia tal vez pueda salvarnos.

Una docena de interrogantes subieron a mi rostro, pero no encontraron su expresión en palabras. Era exactamente como escuchar la descripción de una enfermedad cuyos síntomas me intrigaran.

—Me refiero a que hasta ahora, aunque percatados de nuestra irritante presencia, aún no nos han encontrado; no nos han "localizado", como dicen los americanos.

Prosiguió:

—Están palpando torpemente, como hombres que buscan una fuga de gas. El canalete y la canoa y las provisiones lo prueban. Pienso que pueden sentirnos, pero no pueden realmente vernos. Debemos permanecer con la mente tranquila, son nuestras mentes lo que ellos pueden sentir. Debemos controlar nuestros pensamientos, o todo se acabó para nosotros.

—La muerte, ¿quieres decir? —me tambaleé, helado ante el horror de su insinuación.

—Algo peor... mucho peor —dijo—. La muerte, de acuerdo a la creencia de algunos, significa o bien aniquilación o bien una liberación de las limitaciones de los sentidos, pero no implica una cambio de naturaleza. Uno no se altera súbitamente por el simple hecho de haber perdido el cuerpo. Pero lo que hay aquí implica una alteración radical, una completa mutación, un horrenda pérdida del yo por sustitución mucho peor que la muerte, mucho más horrenda que la aniquilación. Hemos incurrido en el error de acampar en un lugar en donde su mundo toca el nuestro, donde el velo intersticial se ha hecho más delgado.

¡Horror! Él estaba usando mi propia frase, las mismas palabras, y por tanto, ellos pueden percatarse de nuestra cercanía.

—¿Pero quiénes? —pregunté.

Olvidé la agitación de los sauces en la calma sin viento, el zumbido en lo alto, todo excepto que estaba esperando por una respuesta que temía más de lo que me es posible explicar.

Él bajó inmediatamente la voz para responder, inclinándose un poco sobre el fuego, un cambio indefinible en su rostro me hizo esquivar su mirada y mirar al suelo.

—Toda mi vida —dijo— he estado efectiva, extrañamente consciente de otra región, una región no muy lejana de nuestro mundo, en cierto sentido, pero completamente diferente en su naturaleza, donde grandes cosas suceden incesantemente, donde personalidades inmensas y terribles se mueven; vastos e inexorables designios comparados con los cuales nuestros asuntos terrenales, el surgimiento y caída de las naciones, los destinos de los imperios, el sino de ejércitos y continentes, no son más que polvo en la balanza; vastos designios, quiero decir, que operan directamente sobre el espíritu, y no indirectamente sobre ciertas manifestaciones del espíritu...

—Sugiero que ahora... —comencé a decir, buscando acallarlo, sintiendo como si estuviera frente a frente con un lunático. Pero inmediatamente me dominó con su torrente irrefrenable de pensamientos.

—Tú crees —dijo— que se trata del espíritu de los elementos, y yo creía que tal vez se tratara de los dioses antiguos. Pero te lo digo ahora: no es ninguno de los dos. Esas serían entidades comprensibles, porque ellas tienen relaciones con los hombres, dependiendo de ellos para la adoración o para el sacrifico; mientras que estos seres que están ahora entre nosotros no tienen absolutamente nada que ver con la humanidad, y es un mera casualidad que su espacio se cruce en este preciso lugar con el nuestro.

El mero concepto, cuyas palabras hacían tan convincente mientras las escuchaba ahí en la obscura quietud de la isla solitaria, me hizo estremecerme un poco. Me resultó imposible controlar mis movimientos.

—Y ¿qué propones? —dije.

—Un sacrificio, una víctima puede salvarnos distrayéndolos hasta que podamos escapar —prosiguió—, tal como los lobos se detienen para devorar a los perros y dan al trineo una nueva oportunidad. Pero... no veo la posibilidad de ninguna otra víctima ahora.

Le miré con una mirada ausente. El brillo de sus ojos era horrible. Luego continuó.

—Son los sauces, desde luego. Los sauces enmascaran a los otros, pero los otros están palpando en busca de nosotros. Si dejamos que nuestras mentes traicionen nuestro miedo estamos perdidos, completamente perdidos.

Me miró con una expresión tan sosegada, tan determinada, tan sincera, que ya no pude tener más dudas acerca de su lucidez. Él se encontraba tan lúcido como nunca lo estuvo hombre alguno.

—Si podemos aguantar la noche —agregó— podremos escapar por la mañana sin ser notados o, más bien, sin ser descubiertos.

—Pero realmente crees que un sacrificio podría...

Mientras hablaba, aquel sonido de gongs pareció caer desde una altura muy baja, pero fue el rostro espantado de mi amigo lo que realmente me hizo detenerme.

—¡Silencio! —susurró, levantando la mano—. No los menciones más de lo que puedes aguantar. No te refieras a ellos con un nombre. Nombrar es revelar; es la pista inevitable, y nuestra única esperanza yace en no prestarles atención para que ellos, a su vez, nos ignoren.

—¿Incluso en el pensamiento? —Él estaba extraordinariamente agitado.

—Especialmente en el pensamiento. Nuestros pensamientos trazan espirales en su mundo. Debemos mantenerlos fuera de nuestras mente a toda costa.

Reuní el fuego con un rastrillo, buscando evitar el dominio absoluto de la obscuridad. Nunca he anhelado por el sol con tanta fuerza como lo hice entonces, en la horrenda negrura de aquella noche de verano.

—¿Estuviste despierto toda la noche? —prosiguió súbitamente.

—Pude dormir superficialmente un poco antes del amanecer, —respondí evasivamente, tratando de seguir sus indicaciones— pero el viento, desde luego...

—Lo sé. El viento no puede explicar todos esos sonidos.

—Entonces, ¿tú lo escuchaste también?

—Escuché esos múltiples, incontables pequeños pasos... —dijo; agregando, después de un momento de vacilación— y ese otro sonido...

—¿Te refieres a ese sonido sobre la tienda, y la presión de algo colosal, gigantesco, sobre nosotros?

Asintió.

—Fue como el comienzo de una especie de sofocación interna —dijo.

—Sí, en parte. Me pareció como si el peso de la atmósfera hubiera sido alterado, hubiera sido aumentado monstruosamente, como se intentaran aplastarnos.

—Y eso... —proseguí, determinado a sacarlo todo, apuntando hacia arriba donde el sonido de gong zumbaba incesantemente, fluctuando como el viento—. ¿Qué sacas de eso?

—Es su sonido —susurró gravemente—. Es el sonido de su mundo, la presencia vibrante de su región en la nuestra. La línea divisoria es aquí tan delgada que rezuma de alguna manera. Pero, si escuchas con atención, encontraras que no sólo cae sobre de nosotros sino que nos rodea. Está en los sauces. Es el murmullo de los sauces, porque aquí los sauces han sido transformados en símbolos de las fuerzas que están contra nosotros.

No podía entender exactamente lo que él quería decir con esto, sin embargo las ideas y pensamientos que había en mi mente eran las ideas y pensamientos que había en la suya. Yo percibía de lo que el percibía, sólo que con una inferior capacidad de análisis. Estaba a punto de decirle acerca de mi alucinación de las figuras ascendentes y los sauces animados, cuando súbitamente acercó su cara a la mía a través de la luz de la fogata y comenzó a hablar un serio tono susurrante. Me sorprendió su calma y presencia de ánimo, su aparente control de la situación.¡Este hombre al que por años había considerado falto de imaginación, estólido!

—Ahora escucha —dijo—, la única cosa que podemos hacer es proseguir como si no hubiera pasado nada, seguir nuestras actividades usuales, irnos a dormir, y todo eso; fingir que no sentimos ni notamos nada. Es una cuestión puramente mental, y entre menos pensemos en ello, más posibilidades tendremos de escapar. ¡Sobre todo, no pensar; porque lo que uno piensa, sucede!

—Muy bien... —logré responder, simplemente atónito por sus palabras y la extrañeza de todo el asunto—. Muy bien, lo intentaré, pero antes dime una cosa. ¿Qué sacas de estos agujeros en el suelo a nuestro alrededor, estos embudos de arena?

—¡No! —gritó, olvidando la cautela en su excitación—. No puedo, simplemente no puedo... poner esos pensamientos en palabras. Si no lo has adivinado me alegro por ti. No lo intentes. Ellos lo han puesto dentro de mi cabeza; trata con todas tus fuerzas de evitar que lo pongan en ti.

De nuevo redujo su voz a un susurro antes de haber terminado, y yo no insistí. Había ya en mí tanto horror como podía aguantar. La conversación terminó, y fumamos lentamente nuestras pipas en silencio.

Entonces algo sucedió, algo aparentemente sin importancia, como suele suceder cuando los nervios están en un estado de inmensa tensión, y este pequeño acontecimiento me dio por instante una punto de vista completamente diferente. Por casualidad miré mis zapatos para arena, del tipo que usamos en la canoa, y la observación mi dedo gordo sobresaliendo del agujero me recordó súbitamente la tienda en Londres donde los había comprado: la dificultad que el hombre tuvo para hacérmelos calzar; y otros detalles de la indiferente, aunque práctica, operación. En seguida, en este tren de pensamientos, vino a mí una visión panorámica del incrédulo mundo en el que estaba acostumbrado a vivir. Pensé en bistecs asados, y en la cerveza, en carros motorizados, policías, bandas musicales, y una docena de otras cosas que proclamaban el alma de lo ordinario o lo utilitario. El resultado fue inmediato y sorprendente, incluso para mí. Psicológicamente, supongo, fue simplemente una súbita y violenta reacción después del desgaste de vivir en una atmósfera de cosas que para la conciencia normal eran imposibles e increíbles. Pero, en cualquier caso, esto levantó momentáneamente el hechizo que había en mi corazón, y me dejó, por el corto espacio de un minuto, sintiéndome libre y completamente imperturbable. Miré a mi amigo al otro lado.

—¡Tú condenado viejo idólatra! —grité, riéndome en su cara—. ¡Tú fantasioso idiota! ¡Supersticioso pagano! Tú...

Me detuve a la mitad, alcanzado de nuevo por el antiguo terror. Traté de ahogar el sonido de mi voz como si se tratara de algo sacrílego. El Sueco, desde luego, lo había escuchado también: ese extraño lamento sobre nuestras cabezas en la obscuridad, y esa súbita depresión del aire como si algo se hubiera acercado.

Si piel se había tornado de un blanco ceniciento bajo el bronceado. Se levantó frente al fuego con la espalda erguida, rígido como un báculo, mirándome fijamente.

—Después de eso, ¡tenemos que irnos! —dijo, con una especie de desamparada y frenética expresión—. No podemos quedarnos ahora; debemos guardar la tienda e irnos en este mismo instante, y seguir sin parar... río abajo.

Él estaba hablando, pude observarlo, de una manera salvaje; sus palabras dictadas por un abyecto terror, el terror al que se había resistido por tanto tiempo, pero que finalmente le había atrapado.

—¿En la obscuridad? —exclamé, estremeciéndome ante mi histérico arrebato, pero percatándome mejor que él de nuestra situación—. ¡Una completa insensatez! El río se desborda, y sólo tenemos un canalete. Además, ¡sólo nos internaremos más en su región! ¡Por cincuenta millas adelante no hay nada más que sauces, sauces, sauces!

Él se sentó de nuevo, en un estado de semi-colapso. Nuestra posición, por uno de esos cambios caleidoscópicos que la naturaleza adora, se había invertido de improviso, y el control de nuestras fuerzas de reserva pasó a mis manos. Su conciencia había llegado finalmente a su punto de decaimiento.

—¿Qué diablos te poseyó para hacer una cosa así? —susurró, con un asombro de genuino terror en su voz y su rostro.

Caminé hacia su lado de la fogata. Tomé sus dos manos en las mías, arrodillándome junto a él y mirando directamente en sus ojos aterrados.

—Haremos una nueva fogata —dije firmemente— y luego entraremos para dormir. Al amanecer partiremos a toda velocidad hacia Komorn. Ahora, contrólate un poco, y recuerda el consejo que me diste de no pensar en eso.

No dijo nada más, y vi que estaba de acuerdo y colaboraría. También, en alguna medida, fue un alivio poder levantarnos y hacer una incursión en la obscuridad en busca de leña. Permanecimos juntos, casi espalda contra espalda, andando a tientas entre los arbustos y a lo largo de la ribera. El zumbido encima de nosotros no cesaba, sino que parecía hacerse más fuerte a medida que nos alejábamos del fuego. ¡Era una vacilante expedición!

Nos encontrábamos avanzando, desgarrando la maleza por entre una tupida arboleda de sauces donde algo de leña de una inundación anterior había quedado atrapada entre las ramas; cuando mi cuerpo fue atrapado en un abrazo que casi me hizo caer sobre la arena. Era el Sueco. Había caído contra mí, y se había agarrado de mí para evitar la caída. Escuché su aliento yendo y viniendo en cortos suspiros.

—¡Mira! ¡Por mi alma! —susurró, y entonces supe lo que era escuchar lágrimas de terror en la voz de un ser humano. Estaba señalando al fuego, a unos cincuenta pies de distancia. Yo seguí la dirección que su dedo apuntaba, y juro que mi corazón contuvo su latir. Ahí, frente al pálido brillo de la fogata, algo se movía.

Lo vi como si mirara a través de un velo frente a mis ojos, parecido el telón de gasa que cuelga en la parte trasera de lo teatros, un tanto neblinoso. No era figura humana, pero tampoco era animal. Me daba la impresión de ser algo tan enorme como un grupo de animales, como caballos, dos o tres, moviéndose lentamente. El Sueco tuvo una impresión similar, sólo que la expresó de una manera diferente, porque él los concibió como algo con la figura y el tamaño de un conglomerado de arbustos, de forma redondeada en la parte superior, completamente agitado en su superficie, "enroscándose sobre sí mismo como el humo", dijo después.

—Lo vi asentarse entre de los arbustos —lloró sobre mí—. ¡Mira! ¡Por Dios! ¡Viene hacia nosotros! ¡Oh, oh! —soltó una especie de llanto sibilante—. ¡Nos han encontrado!

Yo dirigí una temerosa mirada, la cual sólo me permitió ver que la sombría figura avanzaba oscilando hacia nosotros a través de los arbustos, y luego caí hacia atrás sobre las ramas con un estruendo. Éstas, desde luego, no pudieron aguantar mi peso; así que, con el Sueco sobre mí, caímos en complicado hacinamiento sobre la arena. Difícilmente sabía yo lo que estaba sucediendo. Estaba al tanto tan sólo de una especie de sensación envolvente, de un helado terror que arrancaba mis nervios fuera de su cubierta carnal, los torcía en un sentido o el otro, y los dejaba estremecidos. Mis ojos estaban cerrados fuertemente; algo en mi garganta comenzó a estrangularme; una sensación de que mi consciencia estaba expandiéndose, extendiéndose en el espacio, rápidamente cedió lugar a la sensación de que me estaba desvaneciendo por completo, a punto de morir.

Un agudo espasmo de dolor pasó por mi cuerpo, y me di cuenta de que el Sueco me había abrazado de una manera tan fuerte que el dolor era abominable. Era la misma posición en que me había abrazado al caer.

Pero fue el dolor, me declaró él después, lo que me salvó; me hizo olvidarlos y pensar en otra cosa en el instante mismo en que estaba a punto de ser descubierto por ellos. Cerró mi mente para ellos en el momento en que sus palpos se posaban sobre mí, justo a tiempo de evadir su terrible sujeción. Él mismo, comenta, se desmayó en ese exacto momento, y eso fue su salvación.

Yo sólo recuerdo que algún tiempo después, imposible determinar cuánto, me encontré revolviendo con las manos en el resbaladizo tejido de las ramas de los sauces, y vi a mi compañero de pie frente a mí ofreciéndome una mano para ayudarme. Le miré fijamente con un aire deslumbrado, frotándome el brazo que el me había torcido.

De alguna manera, no tenía nada que decir.

—Perdí el conocimiento por un momento —le escuché decir—. Eso es lo que me salvó. Me hizo dejar de pensar en ellos.

—Casi me partes el brazo en dos. —dije, pronunciando el único pensamiento consciente que había en mí por el momento. Un aturdimiento cayó sobre mí.

—¡Y eso es lo que te salvó a ti! —respondió—. Entre los dos logramos ponerlos sobre una pista falsa. El zumbido ha cesado. Se ha ido... por lo menos por ahora.

Una ola de risa histérica se apoderó de mí, y esta vez contagió a mi amigo también. Eran grandes ráfagas de sonoras carcajadas que nos trajeron una gran sensación de alivio. Retornamos junto a la fogata y colocamos la leña para que las llamas se elevaran de nuevo. Luego vimos que la tienda se había derrumbado y yacía revuelta en el piso.

La recogimos, y en el proceso tropezamos más de una vez, los pies atrapados en la arena.

—Son esos embudos de arena —exclamó el Sueco, cuando la tienda estaba de nuevo de pie y el fuego iluminaba por varias yardas a nuestro alrededor—. ¡Y mira su tamaño!

En todo el espacio alrededor de la tienda y del fuego donde habíamos visto a las sombras avanzando había profundas depresiones con la forma de embudos sobre la arena, iguales exactamente a los que habíamos encontrado a lo largo de la isla, sólo que mucho más grandes y profundos, bellamente formados; y lo suficientemente amplios, en algunos casos, como para admitir todo el largo de una pierna.

Ninguno de nosotros dijo una sola palabra. Ambos sabíamos que dormir era lo más seguro que podíamos hacer, y nos dirigimos a la cama sin más dilación, habiendo primero arrojado arena sobre el fuego y llevado el saco de las provisiones y el canalete restante dentro de la tienda con nosotros. Movimos la canoa también, la dejamos tan cerca de la tienda que nuestros pies la tocaban, y el menor movimiento nos haría despertar.

También, previendo una emergencia, nuevamente nos acostamos con la ropa puesta, preparados para cualquier sobresalto repentino.

Era mi firme intención el permanecer despierto toda la noche, vigilando; pero el agotamiento de mis nervios y de mi cuerpo decretaron de otra manera, y el sueño, después de un rato cayó sobe mí como una agradable frazada de olvido. El hecho de que mi compañero durmiese aceleró el acercamiento de mi propio sueño. Al principio él se agitaba nerviosamente, y constantemente se incorporaba preguntándome se iba había escuchado esto o aquello. Se sacudía en su yacija de corcho, y decía que la tienda se había movido y que el río se había elevado sobre el nivel de la isla; pero cada vez que yo salía a mirar, volvía con el reporte de que todo estaba bien, y finalmente se calmó y permaneció tranquilo. Entonces su respiración se hizo regular y escuché inconfundibles sonidos de ronquidos; la primera y única vez en mi vida en que los ronquidos han sido para mí algo bienvenido y reconfortante.

Recuerdo que esto fue la última idea en mi mente antes de quedarme dormido.

Una dificultad en la respiración me despertó, y encontré la frazada cubriendo mi rostro. Pero algo más aparte de la frazada estaba presionando sobre mí, y mi primer pensamiento fue que mi compañero había rodado en sueños de su yacija a la mía. Le llamé y me enderecé, y en ese momento supe que la tienda estaba rodeada. Aquel sonido de una multiplicidad de suaves pasos era de nuevo audible afuera, llenando la noche de horror.

Le llamé de nuevo, más fuerte que antes. No respondió, pero yo ya no escuchaba sus ronquidos, y noté también que la puerta estaba abierta. Esto era un pecado imperdonable. Me arrastré en la obscuridad para asegurarla, y fue entonces percaté sin lugar a dudas de que el Sueco no estaba dentro. Se había ido.

Salí corriendo enloquecido, lleno de una horrenda agitación, y al momento de salir me sumergí en una especie de torrente de zumbidos que me rodeaban completamente y venían de cada cuadrante del cielo a la vez. Era el mismo zumbido familiar... ¡pero fuera de quicio! Un enjambre de gigantescas abejas invisibles parecían estar volando en el aire junto a mí. El sonido parecía hacer más densa la atmósfera, y sentí que mi pulmones trabajaban con dificultad.

Pero mi amigo estaba en peligro, y yo no podía acobardarme.

Estaba a punto de amanecer, y una débil luz blanquecina se esparcía hacia arriba sobre las nubes desde un delgada línea de claridad en el horizonte. No se alzaba ningún viento. Apenas podía distinguir los arbustos y el río frente a mí, y los pálidos parches de arena. En mí excitación, corrí frenéticamente de un lugar a otro de la isla, llamándole por su nombre, gritando con toda la fuerza de mi voz las primeras palabras que venían a mi mente. Pero los sauces ahogaron mis gritos, y su zumbido los embozó, el sonido de mi voz viajó tan sólo a unos cuantos pies a mi alrededor. Me sumergí entre los arbustos, tropezando con las ramas, cayendo boca abajo y rasguñándome el rostro al tiempo que avanzaba trabajosamente a través de la resistencia de las ramas.

Entonces, de manera completamente inesperada, salí a uno de los extremos de la isla y vi una sombría figura delineada contra el agua y el cielo. Era el Sueco. ¡Tenía ya un pie en el agua! Un momento más y hubiera dado el salto.

Me arrojé sobre él, estrechando mis brazos alrededor de su cintura y arrastrándolo hacia la ribera con todas mis fuerzas. El luchó furiosamente, desde luego, todo ese tiempo haciendo un sonido igual al de ese maldito zumbido, y utilizando las frases más extravagantes en su furia, frases acerca de "ir dentro de Ellos", y "tomar el camino del agua y del viento", y sólo Dios sabe que más; en vano traté de recordarlas después, pero en ese momento me llenaron de horror y asombro. Al final logré llevarlo a la relativa seguridad de la tienda, y lo arrojé maldiciendo y sin aliento sobre la yacija, donde lo mantuve hasta que el acceso hubo pasado.

Pienso que el carácter súbito con el que todo esto pasó logrando él la calma, coincidiendo con el cese igualmente abrupto del zumbido y los pasos en el exterior, fue probablemente la parte más extraña de todo este asunto. Porque apenas había él abierto sus ojos y vuelto su cansado rostro hacia mí, cuando finalmente surgió la luz del amanecer, arrojando una pálida luz sobre su rostro a través de la puerta; y entonces él dijo, con una absoluta seriedad, como un niño asustado:

—Es mi vida, viejo amigo; es mi vida lo que te debo. Pero todo ha terminado ya, de cualquier manera. ¡Ellos encontraron una víctima en este lugar!

Y entonces el se arrojó sobre sus cobijas y literalmente se quedó dormido frente a mis ojos. Simplemente perdió el sentido, y comenzó a roncar de nuevo tan saludablemente como si nada hubiese sucedido y él nunca hubiese intentado ofrecer su propia vida en sacrifico arrojándose al río. Y cuando la luz del sol le despertó tres horas después, horas de incesante vigilia para mí, me resultó tan evidente que él no recordaba en absoluto lo que había intentado hacer que me pareció más prudente contenerme y no formular preguntas peligrosas.

Despertó de manera suave y natural, como he dicho, cuando el sol ya estaba en lo alto de ese cielo tranquilo, e inmediatamente se levantó y se puso a preparar el fuego para el desayuno. Lo seguí ansiosamente con la mirada al bañarse, pero él no intento sumergirse, apenas y humedeció su cabeza haciendo algunas observaciones sobre la frialdad del agua.

El río disminuye por fin —dijo—, y me alegra.

—El zumbido ha cesado también —dije yo.

Me miró silenciosamente con su expresión habitual. Evidentemente, recordaba todo excepto su intento de suicido.

—Todo ha cesado —dijo— porque...

Dudó. Pero yo reconocí en sus pensamientos una referencia a la observación que él había hecho antes de quedarse dormido, y estaba determinado a saber de qué se trataba.

—Porque, ¿"han encontrado otra víctima"? —dije, con una risilla forzada.

—¡Exactamente! —respondió—. ¡Exactamente! Me siento tan seguro de ello como si.... como si... me siento bastante seguro de nuevo, es lo que quiero decir. —concluyó.

Comenzó a mirar con curiosidad a su alrededor. La luz del sol caía en parches de calor sobre la arena. No hacía viento. Los sauces estaban inmóviles. Lentamente se puso en pie.

—Ven —me dijo—. Creo que si buscamos, lo encontraremos.

Se echó a correr, y yo le seguí. Llegó hasta la ribera, revolvió con una vara entre los pequeños golfos de arena y las cavernas y remansos, yo permanecía tras de él.

—¡Ah! —exclamó en seguida—. ¡Ah!

El tono de su voz de alguna manera traía de vuelta una vívida sensación del horror de las últimas veinticuatro horas, y me apresuré a unirme a su lado. Él estaba señalando con su vara a un gran objeto negro que yacía entre el agua y la arena. Parecía estar atrapado por las retorcidas raíces de los sauces y el río no podía arrastrarlo. El lugar debía haber estado bajo el agua horas antes.

—Mira —dijo, con un tono tranquilo, —la víctima que hizo nuestro escape posible.

Y cuando miré por sobre su hombro, vi que su vara descansaba sobre el cuerpo de un hombre. La revolvió. Era el cadáver de un campesino, y el rostro estaba oculto bajo la arena. Indudablemente, el hombre se había ahogado horas antes, y el cuerpo debía haber sido arrastrado sobre nuestra isla cerca del amanecer, en el mismo instante en que el acceso pasó.

—Debemos darle un entierro adecuado.

—Lo sé —respondí, y me estremecí un poco a mi pesar, porque había algo en el aspecto del hombre que me dejaba helado.

El Sueco me dirigió una profunda mirada, una expresión indescifrable, y comenzó a deslizarse por la ribera. Yo seguí con la mirada sus movimientos, impasible. La corriente había arrastrado gran parte de la vestimenta, el cuello y el pecho lucían desnudos.

Cuando yo estaba a medio camino de abandonar la ribera, mi compañero se detuvo abruptamente y alzó su mano en señal de advertencia; pero, o bien mi pie resbaló, o bien yo había ganado demasiado impulso para poder detenerme, pues caí sobre él, obligándolo a dar un pequeño salto intentando esquivarme. Rodamos los dos sobre la arena endurecida y nuestros pies salpicaron en el agua y, antes de poder evitarlo, habíamos impactado fuertemente contra el cadáver.

El Sueco dejó escapar un ronco grito. Y yo me arrojé hacia atrás como si hubiera recibido un disparo. Al momento en que hicimos contacto con el cuerpo se elevó de su superficie un sonoro murmullo, el rumor de múltiples zumbidos pasó como una vasta conmoción de seres alados surcando el aire a nuestro alrededor y se elevó hacia el cielo, haciéndose cada vez más débil hasta desaparecer en la distancia. Fue como si hubiéramos perturbado la labor de una miríada de criaturas invisibles, pero vivas.

Mi compañero aferró fuertemente mi brazo, y creo que yo también me aferré a él pero, antes de que ninguno de los dos tuviera tiempo para recuperase del impacto, vimos que una agitación de la corriente estaba haciendo virar el cuerpo y liberándolo de la sujeción de las raíces de los sauces. En un instante había girado completamente boca arriba, el rostro inerte mirando hacia el cielo. Estaba rozando la corriente principal. En cualquier momento sería arrastrado por el río.

El Sueco intento salvarlo, gritando algo que no pude entender acerca de un "entierro adecuado", y entonces cayó súbitamente de rodillas sobre la arena cubriéndose los ojos con las manos. Estuve junto a él en un instante. Vi lo que él había visto.

Porque en el momento en que el cuerpo era arrastrado por la corriente, el rostro y el pecho desnudo fueron claramente visibles para nosotros, mostrando cómo la piel y la carne estaban completamente mechados mediante pequeños agujeros, delicadamente formados, y completamente iguales en forma y tipo a los embudos de arena que habíamos hallado por toda la isla.

—¡Es su marca! —escuché a mi compañero murmurar sin aliento—. ¡Su horrenda marca!

Y cuando aparté de nuevo la mirada de su pálido rostro y miré al río, el torrente había terminado ya su labor, y el cuerpo había sido ya arrastrado hacia la corriente central fuera de nuestro alcance y casi fuera de vista, dando vueltas y vueltas en el agua, como una nutria.

FIN

Dia de las Letras Gallegas 2009 3.

Por cierto, ya sabemos que lo que no sale en Google o en la tele no existe :-). Hoy es dia de discursos, homenajes, reparto de libritos...¿Alguien ha encontrado las obras de Ramon Piñeiro en internet? Hay que darse prisa, porque mañana sera dia 18 y me temo que nunca mas sera homenajeado o recordado, mas alla de algun cartel pegado en una pared de biblioteca.

¿Que porque digo esto? A ver, asi de memoria...¿A quien se le dedico este dia el año pasado?

Dia de las Letras Gallegas 2009 2.

¿Y que nos cuenta la Wikipedia en castellano sobre Ramon Piñeiro? Leamoslo:

"

Ramón Piñeiro

De Wikipedia, la enciclopedia libre

Ramón Piñeiro López (Láncara -Lugo, 1915 - Santiago de Compostela, 1990) fue un intelectual y político español que desarrolló su actividad en Galicia. Es el homenajeado en el Día das Letras Galegas de 2009.

Se trata de una de las figuras históricas del galleguismo durante el siglo XX, clave para conseguir la continuidad de este tras la Guerra Civil Española (motivo por el cual fue encarcelado entre 1946 y 1949).

Como intelectual, fue uno de los fundadores y primeros directores de la editorial Galaxia y de la revista Grial.

Políticamente, además de formar las Mocidades Galeguistas, fue miembro del Partido Galeguista y, más tarde, ya durante la España democrática, fue también diputado independiente del Parlamento de Galicia formando parte de la lista del PSdeG-PSOE.

Como intelectual, su principal actividad fue la de intentar despojar al galleguismo de su componente político para centrarlo en su componente cultural (a esta tendencia se la conocería desde entonces como piñeirismo). En este sentido, apeló a la saudade (concepto al que dedicó varios estudios a lo largo de su vida), el paisaje y el humor como fundamentos de la identidad de los gallegos y esencia de Galicia.

Piñeiro concebía la saudade como un sentimiento sin objeto y sin relación alguna con el pensamiento o la voluntad, que había sido ya caracterizado por diversos escritores gallegos bajo la forma de instinto de vida, de muerte, como sentimiento a superar, etc. En su concepción, contextualizada por el existencialismo filosófico, la saudade es un sentimiento de soledad ontológica, esto es, un sentimiento derivado de la singularización del ser.

Su obra escrita se reparte entre trabajos de índole filosófica (con especial atención al tema de la saudade que trata desde una perspectiva existencialista heideggeriana) y trabajos de orientación lingüístico-literaria (centrados en los problemas del proceso de normalización de la lengua gallega). Fue pionero también en la traducción de obras en otros idiomas al gallego, entre las que destaca Da esencia da verdade (1956), de Heidegger.

Biografía [editar]

Estudió el bachillerato superior en Lugo donde ingresó en las juventudes del Partido Galeguista, a través de las cuales participó en el comité provincial que colaboró en la celebración del referéndum sobre el Estatuto de Autonomía de Galicia de 1936.

Terminada la Guerra Civil española (en la que tuvo que alistarse en el bando nacional para evitar represalias), estudió Filosofía y Letras en Santiago de Compostela.

Fuente [editar]

  • Bernárdez, Carlos L. y otros, Literatura gallega. Século XX, Edición A Nosa Terra, Vigo, 2001, págs. 210-211.

Dia de las Letras Gallegas 2009.

Este año le ha tocado a Ramón Piñeiro. Y nos estamos quedando sin gente, por eso de que tienen que llevar varios años muertos ( para evitar peloteos, siempre pense ) y ademas tener algun peso cultural ( y no solo dentro de su circulo universitario ). Pues segun la Wikipedia en gallego:

"

Ramón Piñeiro

Na Galipedia, a wikipedia en galego.

Casa na que viviu Ramón Piñeiro en Santiago (Rúa Xelmírez, 15).

Ramón Piñeiro López (Armea de Abaixo, Lama, Láncara, 31 de maio de 1915Santiago de Compostela, 27 de agosto de 1990) foi un filósofo, ensaísta e político galego, un dos principais artífices da reconstrución cultural galega na posguerra.

Toda a súa vida loitou Piñeiro para conseguir que tódalas forzas políticas, económicas e sociais recoñecesen as señas de identidade de Galicia e reivindicasen os seus dereitos como pobo. E loitou con tal forza, entrega e convencemento que fixo conciencia da conciencia de Galicia. — (Benxamín Casal: A política como un deber).

Índice

[agochar]


//

[editar] Biografía

[editar] Infancia

Foi o terceiro fillo de Vicenta López Fernández e Salvador Piñeiro García [1], empregado municipal de Láncara. Con seis anos acode á escola e bate co castelán empregado polo seu mestre. Lembrábao así nas súas memorias:

Deica entón -deica os 6 anos- a miña lingua única fora o galego, así que o choque máis importante que me produciu a escola foi o cambio de lingua. O escolante, que era de Lugo, falaba en castelán dentro e fóra da escola e falábao con todo o mundo, mesmo que fosen nenos ou vellos, homes ou mulleres, labregos ou cregos. Non facía a menor concesión. Falaba en castelán coa intransixente firmeza de quen cumpre un alto e sagrado deber. [...] a utilización ríxida dunha lingua distinta da nosa, dunha lingua que ’excluía’ a nosa, dáballe unha autoridade extraña, unha autoridade que [...] en lugar de establecer a ’superioridade persoal’ do mestre trataba de establecer a nosa ’inferioridade colectiva’. E non só a nosa inferioridade en canto escolares senón a inferioridade nosa en canto galego falantes. — (Ramón Piñeiro: Da miña acordanza).

Con nove anos foi vivir a Lugo, onde estudou o bacharelato para regresar despois a Armea e máis tarde instalarse en Sarria, en 1931, onde traballou como contable na ferraxería dun amigo do pai, Pedro Cortiñas. Ao pouco proclamouse a República e, no decurso da campaña electoral, Piñeiro asistiu nesta localidade a un mitin que deron Xulio Sigüenza, Lois Peña Novo e Ánxel Fole, e o que alí escoitou acordou o seu sentimento galeguista e o seu interese pola cultura e a política galegas.

[editar] Incursión no movemento galeguista

Fundación do Partido Galeguista, un dos partidos políticos aos que Piñeiro estivo vencellado.

En 1932, de novo en Lugo para estudar o bacharelato superior, asistiu a un mitin no que escoita a Paz Andrade, Suárez Picallo e Castelao, cos que se identifica plenamente e decide integrarse no movemento galeguista. Participou na fundación das Mocidades do Partido Galeguista xunto a outros compañeiros de instituto, e pronto foi nomeado Secretario de Cultura. Alí coñeceu a Ramón Otero Pedrayo[2], a raíz dunha conferencia organizada polos alumnos do instituto, e, en 1933, con ocasión dunha asemblea do Partido Galeguista, a outros persoeiros do galeguismo político (Castelao, Bóveda, Fole, Pimentel e outros).

Desde os seus primeiros momentos nas mocidades galeguistas destacou o seu intenso labor político, e en outubro de 1933, con 18 anos, participou nunhas xuntanzas en Santiago como representante dos galeguistas lucenses. Pouco despois enferma de tuberculose e vese obrigado a abandonar os estudos, o que lle permitiu dedicar todo o seu tempo á lectura e á actividade política. En 1934 participou no mitin das Arengas, celebrado na praza da Quintana (Santiago de Compostela) o 25 de xullo, con Castelao, Bóveda, Otero Pedrayo, Paz Andrade e Suárez Picallo, entre outros; en 1935 participou de novo no mitin das Arengas.

En 1936, con 21 anos, resulta elixido secretario do comité provincial para o plebiscito do Estatuto de Autonomía de Galicia, organizado polo Partido Galeguista, se ben a súa opinión persoal era pesimista ao considerar que non chegara o momento oportuno para o Estatuto, dada a febleza e escasa implantación do partido.

Ante o alzamento militar de xullo de 1936, o Gobernador Civil de Lugo, Ramón García Núñez, organizou unha comisión asesora cos partidos políticos en defensa da República, comisión na que Piñeiro e Ánxel Fole representaban o Partido Galeguista. A Garda Civil non tardou en ocupar o edificio, o 20 de xullo, para arrestar o Gobernador e mais os seus acompañantes. Piñeiro logrou escapar, simulando ser un simple funcionario, e acodeu á sede do partido, onde repartiu con outros compañeiros que alí estaban as fichas e libros de actas para agochalos nas súas casas [3]. En agosto, avisáronlle de que fora denunciado pola súa militancia política e por posuír armas[4], razón pola que fuxe en busca de refuxio a Armea[5]. Cando ao cabo de pouco tempo volveu a Lugo comprobou que se mantiñan as denuncias contra el e decidiu seguir o consello dos amigos e incorporarse ao exército para loitar na guerra civil no bando nacional, na fronte de Aragón.

Durante a súa estadía na fronte aínda tivo que soportar novas denuncias contra el. No entanto, o máis doloroso foi comprobar a progresiva insensibilización dos seus compañeiros perante a morte e o sufrimento, o que lle provocou unha depresión que requeriu de tratamento médico. Semella que desta experiencia naceu o seu interese pola filosofía, na busca dunha resposta á deshumanización que observara.

Froito das reflexións que me inspiraron aqueles feitos [...] naceu o meu interese pola filosofía e o meu abandono dos meus proxectos iniciais, anteriores á Guerra Civil, de estudar filoloxía. [...] Despois de trinta meses de horror, vendo as mortes, os asasinatos, os fusilamentos, o comportamento da xente, tiña a sensación de que a vida se volvera incomprensible. — (Ramón Piñeiro: Da miña acordanza).

[editar] Na clandestinidade

Unha vez concluída a guerra civil, Piñeiro regresou a Galicia e entrou en contacto, xa no verán de 1939, cos antigos compañeiros do partido que aínda quedaban vivos ou non fuxiran ao exilio, como Xaime Illa Couto ou Marino Dónega, cos que comeza a plantexar a reorganización do Partido Galeguista na clandestinidade, proxecto que Illa Couto quería afrontar decontado, namentres que Piñeiro defendía a tese de agardar acontecementos. Máis adiante, por encarga de Fernández del Riego, falou tamén con Servando Gómez-Aller de la Vallina, Manuel Gómez Román -daquela secretario xeral do Partido Galeguista-, Ramón de Valenzuela e outros, para valorar as forzas coas que se podía contar nunha hipotética reconstitución do partido, comprobando que cadaquén tiña cadansúa forma de entender tal reorganización. Catro anos despois, en xullo de 1943, o froito destes contactos foi a reconstrución en Vigo do Partido Galeguista na clandestinidade, cun Comité Executivo no que se integraron Gómez Román (como Secretario Xeral), Pepe Meixide, Cesáreo Saco, Xaime Illa, Francisco del Riego e o propio Ramón Piñeiro, ocupando o posto de Secretario Político.

Entrementres, Piñeiro comezara a estudar Filosofía e Letras na Universidade de Santiago, na que se matriculara en agosto de 1940, e, tras cursar dous anos comúns, solicitou en 1942 o traslado da matrícula á Universidade de Madrid, para estudar alí a especialidade de Filosofía pura. En calquera caso, nunca deu rematado a carreira; non obstante, a nova situación permitiulle contactar con outros galeguistas que viñan traballando desde Madrid: Fermín Penzol, Xosé Ramón Fernández-Oxea, Evaristo Mosquera e outros, así como con nacionalistas vascos e cataláns [6].

Como representante do Partido Galeguista no interior, reuniuse e negociou con outros partidos e cos galeguistas da diáspora, entrando en contacto co resto da oposición ao franquismo en Galicia e cos nacionalistas cataláns e vascos (especialmente con Koldo Mitxelena, compañeiro de cuarto en Madrid, na pensión localizada no número 10 da rúa Longoria, no distrito de Chamberí[7]) para asegurar a presenza galega en todos os foros pensando nunha vindeira caída do réxime franquista tras a vitoria aliada na Segunda Guerra Mundial, esperanza fanada polo apoio internacional a unha restauración monárquica[8].

Foi o representante do galeguismo nas negociacións co goberno republicano de Giral no exilio, en París, en marzo de 1946[9]. A tese que defendeu Piñeiro ante Giral era que, se neste Goberno estaban representados os cataláns, con Nicolau D’Olwer, e os vascos, con Manuel de Irujo, os galeguistas debían ter tamén o seu representante[10], cargo para o que propuxeron a Castelao, aínda que Portela Valladares contase con máis apoios, entre eles cos do propio Giral e o do presidente vasco, José Antonio Aguirre. Castelao escribiulle o seguinte a Portela Valladares:

Seipa, meu querido don Manuel, por si ainda non chegou o seu coñecimento, que arestora está en París un representante de tódalas forzas orgaizadas no interior de Galiza, que vai ahí para demandar un posto para o noso país no Goberno Giral. Trátase dun mozo galeguista de moito valer e cree que a súa xestión non será desprezada —(Castelao, 21.02.1946).

Aínda que finalmente se conseguíu o nomeamento de Castelao como Ministro, o rexeitamento inicial de Giral e, sobre todo, o proxecto que presentara este para a restauración da República, fixeron que decidise regresar inmediatamente a España, completamente decepcionado, buscar outras vías para a reconstrución democrática. Piñeiro consideraba que a visión que tiña o goberno no exilio era totalmente allea á realidade política nese momento no interior do país, e que a vía que propuñan era inxenua e estaba fracasada de antemán. Esta decisión de abandonar París para regresar a España contrariou a Castelao, quen defendía a opción da restauración republicana, e sinalou o comezo do seu distanciamento.

Pero eu esperaba que Santiago[11] agardase por min en París, para representarme provisionalmente nas deliberacións do Consello de Ministros. Deste modo, ao chegar eu alí veríamos o que compría facer, pois eu din o meu nome, non somentes por indicación de Santiago senón porque sei que podo prestar un gran servicio nos primeiros tempos, orgaizando [...] a unión de todol-os galegos do mundo, moito mellor que ningún outro. A saída repentina de Santiago tronzou as ilusións con que eu aceptei o cárrego. — (Castelao, carta aos galeguistas do interior, 31.03.1946).

Ao regreso de París, o 9 de abril de 1946, Piñeiro foi arrestado en Madrid durante a celebración dunha reunión clandestina nunha cafetaría madrileña (o Café Pidoux, na Gran Vía), con representantes da Alianza Nacional de Forzas Democráticas. Como consecuencia desta detención, tamén foron detidos os irmáns Cesáreo e Camilo Saco, así como Koldo Mitxelena, do PNV. Un consello de guerra condenouno a seis anos de cárcere, aínda que na realidade habería quedar rebaxiado a tres, nas cadeas de Alcalá de Henares, Ocaña e Yeserías. Durante a estadía na cadea, Piñeiro mantivo numerosos contactos con militantes de diversos partidos antifranquistas, ademais de impartir clases aos outros presos, tarefa na que tamén destacou Cesáreo Saco.

En decembro de 1946 Giral foi substituído por Rodolfo Llopis, quen propuxo a restauración monárquica baixo unha forma democrática, pero Castelao rexeitou esta opción e quedou excluído do goberno no exilio. Aínda que os galeguistas, a través dun informe atribuído á man de Piñeiro, advertíronlle dos inconvenientes que representaba esa actitude ao defenderen a busca dun réxime democrático, aínda que fose baixo a forma dunha monarquía, Castelao tampouco o aceptou, nin conseguiu ningunha vía intermedia tras unha reunión con Piñeiro na cadea, facilitado por Rodolfo Prada. As distancias entre os galeguistas do interior, encabezados por Piñeiro, e do exterior, encabezados por Castelao, foronse agudizando progresivamente, mesmo tras a morte de Castelao en 1950.

Mesmo así, Piñeiro insistiu numerosas veces na defensa da figura histórica de Castelao, por quen sempre manifestou un profundo respecto:

Para nós Castelao é unha das grandes personalidades que produciu Galicia en todos os tempos. Fundamentalmente, Castelao era un grande, un extraordinario patriota galego. Chegou a unha identificación integral, afervoada, mesmo mística coa súa Terra. A súa vida ardeu decote nesta mística comuñón con Galicia. De aí que chegase a ser, xa en vida, un verdadeiro símbolo moral para o seu pobo — (Ramón Piñeiro: Da miña acordanza, dun informe aos galeguistas de Bos Aires, 1957).

En resumo, nestas datas Piñeiro, con outros galeguistas do interior, asumiu definitivamente que o feito de que se perdese a República, e con ela o Estatuto de Autonomía, era un feito inamovible, un feito histórico, e que se impuñan outras solucións alternativas.

Saíu do cárcere en marzo de 1949 e en 1952 casou con Isabel López García [12], en Xixón, estabelecéndose en Santiago. Isabel López viñera traballar como enfermeira nun sanatorio de tuberculosos e vivía na casa dunha irmá de Piñeiro, onde se coñeceron. Pouco despois, fixou a súa residencia nun piso da rúa de Xelmírez que lle cedera o seu amigo o doutor García Sabell, onde viviu até a súa morte. Cómpre salientar que García Sabell sempre manifestara un fondo respecto intelectual por Ramón Piñeiro.

[editar] O Piñeirismo

Naqueles anos a situación de Franco e o seu goberno fronte a Francia, Inglaterra ou os Estados Unidos cambiara sensiblemente, canto ao progresivo recoñecemento internacional do réxime franquista. A restauración da república era xa impensable e Franco deixara ben claro que tampouco admitiría a restauración monárquica. Unha vez que lle quedara patente que os países aliados non ían axudar á oposición española nos seus intentos de derrocar o réxime franquista, Piñeiro optou pola actividade cultural fronte á loita armada e política, liña esta que defendían os galeguistas do exilio (partidarios da guerrilla), radicados sobre todo en Arxentina, antifranquistas e republicanos, así como moitos galeguistas do interior. O obxectivo que buscaba era máis a galeguización da sociedade, fornecer ás xeracións novas do apego á cultura galega para preparalos con vistas á transición democrática, traballar para que os novos universitarios se imbuísen do galeguismo independentemente da súa ideoloxía política ou postura artística. Nas súas propias palabras, tratábase de "crear unha conciencia de Galicia".

Tamén pensaba que para que Galicia recuperase a súa maltratada condición, tiña que recuperar antes a súa cultura porque nela se acubillaba, durmindo, a nosa conciencia. [...] Todo semellaba indicar que Piñeiro se propuña máis galeguizar a política que politizar o galeguismo — (Xosé Luís Allué: "O outro Piñeiro", en Eloi Caldeiro: Ramón Piñeiro. A terra e a saudade).

Esta opción non foi comprendida por boa parte dos galeguistas e nacionalistas. Durante o tardofranquismo determinados ideólogos do galeguismo foron especialmente críticos con Ramón Piñeiro e co grupo representado por Galaxia, cualificándoos de "conservadores". Exemplo disto foi Xosé Luís Méndez Ferrín, quen na novela Retorno a Tagen Ata (1971) mesmo chega a matar a Ulm Roan, o ideólogo do nacionalismo clásico e non revolucionario, que os seus lectores ben poderían identificar con Ramón Piñeiro (quen, pola súa parte, non tiña reparos en permitir a recensión de tal novela na revista Grial).

Outro exemplo da enemistade de numerosos galeguistas con Piñeiro foi a falacia que se fixo circular sobre a suposta pertenza de Piñeiro á CIA[13]. norteamericana

Fronte á nova actitude adoptada por Ramón Piñeiro e outros galeguistas do interior, xurdiron tamén duras críticas dos galeguistas no exilio, representados por Castelao como presidente do Consello de Galiza. Mentres aqueles (xunto os nacionalistas vascos e cataláns e mais os socialistas) argüían que a forma concreta do futuro réxime importaba moito menos que a recuperación democrática, os galeguistas de Castelao defendían a tese da república e a aceptación do Estatuto de 1936 como única saída política. A maiores, tampouco aceptaban unha dirección no exilio e buscaban, en troques, que a toma de decisións se orixinase no interior de Galicia.

É en Galicia, e non noutro país calquera, onde radica necesariamente o centro de gravidade da política galega. Polo mesmo, toda tentativa de dislocación dese centro de gravidade natural, situándoo en terras alleas e lonxanas, equivale, inevitablemente, a unha desgaleguización da nosa política, que quedará baleira de contido real e camiñará fatalmente cara á pura utopía. [...] A base real da política galega está na propia Galicia. Non hai, hoxe en día, máis que un órgano naturalmente responsable da súa orientación: o galeguismo que vive e actúa na terra. — (Informe do Partido Galeguista, 1957 [14]).

En resumo, Piñeiro vía utópica a formación dun partido galeguista na situación política e social de entón. Se xa fora un partido minoritario cando as circunstancias eran favorables, e nin sequera conseguira manter a unidade interna, ao seu ver, moitas menos posibilidades ía ter baixo a ditadura. Loitar nesta dirección parecíalle un fracaso seguro. Así foi xurdindo a idea da autodisolución do Partido Galeguista e, por outra banda, en 1950, a fundación da Editorial Galaxia.

[editar] Nacemento de Galaxia

Busto de Francisco Fernández del Riego na praza que leva o seu nome, en Vigo.

O 25 de xullo de 1950, Francisco Fernández del Riego e Xaime Illa Couto acordan en Santiago crear a Editorial Galaxia [4], con outros moitos galeguistas. Piñeiro estaba nese momento en Santander, operándose de cataratas[15]; así e todo, foi nomeado director literario da editorial. Tamén neste novo proxecto, Piñeiro manifestou ter dúbidas da viabilidade económica da empresa e da consecución dos necesarios permisos administrativos.

Coa editorial Galaxia buscaban un camiño para dar cobertura legal ao galeguismo e aos galeguistas e, en pleno franquismo, comezou a publicar libros en galego e sobre asuntos relacionados con Galicia, asemade que servía de modo de participación a moitos galegos que, sen quereren "meterse en política", podían así axudar á expansión da lingua e cultura galegas, baixo a forma de accionistas desta empresa.

Para levar a cabo esta segunda actividade -achegarse ás novas xeracións e espertar nelas a conciencia galega- non había outro camiño que o cultural. Certamente era moi estreito, moi limitado nas súas posibilidades inmediatas, pero, naquela altura, non había outro. [...] A carón da batalla sotarega da oposición clandestina era preciso emprender a batalla pública da actividade cultural. E así se decidiu. —(Xaime Illa Couto: Ramón e Galaxia, 1991).

Foron aparecendo, deste xeito, textos básicos como a Historia da literatura galega, de Fernández del Riego; Historia de Galicia, de Risco ou a Gramática elemental del gallego común, de Carvalho Calero. E non só foron textos literarios senón que tamén abriron as portas a outras áreas, de tal xeito que un par de anos máis tarde Galaxia publicou a Revista de Economía de Galicia, dirixida por Illa Couto e onde comeza a ser analizado o desenvolvemento económico de Galicia. Seguindo a mesma liña, co obaxecto de atraer as novas xeracións, Galaxia tamén creou a colección Illa Nova[16] destinada á edición de obras dos escritores nacidos despois da guerra, non vinculados ao galeguismo histórico.

Paralelamente ás publicacións editadas por Galaxia e á falta do permiso para editar unha revista periódica, comezaron a editar tamén unha serie de traballos monográficos, baixo o título colectivo de Colección Grial. Foi nesta colección onde Piñeiro publicou o seu primeiro ensaio filosófico "Siñificado metafísico da saudade", no primeiro número, titulado "Presencia de Galicia" (abril de 1951). A colección só puido publicar catro números ata que a censura ordenou a súa suspensión [17]. Piñeiro dirixiu a editorial Galaxia e traballou nela ata o ano 1966.

En 1954 redactou un documento rexeitando a represión á que se vía sometida a lingua e a cultura galegas baixo o réxime de Franco. Este documento, asinado por outros intelectuais e diversos centros galegos de América, foi presentado na VIII Asemblea Xeral da UNESCO, provocando un serio enfrontamento cos representantes oficiais de España, no que Alonso Montero denominou a "batalla de Montevideo" [18].

No transcurso do seu labor de promoción e difusión culturais participou en diferentes tertulias con persoeiros da talla de Otero Pedrayo, Méndez Ferrín, Franco Grande, Bouza Brey, Del Riego e tantos outros. Porén, moito máis coñecida é a súa atención case diaria a mozos e estudantes que acudían ao seu domicilio, e a quen Piñeiro dirixía e estimulaba nas que deviron célebres conversas ao redor da súa mesa braseiro (denominada coloquialmente como mesa camilla e hoxe conservada na Fundación Penzol [19]). Moitos dos que hoxe conforman as elites culturais e políticas da Galicia do século XXI foron escoitados e aconsellados alí e lembran cómo Piñeiro sabía escoitar en silencio para, logo, facer ver ao interlocutor as fendas dos seus argumentos e abrirlles novas vías de actuación.

Durante anos, polo piso de Ramón Piñeiro [...] desfilou unha grande cantidade de xente, especialmente xoves universitarios, sobre os cales exercía un fondo maxisterio espiritual. Deste xeito puido desenvolver en parte a vocación docente que non puidera cumprir na Universidade, ó ve-la súa carreira interrompida polos anos pasados no cárcere. — (Carlos Casares).
Ramón Piñeiro regala tempo coma un patricio regala bens materiales. É o seu gasallo. Sempre a dar, sempre a entregar, sempre a escoitar, sempre a aturar nos demáis. I os demáis cáseque nunca se decatan de que tal despilfarro custa caro, moi caro. Custa en obra piñeirán que se proieita e se non leva a cabo. Custa en meditacións tronzadas que despóis se non enderezan. Custa en estudo contínuo do que sae, cando se leva a perfeición, o intenso ensaio, a grande obra da que todos sempre agardamos luces i ensino. Ramón Piñeiro é unha man furada que enriquece ós outros emprobecéndose ela mesma. — (Domingo García Sabell no discurso de resposta a Piñeiro na Real Academia).

O 5 de maio de 1963, e coa intervención de Piñeiro, nace en Vigo a Fundación Penzol. O 23 de agosto, no despacho de Sebastián Martínez Risco, participou na fundación do Partido Socialista Galego, xunto a persoeiros como Salvador García Bodaño, Xosé Luís Rodríguez Pardo, Cesáreo Saco e Manuel Caamaño. Como era de esperar, non todo os galeguistas estiveron de acordo con isto e xorden, sobre todo nos sectores máis novos, discrepancias fronte ao que dan en chamar piñeirismo. Así naceu, por exemplo, a Unión do Pobo Galego, en 1964.

Tamén apareceu neste tempo a revista Grial, que dirixe xunto a Francisco Fernández del Riego. Esta revista foi un dos primeiros obxectivos de Galaxia, pero a censura imperante nese momento non lle concedeu os permisos que entón precisaba. Piñeiro e Don Paco dirixieron, na práctica, a revista desde o seu nacemento ata que cumpriu os 25 anos.

De seguido se converteu nunha revista de prestixio, dentro e fóra do país, na que colaboraron xentes de todas as ideoloxías do galeguismo e que levou a cabo un labor tanto de estudio da realidade galega, como de información da cultura exterior, seguindo a filosofía aperturista da que xa temos falado. — (Ramón Piñeiro: Da miña acordanza).

En 1966 trasladouse a Estados Unidos, como profesor convidado da Universidade de Middlebury, en Vermont, onde impartiu cursos de verán sobre o pensamento español, entre esa data e 1970.

[editar] Recoñecemento

O 25 de novembro de 1967 ingresou na Real Academia Galega, co discurso "A lingoaxe i as língoas" [20], que foi respondido por García-Sabell, membro tamén da Xeración Galaxia. O seu discurso baseábase no carácter da lingua galega como signo de identidade do pobo. A proposta de nomealo académico xa fora presentada por Ricardo Carvalho Calero, Domingo García-Sabell e Xulio Rodríguez Yordi en xullo de 1963, informada favorablemente por Antón Fraguas, del Riego e Otero Pedrayo, e aprobada por unanimidade o 29 de decembro dese mesmo ano, se ben a recepción e lectura do discurso retrasouse case 4 anos.

Nós, os galegos -e xustamente como galegos-, somos unha desas unidades naturales en que a Humanidade se realiza. Somos unha das formas de expresión do pulo creador da vida humá. Porque somos un pobo dotado dunha língoa e, polo mesmo, dunha cultura, somos unha realidade orixinal dentro do patrimonio humán. A nosa misión consiste en facer que esa realidade orixinal acade a súa plenitude. Somos os responsables de que prospere ou fracase unha creación que a vida humá expresa a través de nós. Si por un momento nos mergullamos no mundo mental dos nosos campesiños, poderemos considerar metafóricamente á realidade humá como unha gran agra composta de moitas leiras diversas, cada unha delas cos seus propios froitos. Nós somos unha desas leiras. O noso destino -a nosa responsabilidade- é cultivala e ofrecerlle os seus froitos orixinás ó patrimonio cultural humán. — (Ramón Piñeiro: A lingoaxe i as língoas).

En 1998, Ramón Piñeiro presentou como académico a Antón Santamarina. O discurso de ingreso deste versou sobre "A linguaxe e as linguas: Ramón Piñeiro revisitado ós 30 anos do seu ingreso na Real Academia Galega".

É no seu discurso de ingreso na Academia, "A lingoaxe i as língoas", onde formula de maneira rigorosa en qué radica ese valor esencial da lingua como elemento definidor dun pobo. — (Antón Santamarina: Piñeiro e a lingüística).

[editar] Piñeiro na transición democrática

Ante as primeiras eleccións democráticas de xuño de 1977, Piñeiro foi un dos asinantes do "Manifesto dos 29", ademais do seu verdadeiro xestor, manifesto no que intelectuais galegos solicitaban aos partidos políticos que concorrían ás eleccións que, fose cal for o resultado e a representación acadada, loitasen pola defensa dos intereses de Galicia [21].

Coidamos que ese entendemento será posible si se limita a un pacto basado exclusivamente na defensa dos direitos do pobo galego [...] Un pacto galego no que os seus firmantes se comprometan a defender os direitos do noso pobo é posible e necesario. A defensa debería de se establecer en dous niveis: en primeiro lugar, defendendo a estrutura federal do Estado como fórmula idónea para que este poida asumir democráticamente a pluralidade da España real; en segundo lugar, e para o caso en que a fórmula federal non prosperase, a representación galega tería que reclamar para Galicia os mesmos direitos autonómicos que se lles reconocesen ás outras nacionalidades —("Manifesto dos 29", Marzal do 1977).

Tamén coordina e publica, en 1979, o chamado "Manifesto da aldraxe", no que 27 intelectuais e políticos galegos protestaban ante a rebaixa de competencias que se pretendía para Galicia. O goberno de UCD, xunto co PSOE, propuñan introducir unha redución de competencias para as autonomías que carecían dun Estatuto recoñecido, como o tiñan Cataluña e o País Vasco, as chamadas "nacionalidades históricas". O argumento que enfrontaba Piñeiro ante esa redución de competencias era o "principio de igualdade de trato", esixindo para Galicia un tratamento á par do recibido por vascos e cataláns [22]. Esta reacción logra rectificar a proposta e mellorar a redacción do Estatuto de Galicia.

As pretensións políticas de Piñeiro tiñan como obxectivo que todos os líderes políticos galegos asumiran o galeguismo entre os seus obxectivos fundacionais. Baixo o grupo denominado Realidade Galega, fundado en abril de 1980 coa participación de 77 intelectuais e profesionais, publicou un manifesto titulado "Diante do referendum", no que se esixía que o erro cometido nas Cortes, recoñecido oficialmente, deberá ser rectificado antes do referendo mediante negociación cos partidos interesados na autonomía [23]. Piñeiro pretendía que en Galicia se crearan partidos homologables aos europeos (un de corte socialdemócrata e outro demócrata conservador). Con "Realidade Galega", Piñeiro buscaba crear un interlocutor válido fronte á UCD, o partido maioritario, baseado nunha estrutura absolutamente plural, unha plataforma transversal -nunca un partido político [24]- "que aglutinara a Galicia mellor". Proba desta postura política, foron os seus constantes contactos epistolares cos líderes culturais e políticos de tódolos partidos que existían na clandestinidade galega, e aqueles que agromaban a comezos da democracia; líderes tales como Xosé Manuel Beiras, Xaime Illa Couto ou Xerardo Fernández Albor, e que non deixaron de pasar pola famosa mesa braseiro.

Piñeiro nunca deixou de defender a postura do "galeguismo difuso", é dicir: "tinguir todos os partidos de galeguismo no canto de ter un único partido galeguista", ou expresado doutro xeito:

A maioría de idade política de Galicia ten que consistir mesmamente en que deixe de existir un partido galeguista para que fosen galeguistas todos os partidos democráticos.

Cando chega a democracia, deu exemplo desta postura e presentouse como candidato ao Senado por Lugo, pola Candidatura Democrática Galega, sen acadar o escano. Esta coalición estaba apoiada polo Partido Popular Galego (liderado por Xaime Illa Couto), o Partido Socialista Galego, o Partido Comunista e o Movemento Comunista de Galicia. Só Paz Andrade consegue escaño, pola provincia de Pontevedra.

Si que formou parte do primeiro Parlamento Autonómico, entre 1981 e 1985, como independente dentro das listas do PSdeG (Partido Socialista de Galicia-PSOE Partido Socialista Obrero Español), xunto con outras destacadas figuras da cultura galega, como Alfredo Conde, Carlos Casares e Benxamín Casal [25], sendo elixido deputado pola provincia da Coruña; nesta mesma liña, Xerardo Fernández Albor presentouse como independente dentro das listas de Alianza Popular e Marino Dónega nas de UCD. Esta decisión de presentarse nas listas do PSOE foi obxecto de numerosas críticas polos nacionalistas.

Da súa carreira política cómpre salientar o seu labor de ponente da primeira Lei de Normalización Lingüística de Galicia, da que foi un dos seus promotores máis destacados. Xa en 1971 presentara na Real Academia unha proposta de unificación morfolóxica da lingua galega, necesidade que xa adiantara no seu discurso de ingreso.

O nacermos nunha mesma terra dáno-lo sentimento de paisanaxe, fai que nos sintamos compatriotas, pero o falarmos unha mesma lingua dáno-lo sentimento verdadeiro de irmandade. Por iso, neste día no que nós imos recuperar para o noso pobo a plenitude de dereitos da nosa lingua, temos que ter conciencia, e témola, do protagonismo que nos corresponde exercitar. Nós, por azar histórico, imos se-los que lle devolvamos, co noso voto, a plenitude de dereitos á nosa lingua. — (Ramón Piñeiro, intervención no Parlamento de Galicia, 1983).

En 1983 foi elixido primeiro presidente do Consello da Cultura Galega, e reelixido en 1989, cargo que desempeñou ata o seu pasamento [26].


Predecesor:
(non existía o cargo)
Presidente do Consello da Cultura Galega
1983 - 1990
Sucesor:
Xosé Filgueira Valverde

Finalmente, en xaneiro de 1990 morre a súa dona, Isabel López, e a saúde de Piñeiro, xa de seu mala, foise deteriorando, de tal xeito que en cuestión de meses, en agosto, estando en Castropol na casa da viúva de Penzol, presentaba uns niveis críticos que motivaron o seu traslado a Santiago de Compostela, onde morre o 27 de agosto a consecuencia dun cancro de páncreas.

[editar] Outros recoñecementos

Centro Ramón Piñeiro para a Investigación en Humanidades.
Deberán estes "Cadernos Ramón Piñeiro" -e estou certo de que o farán con rigor e con fortuna- investigar nos máis salientables aspectos da obra que nos legou e prolongar a análise do ronsel de cuestións, temas e problemas que para Ramón Piñeiro foron motivo de reflexión: a lingua, a literatura, a cultura, a sociedade, o devir histórico do noso país e, en definitiva, todo o que constitúe iso que chamamos Galicia. — (Celso Currás Fernández).
  • No ano 2000, a Editorial Galaxia comezou a convocar os Premios Ramón Piñeiro de ensaio, e en 2003, o Centro Ramón Piñeiro convocou os Premios Centro Ramón Piñeiro de ensaio breve. Na actualidade, ambos os dous premios fican unificados baixo a denominación Premio de Ensaio Ramón Piñeiro.
  • A Real Academia Galega decidiu o 5 de xullo de 2008 dedicarlle o Día das letras galegas do ano 2009 [5]. Xustificou a designación pola "dedicación, total e desinteresada, da súa vida á defensa de Galicia e da súa cultura", o que o converte nun referente moral indiscutible e necesario para as novas xeracións. E engadía:
Os seus traballos sobre pensamento e filosofía [...] supuxeron no seu momento un paso decisivo na normalización do galego como lingua con capacidade para expresarse en todos os campos do saber, superando a súa cualificación como lingua "rural e poética" na que a tiñan encadrada moitos intelectuais españois da posguerra. — (Real Academia Galega).

[editar] Obra

A obra escrita por Ramón Piñeiro non é abundante e estivo centrada polo xeral na filosofía da "saudade". En calquera caso, publicou numerosos artigos en Grial[28], onde asinou ás veces baixo o pseudónimo de Luís Veiga do Campo, así como colaboracións en obras colectivas e proemios de numerosos libros (de Novoneyra, Masside, Méndez Ferrín, Lugrís, etc.).

  • Siñificado metafísico da saudade (Colección Grial, 1951)
  • A saudade en Rosalía (Galaxia, 1952)
  • A lingua, sangue do espíritu (Galicia, Bos Aires, 1952)
  • Pra unha filosofía da saudade (Galaxia, 1953 [29])
  • A filosofía i o home (Grial, 1963)
  • A lingoaxe i as língoas (Galaxia, 1967; reed. facs. Consello da Cultura Galega, 1994 [30])
  • Olladas no futuro (Galaxia, 1974[31])
  • Lembrando a Castelao (SEPT, 1975)
  • Vicisitudes históricas da cultura galega (Ediciós do Castro, 1975)
  • Saudade e sociedade, dimensións do home (1975)
  • Filosofía da saudade (Galaxia, 1984[32])
  • Castelao político (Anthropos, Barcelona, 1986)
  • Cartas para os amigos (El Correo Gallego, 1992 [33])
  • Un epistolario de Ramón Piñeiro (Galaxia, 2000 [34])
  • Galicia (Galaxia, 2001)
  • Da miña acordanza. Memorias (Galaxia, 2002 [35])

Ademais, fixo, xunto a Celestino Fernández de la Vega, tarefas de tradutor, verquendo ao galego obras como Cancioeiro da poesía céltica (Alt-keltische Dichtunguen, de Julius Pokorny, en 1952) -tradución premiada pola Editorial Bibliófilos Gallegos- e Da esencia da verdade (Von Wessen der Wahrkeit) (de Heidegger, en 1956).

Finalmente, Piñeiro impulsou e preparou persoalmente a edición en 1958 do Diccionario enciclopédico gallego castellano de Eladio Rodríguez, inédito desde a morte deste, en 1949. A obra publicouse por Galaxia en tres tomos, nos anos 1958, 1960 e 1961, respectivamente, incluíndo no terceiro un apéndice con voces achegadas por outros colectores, entre eles o propio Piñeiro. Xa en 1956 tiña o proxecto de publicar un "Gran Diccionario da Lingua Galega", que incluiría tanto o léxico utilizado na literatura clásica galega como o léxico vivo na fala, pero o proxecto nunca callou.

Cómpre salientar tamén a súa amplísima correspondencia con practicamente todos os persoeiros da cultura galega. En maio de 2009, o Consello da Cultura Galega e maila Fundación Penzol asinaron un convenio de colaboración para dixitalizar toda a correspondencia de Ramón Piñeiro, estimada en máis de 8.000 cartas [36]. A súa correspondencia foise publicando parcialmente en Olladas no futuro (1974), Cartas para os amigos (1992), Un epistolario de Ramón Piñeiro (Del Riego, Galaxia 2000) ou un conxunto de 49 cartas que levou por título Cartas de Ramón Piñeiro a Ricardo Carballo Calero (2004), ademais das coleccións parciais que se publicanron en diferentes entregas dos Cadernos Ramón Piñeiro.

[editar] Notas

  1. O matrimonio tivo un total de 8 fillos, pero tres morreron sendo aínda nenos.
  2. Conta Casares que, anos despois, Otero Pedrayo lembraba impresionado a aquel rapaz de Lugo que era un verdadeiro Erasmo).
  3. Eloi Caldeiro dá outra versión e di que "achégase á sede do Partido Galeguista e queima as fichas do partido".
  4. Este último feito absolutamente falso.
  5. Un vello compañeiro da escola, agora falanxista, protexeuno de ser detido, sen que Piñeiro o soubese.
  6. Nese momento, existía unha Alianza Nacional de Forzas Democráticas que buscaba a reinstauración da República nunha forma de Estado federal. Nesta Alianza participaba o Partido Galeguista conxuntamente co Partido Nacionalista Vasco, os nacionalistas cataláns, o PSOE, a UXT, a CNT e outras organizacións.
  7. Cadernos Ramón Piñeiro II. Cadernos galegos de pensamento e cultura. Páx. 21
  8. Se ben o goberno norteamericano era partidario dunha nova república, pronto se impuxo a tese británica da restauración monárquica no rei Xoán de Borbón, ao considerar que converter os republicáns, vencidos, en vencedores só serviría para perpetuar o conflito.
  9. En agosto de 1945 reuníranse as Cortes no exilio, en México, e Diego Martínez Barrio resultou elixido presidente da República, quen encargou a José Giral constituír goberno.
  10. Este "principio de igualdade de trato" tivo que ser de novo defendido por Piñeiro tempo despois, en 1977, na transición democrática.
  11. Santiago Pol era o pseudónimo que utilizaba Piñeiro na clandestinidade. Tras a súa detención, chamaban así a Fermin Penzol.
  12. Eloi Caldeiro indica para este feito o ano 1949: "En 1949 sae da cadea ... e casa con Isabel López".
  13. Antón Baamonde: "Ramón Piñeiro y la CÍA" en El País [1].
  14. O informe, extenso e detallado, foi lido polas figuras máis activas do galeguismo de entón, nunha xuntanza celebrada en maio de 1957 na casa de García Sabell, e entregado a Perfecto López, do grupo galeguista de Bos Aires. O texto, presentado como obra colectiva, fora redactado integramente por Piñeiro.
  15. . Durante os seus anos de cárcere comezou a enfermar da vista.
  16. O nome está formado por Illa, que procede de Xaime Illa, e Nova, do apelido da súa dona, Cristina Novoa.
  17. Presencia de Galicia, Pintura actual en Galicia, Presencia de Curros e Aspectos económicos y jurídicos de Galicia.
  18. Xesús Alonso Montero: La batalla de Montevideo: os agravios lingüísticos denunciados na UNESCO en 1954, Xerais, Vigo 2008.
  19. En maio de 2009, a Fundación Penzol inaugurou na súa sede de Vigo unha reprodución exacta da habitación da casa de Piñeiro na que recibía estas visitas, coa mesa, a biblioteca, decoración, etc. (La Voz de Galicia, 15.05.2009).
  20. Pode consultarse na páxina da Real Academia Galega [2].
  21. "Chamada aos partidos políticos de Galicia", en Cadernos Ramón Piñeiro V, 93-94 [3].
  22. Basicamente, esta idea era a mesma que xa viña latenxando no movemento galeguista desde os tempos da República.
  23. Este foi, realmente, o primeiro e único manifesto público de Realidade Galega, publicado o 10 de marzo de 1980, en La Voz de Galicia.
  24. "Realidade Galega" definíase como unha sociedade de estudios e opinións.
  25. Que se presentaron, tamén como independentes, nas listas do PSOE polas provincias de Pontevedra, Ourense e Lugo, respectivamente.
  26. Eloi Caldeiro di que pouco despois da súa reelección "dimite por mor da súa enfermidade".
  27. Por Decreto 25/1993, de 11 de febreiro, e Decreto 330/1997, de 13 de novembro, respectivamente.
  28. Ata un total de 43 colaboracións.
  29. Texto de Piñeiro incluído no libro colectivo La saudade.
  30. Foi editado tamén, nese mesmo ano, como gravación sonora, no número 3 da colección As Nosas Voces, do Consello da Cultura Galega.
  31. Escolma de 48 artigos e cartas, dos seus traballos máis significativos publicados entre 1949 e 1973, particularmente os publicados en Grial.
  32. Reúne cinco traballos anteriores: A filosofía i o home, Siñificado metafísico da saudade, Pra unha filosofía da saudade, Saudade e sociedade, dimensións do home e A saudade en Rosalía.
  33. Contén 6 cartas xa publicadas en Olladas no futuro.
  34. Contén 405 cartas que Piñeiro escribira a Francisco Fernández del Riego entre 1948 e 1970.
  35. Libro realmente escrito por Carlos Casares, a partir dunhas memorias, incompletas -só chegou á idade de 15 anos-, que Piñeiro comezara a escribir en 1976 e que se publicaran en 1991 (Grial nº 111), ás que engade a transcrición das gravacións e anotacións das conversas que mantiveran Casares e mais Piñeiro ao longo dos anos.
  36. La Voz de Galicia, 14.05.2009).

[editar] Véxase tamén

[editar] Bibliografía

  • ALONSO GIRGADO, Luís, e MONTEAGUDO CABALEIRO, Teresa: Ramón Piñeiro: cronobiografía e cartas. Cadernos Ramón Piñeiro II, Centro Ramón Piñeiro para a Investigación en Humanidades, 2003.
  • CALDEIRO, Eloi: Ramón Piñeiro. A terra e a saudade. Col. O son da palabra, vol.3, 2009. Inclúe un texto de Xosé Luís Allué: "O outro Piñeiro".
  • CASARES, Carlos: Ramón Piñeiro. Centro de Investigacións Políticas e Literarias Ramón Piñeiro, 1996.
  • CASARES, Carlos: Ramón Piñeiro. Da miña acordanza. Memorias. Galaxia 2002.
  • ENCICLOPEDIA GALEGA UNIVERSAL (EGU), s. v. Piñeiro López, Ramón. Ir Indo, Vigo 2002.
  • MONTEAGUDO, Henrique (Coord.): Obras. Castelao VI: Epistolario. Galaxia, Vigo 2000.
  • PIÑEIRO, Ramón: "Da miña acordanza" en Grial nº 111, 1991, 341-351.
  • VARIOS: Día das Letras Galegas 2009. Ramón Piñeiro. Departamento de Filoloxía Galega, Universidade de Santiago de Compostela, 2009.

[editar] Ligazóns externas

Actividades culturales mientras algunos trabajamos.

Pues eso, mientras algunos levantamos España, otros podreis a cualquiera de estas cosas. Desde El Ideal Gallego, una pequeña muestra:

" REDACCIÓN > A CORUÑA
El Día Internacional de los Museos pasa hoy por una celebración anticipada, en la que participarán las distintas artes. En Moret Art, pintores como Afonso Costa, Gosia Trebacz, Manuel Suárez y Gómez-Chao le contarán cuentos a los niños, inspirados en los cuadros oníricos de este último. Será a las 12.00.

A las 22.00, Manuel Rivas, Yolanda Castaño, Xavier Seoane, Lino Braxe y Dores Tembrás harán la operación a la inversa, con una interpretación personal de las luces y las sombras. Desde la Fundación Barrié, se proyectarán nueve obras de sus fondos sobre la calle. Lo llaman “Puntos de luz” y se realizará desde las 12.00 hasta las 02.00 horas. Por su parte, el Ayuntamiento se suma a la fiesta y organiza, en la plaza de Azcárraga, música y teatro durante la tarde; visitas guiadas, a las 18.00 y 19.45, desde la casa museo de Picasso y María Pita, para mostrar los espacios museísticos que fueron anteriormente moradas.

Los museos no cerrarán hasta las 00.00 horas y se harán visitas guiadas y conciertos como el de Palexco, a las 21.30, protagonizado por el cuarteto Scherzo, que también estará en el Kiosco Alfonso, una hora más tarde. En San Antón, la gaita de Pepe Vaamonde resonará entre la piedra, a las 23.30, y el Planetario exhibirá la pieza “Evolución” cada hora. Será el único Científico que permanezca abierto hasta medianoche.

El Obelisco será soporte para proyectar la obra de sesenta artistas coruñeses y el Macuf acogerá la actuación de Stephen Cornford, a las 22.00. Las galerías tendrán programación especial, con Tabo Ayala y Ricardo Morente y, en la Ciudad Vieja, habrá certamen de pintura por el día. A su vez, el lunes será una jornada de puertas abiertas en los tres Museos Científicos.

REDACCIÓN > A CORUÑA
El Ayuntamiento celebra hoy un acto de homenaje a Ramón Piñeiro, a las ocho de la tarde, con motivo del Día das Letras Galegas. Tendrá lugar en la Fundación Seoane y será una recepción institucional presidida por el alcalde, en la que participará el editor Víctor Freixanes.

El intelectual leerá un capítulo de “A lingua e a linguaxe” y también intervendrá Ramón Villares, con otro fragmento del homenajeado. Así, las diferentes instituciones celebrarán la efeméride con actos como el taller, que organiza la Diputación, “Letras no papel”, de 11.30 a 13.30, sobre la decoración de los libros, o la actuación, en el centro de O Castrillón, de la coral de barrio y de San Diego, a las 17.00. Después se proyectará “Pradolongo”.

En Santa Margarita, la música será también protagonista en “O galego medra contigo!”, con la actuación de los vascos Berri Txarrak, los locales Chámalle Xis! y O Sonoro Maxín, a partir de las nueve de la noche. Antes, habrá un torneo de billarda y chave. "

Hablando de dias...

Asi a lo tonto, ¿os habeis preguntado cuantas frases hechas hay con la palabra dia? Segun el DRAE:

día.

(Del lat. dies).

1. m. Tiempo que la Tierra emplea en dar una vuelta alrededor de su eje; equivale a 24 horas.

2. m. Tiempo en que el Sol está sobre el horizonte.

3. m. por antonom. Luz del día.

4. m. Tiempo que hace durante el día o gran parte de él. Día lluvioso, cubierto, despejado.

5. m. día en que la Iglesia celebra al santo, el sagrado misterio, etc., del que una persona toma nombre, con respecto a esta misma persona. U. m. en pl. Hoy son los días de Eugenio.

6. m. cumpleaños. U. m. en pl.

7. m. Momento, ocasión. El día que le pierdan el respeto, se acabó todo.

8. m. pl. vida. Al fin de sus días. Después de sus días.

~ adiado.

1. m. día diado.

~ astronómico.

1. m. Astr. Tiempo comprendido entre dos pasos consecutivos del Sol por el meridiano superior.

~ civil.

1. m. Tiempo comprendido entre dos medias noches consecutivas.

~ colendo.

1. m. día festivo.

~ crítico.

1. m. Aquel del que pende la decisión de una enfermedad o negocio.

~ de Año Nuevo.

1. m. El primero del año.

~ de años.

1. m. cumpleaños.

~ de ayuno.

1. m. Aquel en que la Iglesia católica manda ayunar.

~ de bueyes.

1. m. Medida agraria, usada en Asturias, equivalente a 1257 centiáreas.

~ de campo.

1. m. El destinado para divertirse en el campo.

~ de carne.

1. m. Aquel en que la Iglesia permite comer carne.

~ de Ceniza.

1. m. miércoles de Ceniza.

~ decretorio.

1. m. Med. día crítico.

~ de cutio.

1. m. día de trabajo.

~ de descanso.

1. m. día de asueto.

2. m. El que se pagaba al alquilador de carruajes o bestias, además de los que se empleaban en el camino.

~ de Dios.

1. m. Corpus1.

2. m. día del Juicio (último día de los tiempos).

~ de fiesta.

1. m. Fiesta de la Iglesia u oficial.

~ de fiesta entera.

1. m. Fiesta de la Iglesia.

~ de fortuna.

1. m. Entre cazadores, aquel en que abunda la caza, por nevada, por quema en el campo o por otro accidente semejante, y en el cual se prohíbe cazar. U. m. en pl.

~ de gala.

1. m. Aquel en que por celebrarse algún aniversario, o suceso notable, la milicia, la corte o una familia particular se viste de gala.

~ de grosura.

1. (Porque en él se permitía comer los intestinos y extremidades de las reses y toda la grosura de ellas). m. En los reinos de Castilla, sábado (sexto día de la semana).

~ de guardar.

1. m. día de precepto.

~ de hacienda.

1. m. día de trabajo.

~ de huelga.

1. m. Aquel en que los artesanos no trabajan, aunque no sea festivo.

2. m. desus. Aquel o aquellos que median entre una y otra calentura de quien padece tercianas o cuartanas.

~ de iglesia.

1. m. El destinado para confesar y comulgar, para ganar un jubileo o asistir a una función de iglesia.

~ de indulto.

1. m. Aquel en que los reyes y soberanos acostumbran indultar de la pena capital y conceder otros indultos.

~ de joya.

1. m. En palacio, aquel en que había besamanos.

~ de Juicio.

1. m. coloq. día del Juicio.

~ de la joya.

1. m. Aquel en que el caballero que estaba para casarse presentaba a la que había de ser su mujer una joya de valor.

~ del dicho.

1. m. Aquel en que el juez eclesiástico explora la voluntad de los que han de contraer matrimonio.

~ del Juicio.

1. m. Entre los cristianos, último día de los tiempos, en que Jesucristo juzgará a los vivos y a los muertos.

2. m. coloq. Aquel en que hay gran confusión, algazara o gritería, o multitud de gente reunida.

~ del Juicio Final.

1. m. día del Juicio.

~ de los difuntos, o ~ de los finados.

1. m. El de la conmemoración de los fieles difuntos, el 2 de noviembre.

~ de los Inocentes.

1. m. El 28 de diciembre.

~ del primer móvil.

1. m. Astr. día astronómico.

~ del Señor.

1. m. Corpus1.

~ de mano.

1. (Porque se señalaba en los almanaques con una manecita indicadora). m. día de misa.

~ de manteles largos.

1. m. El Salv. y Méx. Aquel en que se tienen invitados y se les trata con esplendidez.

~ de media fiesta.

1. m. día de misa.

~ de media gala.

1. m. El que se celebra con cierta solemnidad, inferior a la de los días de gala.

~ de misa.

1. m. Aquel en que mandaba la Iglesia que se oyese misa, y permitía trabajar.

~ de moda.

1. m. En teatros, circos, exposiciones, etc., día de la semana en que el precio de entrada es mayor, para reservarlo a la gente más acomodada.

~ de pescado.

1. m. Aquel en que la Iglesia prohíbe comer carne.

~ de precepto.

1. m. Aquel en que manda la Iglesia que se oiga misa y que no se trabaje.

~ de Ramos.

1. m. Domingo de Ramos.

~ de trabajo.

1. m. El ordinario, por contraposición al de fiesta.

~ de tribunales.

1. m. Aquel en que se daba audiencia judicial, para lo cual se franqueaban los tribunales y se presentaban en ellos los jueces y ministros a cuyo cargo estaba la Administración de Justicia.

~ de viernes, o ~ de vigilia.

1. m. día de pescado.

~ diado.

1. m. El preciso y señalado para ejecutar algo.

~ eclesiástico.

1. m. día litúrgico.

~ feriado.

1. m. día festivo.

2. m. Fiesta oficial que no cae en domingo.

3. m. día de trabajo.

4. m. Der. día no apto para celebrar actuaciones judiciales o administrativas.

~ festivo.

1. m. Fiesta de la Iglesia u oficial.

~ hábil.

1. m. Der. Aquel que es apto para celebrar actuaciones judiciales o administrativas.

~ inhábil.

1. m. Der. día feriado (no apto para celebrar actuaciones judiciales).

~ intercalar.

1. m. El que se añade al mes de febrero en cada año bisiesto.

~ interciso.

1. m. Aquel en que por la mañana era fiesta y por la tarde se podía trabajar.

~ jurídico.

1. m. desus. día de tribunales.

~ laborable.

1. m. día de trabajo.

~ lectivo.

1. m. En los establecimientos de enseñanza, aquel en que se da clase.

~ litúrgico.

1. m. El que, para el culto eclesiástico en el rezo y oficio divino, empieza la Iglesia católica desde la hora de vísperas hasta el siguiente día a la misma hora.

~ marítimo.

1. m. Tiempo transcurrido desde que un barco que va navegando tiene el Sol en su cenit, hasta que sucede lo mismo al siguiente día.

~ medio.

1. m. Espacio de tiempo que resulta de dividir la duración del año solar en 365 partes iguales.

~ natural.

1. m. Fís. día (tiempo en que el Sol está sobre el horizonte).

~ nefasto.

1. m. En la antigua Roma, aquel en que no era lícito tratar los negocios públicos ni administrar justicia.

2. m. El de luto y tristeza, considerado como funesto en memoria de una desgracia insigne del pueblo romano.

3. m. Aquel en que cualquier pueblo, familia o persona conmemora o padece una gran desgracia.

~ pardo.

1. m. Aquel en que el cielo está cubierto de nubes ligeras o poco densas.

~ pesado.

1. m. Aquel en que está muy cargada la atmósfera.

~ puente.

1. m. El laborable comprendido entre dos festivos y al que, por esta circunstancia, se amplía la vacación.

~ quebrado.

1. m. Aquel en que no se comercia o trabaja, por ser festivo o por otra causa cualquiera.

~s geniales.

1. m. pl. Los que se celebran con gran fiesta y regocijo; p. ej., los de natalicio, desposorio o boda.

~ sidéreo.

1. m. Astr. Tiempo siempre igual que tarda la Tierra en dar una vuelta entera alrededor de su eje polar y con respecto a una estrella determinada. Es 3 min y 56 s más corto que el día solar medio.

~s multa.

1. m. pl. Der. Sistema por el que se calcula la cuantía de una multa sobre la base de una cuota diaria fijada en consideración a la situación económica del condenado.

~ solar.

1. m. Astr. Tiempo que el Sol emplea aparentemente en dar una vuelta alrededor de la Tierra.

estos ~s.

1. m. pl. Los inmediatamente pasados o futuros.

abrir el ~.

1. loc. verb. amanecer (empezar a aparecer la luz del día).

2. loc. verb. Despejarse el día.

a ~s.

1. loc. adv. Unos días sí, y otros no, de vez en cuando, no siempre.

alcanzar a alguien en ~s.

1. loc. verb. coloq. Sobrevivirle.

al ~.

1. loc. adv. al corriente.

al otro ~.

1. loc. adv. Al día siguiente.

antes del ~.

1. loc. adv. al amanecer.

a tantos ~s fecha, o vista.

1. locs. advs. Com. En letras y pagarés, u. para dar a entender que serán abonados al cumplirse los días que se expresan, a contar desde la fecha o desde la aceptación.

buen ~.

1. expr. Arg. y Chile. buenos días.

buenos ~s.

1. expr. U. como salutación familiar durante la mañana.

cada tercer ~.

1. loc. adv. un día sí y otro no.

ceder el ~.

1. loc. verb. Der. Dicho de un derecho o de una obligación: En el tecnicismo antiguo, nacer o empezar a deberse.

coger a alguien el ~ en una parte.

1. loc. verb. Amanecerle en ella.

como del ~ a la noche.

1. expr. U. para expresar la mucha diferencia que existe entre dos términos comparados.

cualquier ~.

1. expr. irón. U. para indicar que no se está dispuesto a aquello de que se habla.

¿cuándo nos has de dar un buen ~?

1. loc. verb. coloq. Se dice a quien se desea ver casado.

dar alguien los ~s a otra persona.

1. loc. verb. Manifestarle, con expresiones de palabra o por escrito, que toma parte en la celebridad del día de su nombre o de su cumpleaños.

dar los buenos ~s.

1. loc. verb. Saludar por la mañana deseando feliz día.

de cada ~.

1. loc. adv. Sucesivamente, con continuación.

de ~ a ~.

1. loc. adv. de un día a otro.

de ~ en ~.

1. loc. adv. U. para expresar que algo se va dilatando un día y otro, más de lo que se pensaba.

Actividades del Dia de los Museos 2009.

Via Canal Cultural, las actividades para este sabado. Por cierto, ¿adivinais quien tiene guardia este fin de semana? Si es que parece que lo hacen a posta...

PLAZA DE AZCÁRRAGA 
A las 17.30 h: Concierto del grupo de jazz de la Escuela Municipal de Música de A Coruña

CASAS MUSEO
Disfrutaremos con dos divertidas rutas con animación de calle y fin de fiesta musical con el dúo de gaita y acordeón de Suso Vaamonde y Xosé Lois Romero para descubrir y visitar las casas-museo de la ciudad

A las 18 y a las 19.45 h. Ruta Picasso y Casares Quiroga. Comenzará en la Casa-Museo Picasso.
A las 18 y a las 19.45 h. Ruta María Pita y Dña Emilia Pardo Bazán: Comenzará en la Casa-Museo María Pita.

SALAS DE EXPOSICIONES

- Sala Palexco:
Visitas guiadas a la exposición "La escuela de la Haya" a las 18.30, 20 y 22 h.
Concierto del cuarteto Scherzo de la OSG a las 21.30 h.

- Kiosco Alfonso
Concierto del cuarteto Scherzo de la OSG a las 22.30 h.
Espectáculo de danza "Ver fondo del envase" delante del Kiosco a las 19 h (Aula de Teatro y Danza de la Universidad de A Coruña). Dirige: Rut Balbís.

- Palacio Municipal
Visitas guiadas a la Planta Noble a las 20 y 22 h.

- Museo Arqueológico-Castillo de San Antón
Visitas guiadas a las 12.30, 18.30 y 20 horas.
Concierto de Pepe Vaamonde Grupo a las 23.30 h. en el patio del Castillo.

- Torre de Hércules
Abierta hasta las 00 h.
Entrada gratuíta a partir de las 18 h.

- Museos Científicos de A Coruña:
Entrada gratuíta a partir de las 18 h.
La Casa de las Ciencias estará abierta hasta las 00 h. Despues de las 20 h habrá pases cada hora para ver el audiovisual Evolución en el Planetario. 
El día 18 la entrada a los museos científicos es gratuíta

I CERTAMEN DE PINTURA CIUDAD VIEJA
Tendrá lugar el día 16 de mayo. Está organizado con la colaboración de la Asociación de Vecinos de la Ciudad Vieja y la Asociación de Artistas Plásticos Gallegos. Será de temática libre, relativa a la Ciudad Vieja

ARCHIVO DEL REINO DE GALICIA
Estará abierto de las 21.30 a las 00 h. Se expondrán las obras presentadas al I Certame de Pintura Ciudad Vieja.

OBELISCO
De 22 a 00 horas se proyectará "El pulso artístico de la ciudad" con obras de artistas plásticos de la ciudad

MACUF
Festival ArtEx Sonora II 
A las 22:00 horas actuará Stephen Cornford, de Londres.
Despues del concierto se realizará una visita nocturna guiada a la exposición : Antes de ayer y pasado mañana; o lo que puede ser pintura hoy. 
El museo permanecerá abierto hasta las 00.30 del día 17 de mayo.

FUNDACIÓN BARRIÉ
En una instalación especial, la Fundación mostrará obras de la colección de Pintura Internacional de la Fundación, bajo el título "Puntos de Luz". Nueve obras de gran formato de Imi Knoebel, Pedro Calapez, Sandra Cinto, Ángela de la Cruz, Jason Martin, Álvaro Negro, Adrian Schiess, Fiona Rae y Peter Zimmermann serán los puntos que proyectarán el arte de cara a la calle.
Estará abierta hasta las 2 h.